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Miedo

Quizá solo sea un signo de que la juventud hace ya tiempo que me abandonó, pero por primera vez en la vida creo sentir miedo. No se trata de algo personal. Siempre supe que soy mortal y, aunque me gusta este mundo, no me aferro a él. Es algo mucho peor: una sensación de fracaso vital, de pérdida de confianza en el futuro. Comprendo que fui un necio seducido por los ideales de la Ilustración. Un discípulo mediocre de Rousseau, pero también de Comte y Marx e incluso, aunque ante este mantengo el mayor respeto, de Kant. Fui, como tantos otros, un creyente en la religión del progreso; un iluso convencido, contra toda evidencia, de que la humanidad avanza de manera irreversible hacia mejor; un optimista seguro de que la luz siempre disipa las tinieblas. Alguien dirá: ¿cómo es posible, tras la Shoá , mantener la fe en el progreso?; y, sin duda, tendrá razón. Ni siquiera la ingenuidad de Pangloss alcanza a resistir prueba semejante. Mas quien tal argumenta olvida la fuerza de la ignorancia. N...

El sueño de la razón

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En el retrato que le hizo Goya en 1798 vemos a un Jovellanos pensativo y fatigado. No lee el papel que, con gesto desmayado, sostiene en la mano derecha, su cabeza reposa sobre el brazo izquierdo, y su mirada se dirige hacia el espectador como si quisiera comunicarle la causa de su cansancio y de su pesadumbre. Algo en el cuadro, quizá las ropas, quizá los muebles, recuerda el Capricho 43, cuyo dibujo preparatorio es de 1797. En éste el personaje, incómodamente recostado, parece vencido por el agotamiento, ajeno al animal de aspecto gatuno que le contempla y a los seres alados con apariencia de búhos y murciélagos que se aproximan amenazadores. Podemos imaginar que en el grabado se materializan los motivos de la preocupación que embarga a Jovellanos y que su mirada no alcanza a transmitir. Puede que los monstruos sean deseos oscuros e inconfesables mantenidos a raya durante la vigilia, pero que, tan pronto como se relaja el control de la conciencia, afloran presto s a derramarse po...