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Añoranza del padre

He vuelto, tras varios meses, a la casa en que pasé la adolescencia y una parte de la juventud, el viejo hogar familiar. No el primero, el de la niñez, aquel grande y destartalado de la calle de los Mancebos, desde cuyo balcón disfruté en tantas ocasiones de la espléndida visión de San Andrés −la única iglesia hermosa de Madrid, según leí en un artículo de Corpus Barga−, sino el más pequeño, de Santa Úrsula, La terraza daba a una placita y como el edificio situado al otro lado tenía solo dos plantas, se contemplaba desde ella una vista magnífica, en la que destacaban las cúpulas de San Andrés y de San Francisco el Grande. Hace algunos años derribaron aquella casita y levantaron otra más alta en su solar, con lo que ya solo puede verse, tras una ruidosa plaza atestada de coches, un vulgar bloque de viviendas. En la salita, donde tanto tiempo pasó mi padre tecleando en su vieja Olivetti, artículos sobre los lejanos países que había visitado o sobre los restaurantes en que había comido, q...

Recuerdos de un hombre bueno

No sé si se trata de un fenómeno común o es simplemente una peculiaridad de mi memoria, pero cuando he permanecido largos años al lado de una persona, me resulta muy difícil recordar el rostro que tenía cuando la conocí. Puedo, naturalmente, ayudarme con fotografías. Sin embargo, cuando prescindo de estos medios auxiliares, sus rasgos se me presentan con el aspecto de los últimos tiempos. No soy capaz, por tanto, de reconstruir la apariencia de don Santiago Sáez treinta años atrás, cuando yo era apenas un muchacho, que iniciaba con su hija un noviazgo, que acabaría por transformarse en ese amor duradero y profundo que da sentido a la vida Sé, por el contrario, que mi apariencia tímida y desmañada, y mi radicalismo de entonces, a los que se añadía un prematuro −y afortunadamente temporal− abandono de los estudios, difícilmente podían agradar a alguien como él, médico y padre de familia, conservador y hondamente religioso. Imagino que al conocerme no pudo evitar el deseo de que su hija e...

Puerta cerrada

La puerta de doble hoja se cerró y la cama desapareció de mi vista. Terminaba una noche angustiosa en que nada parecía capaz de mitigar el dolor de mi madre, en que su respiración se hacía por momentos más difícil y en que yo no podía hacer más que llamar una y otra vez a la enfermera. Eran vanos mis esfuerzos por tranquilizarla, quizá en realidad más dirigidos a mí mismo que a ella. Sus palabras perdían coherencia a medida que pasaban las horas y su voz se hacía más y más extraña. Unas veces suplicante y otras colérica, casi desesperada. Las agujas del reloj avanzaban de manera más y más premiosa como si las agobiara un enorme esfuerzo. Pese a ello, al fin la tenue luz del amanecer terminó por llegar a la habitación. Tres médicos me pidieron que esperara fuera, mientras la examinaban. Luego, en el pasillo, me expusieron la gravedad de la situación. Realmente, su explicación, en la que intentaban transmitir un resto de esperanza, me sonaba extrañamente innecesaria, como si ya la conoci...

En el funeral de Alfonso

Este texto lo escribí para que fuera leído en el funeral de Alfonso Garrido: Existe en algunos países la hermosa costumbre de que un allegado al fallecido pronuncie durante el funeral unas palabras sobre él. Se trata con ellas de glosar brevemente lo que su vida ha supuesto para quienes lo han conocido y de recordar la impronta que ha dejado su paso por el mundo. Es una bella manera de manifestar que ningún ser humano desaparece sin más, desvanecido en la nada. Sabemos firmemente los cristianos que la muerte no es el final, que la auténtica vida comienza al término de esta; pero no es de eso de lo que quiero hablar en este momento. Ahora deseo recordar al amigo, al consejero, al vecino, a quien fue durante años nuestro párroco; a un hombre raramente inteligente y cultivado, pero también sencillo y, ante todo, comprensivo y sensible. Alguien capaz de estremecerse de gozo ante las maravillas de la Creación, de emocionarse al contemplar un cielo estrellado o la abrupta elevación de las mo...

A la huella de Alfonso Garrido

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Un amigo me ha dejado para siempre, en él he perdido a una persona a quien podía confiar las angustias y problemas que me turban el alma, y con quien podía también compartir una botella de buen vino. A menudo hicimos ambas cosas a la vez. Comprendo que a muchos les parezca frívolo que se discuta sobre la Shoá , sobre su sentido o sinsentido, mientras regalamos el cuerpo con uno de los más refinados placeres que nos ha sido otorgado gozar. Quizá tengan razón. Me falta hoy ánimo para enfrentarme a rígidos ascetas. Solo se me ocurre recordarles unas palabras de Imre Kertész: “ha desaparecido el asombro ante la existencia del mundo y con él, de hecho, el respeto, la devoción, la alegría, el amor por la vida.” ( Un instante de silencio en el paredón , 41). Pero esos sentimientos, cuya ausencia lamenta como pérdida irreparable un superviviente de los Lager , aún existen. Todos los que hemos tratado a Alfonso los conocemos. Recuerdo un día maravilloso en que en su compañía, mi esposa y yo rec...