lunes, 1 de mayo de 2017

La Guerra Civil en el contexto europeo

Conferencia pronunciada el 27 de abrilde 2017 en el Museo de la Ciudad (Móstoles) 


La guerra Civil en el contexto europeo

De todos es sabido que tras el fracaso del levantamiento militar iniciado en Marruecos el 17 de julio de 1936 y secundado al día siguiente por un sector del ejército, se inició una larga guerra en la que los militares sublevados contaron desde el principio con el apoyo de Italia, de Alemania y de Portugal, en tanto que el gobierno republicano, internacionalmente reconocido como legítimo, solo pudo encontrar ayuda en la Unión Soviética y México. Las potencias democráticas occidentales, fundamentalmente el Reino Unido, Francia y los Estados Unidos, optaron, en cambio, por una política de no intervención que en realidad no hizo sino favorecer a los rebeldes. Es mi propósito a lo largo de esta conferencia intentar aproximarme a las razones que motivaron las actuaciones de los diferentes gobiernos, para lo cual habremos de remontarnos en el tiempo hasta los años finales de la por entonces llamada Gran Guerra.

En la memoria quedan las imágenes de aquellos jóvenes que, envueltos en una oleada de entusiasmo patriótico, partían entre las aclamaciones de sus conciudadanos a combatir en lo que gobiernos y estados mayores presentaban como un conflicto que se resolvería rápidamente en el curso de unas pocas y decisivas batallas. Ni siquiera los partidos socialistas, pese a su proclamado internacionalismo, fueron capaces de sustraerse al ardor bélico. A la hora de la verdad, los proletarios sí tenían patria e hicieron causa común con empresarios y terratenientes. Alentados por sus propias organizaciones de clase marcharon al matadero bajo el mando de unos generales para quienes no eran más que carne de cañón, pobres seres para quienes no cabía mejor destino que caer sacrificados a los dioses tutelares de la nación. Lo que vino después es de sobra conocido: cuatro años en el infierno de las trincheras. Millones de jóvenes muertos y de supervivientes mutilados o marcados de manera indeleble por un sufrimiento difícilmente soportable.

No hubo grandes victorias que conmemorar con desfiles en las grandes avenidas. La guerra terminó por agotamiento, porque llegó un momento en que la población no pudo aguantar más penalidades y se alzó contra sus gobiernos. Primero fue Rusia, que ya años atrás, en la guerra con Japón, había dado muestras de la debilidad de sus ejércitos y de la insuficiencia de su aparato productivo para afrontar un conflicto moderno. Luego llegó el turno de Alemania. El 9 de noviembre de 1918, ante la insurrección obrera y la negativa a disparar de los regimientos encargados de reprimirla, el káiser Guillermo II abandonó el país sin tiempo siquiera de presentar formalmente la abdicación. Dos días después el emperador Carlos I renunciaba a la jefatura del Estado dual austro-húngaro.

El hundimiento de los imperios centrales, al que se unió el de Turquía, conllevó un profundo cambio en el mapa europeo, en el que recuperaron la independencia viejas naciones como Polonia, en tanto que surgieron otras como Yugoslavia o Checoslovaquia. Dado lo intrincado de los límites étnicos y lingüísticos, los deseos de ajustar a ellos las nuevas fronteras se revelaron irrealizables y, de hecho, no fueron sino un nuevo semillero de conflictos.

La Gran Guerra había terminado, pero la paz aún quedaba muy lejos. En Rusia, que por el tratado de Brest-Litovsk (marzo de 1918) había renunciado a los territorios occidentales del imperio zarista, la victoria bolchevique dio paso a una larga guerra civil. Los generales blancos Wrangel, Denikin y Kolchak ocuparon vastas extensiones del sur y de Siberia. En Ucrania, nacionalistas y anarquistas también lucharon contra el poder soviético. A ellos se sumó la intervención de fuerzas de Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y otras naciones, así como la actuación de la Legión Checoslovaca. Esta última, reclutada por las autoridades zaristas entre prisioneros de guerra dispuestos a luchar contra el Imperio Austro-Húngaro, bajo cuya soberanía se encontraban sus naciones, protagonizó una aventura increíble, solo equiparable a la relatada por Jenofonte en su Anábasis. Aislados en territorio enemigo, se hicieron con el control del transiberiano y emprendieron la retirada hacia Vladivostok, en la costa del Pacífico. Finalmente consiguieron escapar tras detener al almirante Kolchak y entregarlo a los bolcheviques, quienes lo fusilaron. Entre los miembros de la Legión figuró el novelista Jaroslav Hasek, quien en Las aventuras del buen soldado Svejk nos ha dejado una divertidísima caricatura de la monarquía dual austrohúngara, ese imperio al que el más bien aburrido, aunque no menos crítico, Robert Musil denominó Kakania. El gobierno soviético no hubo de enfrentarse tan solo con generales contrarrevolucionarios, nacionalistas, anarquistas y fuerzas extranjeras. Incluso los marinos de de Kronstadt, cuyo papel había sido clave en la Revolución de Octubre, se sublevaron el 1 de marzo de 1921, contra el monopolio bolchevique del poder. Finalmente, el día 18 la base fue tomada al asalto por el Ejército Rojo. Mientras, los blancos retrocedían en todos los frentes hasta perder sus últimas posiciones el 17 de junio de 1923.

Conectada con la guerra Civil Rusa se presenta la guerra Polaco Soviética, desarrollada entre el 14 de febrero de 1919 y el 18 de marzo de 1921. Polonia, cuyo territorio se habían repartido a finales del siglo XVIII Rusia, Prusia y Austria, solo había conocido desde entonces un breve período de independencia como Gran Ducado de Varsovia bajo la protección napoleónica. Recuperada aquella tras el tratado de Versalles, permanecían sin definir sus fronteras con la Unión Soviética. Josef Pilsudski, elegido Jefe de Estado el 20 de febrero de 1919, estimó que las circunstancias eran oportunas para expandirse hacia el este por tierras ucranianas que hasta mediados del siglo XVIII habían pertenecido a Polonia. El avance polaco, iniciado en abril de 1920, fue pronto detenido por una contraofensiva del Ejército Rojo, que llegó a amenazar Varsovia, donde finalmente sufrió una aplastante derrota, tras la cual el gobierno soviético decidió solicitar la paz. Esta se firmó en Riga en marzo de 1921. El conflicto convirtió a Pilsudski en un héroe nacional aureolado con un prestigio indiscutible, lo que alarmó a algunos sectores, temerosos de que lo aprovechara para ampliar su poder. Al aprobarse una constitución que limitaba las atribuciones del jefe del Estado, Pilsudski renunció a presentarse a la reelección, aunque continuó manteniendo una activa presencia política y estrechos lazos con el ejército. Finalmente, recuperó el poder en mayo de 1926 mediante un golpe de Estado que terminó con la breve experiencia democrática. Su dictadura, aunque permitió sobre todo al principio cierto juego a la oposición, se endureció a medida que, por efectos de la crisis económica de 1929, comenzaban a manifestarse síntomas de descontento. A su muerte, en mayo de 1935, el poder quedó en manos del general Rydz-Smigly, quien lo ejerció hasta la ocupación germano soviética en septiembre de 1939.

En Finlandia, otro de los países que alcanzaron la independencia como consecuencia de la Revolución Rusa, se produjo de inmediato una lucha por el poder entre socialistas y conservadores, cada uno con sus propios grupos armados: la Guardia Roja y la Guardia Blanca respectivamente. A mediados de enero de 1918, la tensión desembocó en una guerra civil que concluyó en mayo con la victoria de los blancos, quienes en los meses siguientes ejercieron una dura represión contra la izquierda. La guerra enconó las ya anteriormente graves dificultades para el suministro de alimentos y ocasionó una hambruna para cuyo alivio se hizo preciso recurrir a la ayuda exterior.

En los países bálticos, también independizados tras la Revolución Rusa, no llegaron a constituirse regímenes democráticos estables. Los conflictos sociales agravados por las dificultades económicas, condujeron al establecimiento de sendas dictaduras. En Lituania, el 17 de diciembre de 1926 un golpe de Estado entregó el poder al conservador Antanas Smetona, quien gobernó dictatorialmente hasta la invasión soviética de 1940. Un camino similar, aunque más tardío siguieron Letonia, donde Karlis Ulmanis se proclamó dictador en 1934, y Estonia, también en 1934, bajo Konstantin Päts.

El movimiento revolucionario se hizo sentir con particular fuerza en Hungría, surgida de la desintegración del Imperio Austrohúngaro. El 29 de marzo de 1919 Bela Kun proclamó la República Soviética Húngara. Fue un régimen efímero, pues hubo de afrontar no solo la hostilidad de los terratenientes y capitalistas contra quienes explícitamente se dirigía, sino también el descontento campesino, que puso en peligro el abastecimiento a las ciudades, y los recelos de los países vecinos temerosos del contagio bolchevique. De hecho, llegó a existir durante dos semanas una República Soviética Eslovaca. La intervención del ejército rumano puso fin el 2 de agosto a la breve experiencia comunista. En los meses siguientes se desarrolló una pugna por el poder entre los elementos contrarrevolucionarios, que concluyó con el nombramiento como regente del almirante Miklos Horthy, un conservador autoritario que gobernó de forma dictatorial hasta que, en octubre de 1944, al saberse que negociaba una paz separada con los aliados, fue depuesto por un golpe de Estado del partido nazi local con el apoyo de la Wehrmacht.

La oleada revolucionara alcanzó también a Bulgaria, donde en marzo de 1920 Aleksandar Stamboliski instauró el régimen que denominó “dictadura campesina”. Entre las medidas adoptadas en este período figuran la reforma agraria, la jornada de ocho horas y un impuesto sobre la renta proporcional a los ingresos; pero otras como la asignación en las ciudades de dos habitaciones por familia como medio de paliar los problemas de vivienda le hicieron perder popularidad, lo que le llevó a intensificar la represión. El 9 de junio de 1923 triunfó un golpe de Estado organizado por los partidos tradicionales con el apoyo del ejército y la policía. Stamboliski fue fusilado y Aleksandar Tsankov, líder de la ultraderechista Unión Nacional, instauró una dictadura que reprimió con dureza a los agrarios y a los comunistas.

Otros países, como Yugoslavia o Rumanía tampoco encontraron la estabilidad con sistemas de gobierno democrático. En ambas sus reyes, respectivamente Alejandro I y Carol II terminaron por asumir personalmente la dictadura, el primero en 1929 y el segundo en 1938. Parecida suerte corrió Grecia, donde, tras sucederse diversos golpes de Estado, Ioannis Metaxás instauró un régimen dictatorial de corte fascista en agosto de 1936.

En Alemania, tras la abdicación de Guillermo II, el socialdemócrata Friedrich Ebert encabezó un gobierno provisional que no satisfizo las aspiraciones de los elementos radicales de la izquierda. Estos proclamaron en diciembre de 1918 el Primer Congreso Soviético de Alemania y exigieron la destitución del mariscal Hindenburg como jefe del ejército, así como la disolución de este, medidas que fueron rechazadas por Ebert. Ante ello, el 5 de enero comenzó en Berlín el Levantamiento Espartaquista. Para combatir la insurrección el ministro de Defensa, el socialdemócrata Noske, con la aprobación de Ebert, recurrió al ejército y a los Freikorps, unos grupos paramilitares ultranacionalistas y ferozmente antisemitas y anticomunistas, constituidos fundamentalmente por veteranos de guerra. Años después muchos de sus miembros, entre ellos Ernst Röhm y Rudolf Höss se integrarían en el Partido Nacionalsocialista. Para el 15 de enero los espartaquistas habían sido totalmente derrotados. Sus dos principales dirigentes, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, detenidos por tropas regulares, fueron inmediatamente asesinados. Los Freikorps intervinieron también en la liquidación de la República Soviética de Baviera en abril de 1919 y fueron responsables de numerosos atentados. Aunque oficialmente disueltos en 1920, de hecho, siguieron actuando y apoyaron a Adolf Hitler en el putsch de Munich de 1923.

En Austria, desde el final de la guerra, actuó la Heimwehr, un conjunto de bandas paramilitares similares a los Freikorps alemanes. Radicalmente antisocialistas y pangermánicas, respaldaron la deriva autoritaria del canciller socialcristiano Seipel y participaron en la represión de la revuelta obrera de julio de 1927 en Viena y en los enfrentamientos de febrero de 1934, que terminaron con la derrota de la izquierda y la instauración de la dictadura de Engelbert Döllfuss.

Por su parte Italia, uno de los países vencedores, vivió en los años 1919-1920 el conocido como Biennio Rosso. Los consejos de fábrica, inspirados en los soviets rusos, aunque dominados por los anarcosindicalistas, ocuparon las industrias y las hicieron funcionar en régimen de autogestión. Esta situación, que se unió en algunos lugares a la revuelta campesina llevó a que los dirigentes del Partido Socialista, alarmados por un movimiento que amenazaba desbordarlos, pactaran con el gobierno diversas mejoras para los obreros como condición para la vuelta a la normalidad. La intervención del ejército puso punto final al movimiento revolucionario. Mientras que el ala izquierda del socialismo, liderada por Gramsci, opuesta a la actitud de la dirección, creó el Partido Comunista, Benito Mussolini organizó los Fasci italiani di combattimento, germen del Partido Fascista, que, con la connivencia patronal, utilizaron la violencia contra los militantes izquierdistas. La derrota y desmoralización de las organizaciones obreras permitió la toma del poder por Mussolini en 1922.

Gran Bretaña por su parte, ya durante la guerra había tenido que hacer frente a la agitación nacionalista irlandesa. El Home Rule, un estatuto de autonomía defendido por el Partido Parlamentario Irlandés, aprobado en 1912, no había entrado en vigor ya que el inicio de la guerra en Europa había aconsejado su aplazamiento. Tal circunstancia fue aprovechada por los elementos nacionalistas más radicales que, con apoyo alemán, se lanzaron a una insurrección armada en el lunes de Pascua de 1916. Los líderes del movimiento eran conscientes de que su tentativa estaba condenada al fracaso. Es más, los escritos de Patrick Pearse hacen ver que su propósito era desatar una ola represiva que abriera un abismo definitivo entre Irlanda y Gran Bretaña, a fin de que el Home Rule fuera relegado al olvido y no quedara otra salida que la independencia. Aunque no todos los comandantes del levantamiento, al menos el socialista Connolly no lo hacía, compartían la mística sacrificial de Pearse, llegado el momento secundaron su tentativa. El resultado fue el previsto. Gran Bretaña, en plena guerra, no podía tolerar una sublevación en la retaguardia, por lo que las represalias fueron muy duras, incluida la ejecución de todos los comandantes rebeldes, excepto Eamon de Valera de quien se sospechaba que podía ser ciudadano de los Estados Unidos. Cuando comenzaron los fusilamientos, la opinión pública irlandesa que mayoritariamente había rechazado la insurrección, dio un vuelco espectacular, tal como había previsto Pearse. El autonomista Partido Parlamentario quedó relegado a un papel irrelevante ante el auge del radicalizado Sinn Fein. Pronto su brazo armado, el IRA, dirigido por Michael Collins lanzó una serie de acciones armadas que derivaron en la llamada Guerra de la Independencia (1919-1921). El acuerdo de paz de 1922, negociado por Collins, por el que se constituía el Estado Libre Irlandés dentro de la Commonwealth, excepto en seis condados del Ulster, que permanecían unidos a Gran Bretaña, no fue aceptado por el sector del Sinn Fein encabezado por De Valera, lo que condujo a la Guerra Civil Irlandesa (1922-1923), en la que vencieron los partidarios del tratado.

Al problema irlandés se sumó la agitación obrera, espoleada por la inflación y la escasez de alimentos. Solo en 1918 hubo en Gran Bretaña 1165 huelgas en las que participaron más de un millón de trabajadores[1]. Por lo general se trató de movimientos encabezados por elementos radicales que actuaban al margen e incluso en contra de los sindicatos mayoritarios.

Francia había sufrido enormes pérdidas humanas durante la guerra y al terminar esta, pese a ser una de las potencias vencedoras, se encontró arruinada y fuertemente endeudada con los Estados Unidos. Para hacer frente a sus obligaciones recurrió a las cuantiosas indemnizaciones impuestas a Alemania, pero, esta, habida cuenta de su desastrosa situación económica y social, no estaba en condiciones de satisfacer las demandas francesas, por lo que ambos países quedaron en bancarrota. Para hacer frente al descontento de los trabajadores que se tradujo a lo largo del 1920 en una gran oleada huelguística, el gobierno recurrió al ejército. Estas circunstancias produjeron la radicalización política que se manifestó en la izquierda en el fortalecimiento de la SFIO (Partido Socialista) y en la fundación del Partido Comunista; mientras que en la derecha florecían asociaciones patrióticas de cariz fuertemente nacionalista, entre las cuales la más poderosa fue la Croix de Feu, una organización paramilitar creada en 1927. También dentro de la extrema derecha hay que situar a la monárquica, tradicionalista y antisemita Action Française, dirigida por Charles Maurras. De este partido, que en los años treinta defendió la alianza con Mussolini para hacer frente a Alemania, salieron algunos de los altos cargos del régimen de Vichy, así como colaboracionistas destacados, entre ellos Robert Brasillach, aunque hubo otros, como el mariscal Philippe Leclerc, que combatieron en la Francia Libre.

En Portugal, asolado por una fuerte crisis económica, el 28 de mayo de 1926 un golpe militar estableció una dictadura, cuyo hombre fuerte a partir de 1932 fue Antonio Oliveira Salazar, quien en 1933 consolida su régimen al promulgar una nueva constitución por la que establece el Estado Novo, un sistema corporativo inspirado en el fascismo italiano.

España no permaneció ajena al vendaval que se había abatido sobre Europa. En 1917 confluyeron el empeoramiento de la situación económica, con el aumento de la inflación y del paro, la guerra de Marruecos, la agitación nacionalista catalana y el descontento de un sector del ejército por la preferencia dada en los ascensos a los oficiales africanistas y por los intentos de reforma que harían pasar a la reserva a un considerable número de oficiales.  Ante esa coyuntura, el PSOE y la UGT con el respaldo de la CNT convocaron en julio una Huelga General Revolucionaria que fracasó entre otras razones porque los militares, haciendo a un lado sus agravios, se opusieron a ella de forma casi unánime y porque los empresarios nacionalistas, temerosos de un triunfo de las organizaciones obreras, le negaron su apoyo. El objetivo fijado para el movimiento no era, sin embargo, una revolución proletaria, sino, tal como lo presentaba Julián Besteiro, uno de los miembros del comité de huelga, facilitar el acceso al poder de la burguesía moderna; es decir, desplazar de él a la camarilla latifundista y caciquil que lo ocupaba desde la Restauración. Besteiro, Saborit, Anguiano y Largo Caballero fueron condenados a cadena perpetua, aunque quedaron en libertad al año siguiente. En Asturias, donde los mineros se enfrentaron durante veinte días al ejército y a la policía, la represión, en la que tomó parte el entonces comandante Francisco Franco, fue especialmente dura.

En los tres años siguientes, denominados a menudo Trienio Bolchevique, la agitación en el campo, sobre todo en Andalucía, que había permanecido al margen de la huelga del 17, fue muy intensa, sucediéndose huelgas y ocupaciones de tierras, a las que el gobierno respondió en mayo de 1919 declarando el estado de guerra. En tanto, en Barcelona los enfrentamientos sociales alcanzaban una especial virulencia ante el recurso al terrorismo de anarquistas y patronal. Para combatir la oleada de violencia, el gobierno de Eduardo Dato envió en 1919 a la ciudad al general Martínez Anido, primero como gobernador militar y luego como gobernador civil. Su actuación, respaldada por la suspensión de las garantías constitucionales, estuvo marcada por una notable brutalidad, de la que es muestra la aplicación generalizada de la Ley de Fugas, según la cual, la policía estaba autorizada a disparar sobre cualquier detenido que intentara escapar. Unos quinientos sindicalistas, entre ellos Salvador Seguí, apodado El Noi del Sucre, cayeron víctimas de la represión policial.

En tanto, en el protectorado de Marruecos, los rifeños, acaudillados por Abd el-Krim, oponían una dura resistencia a la penetración española. La imprudente campaña del general Silvestre, alentada por el propio rey, desembocó en julio de 1921 en el Desastre de Annual. La investigación posterior, encomendada al general Picasso, reveló no solo la desorganización y corrupción del mando militar, sino también la cobardía de numerosos oficiales, que huyeron ante el derrumbamiento del frente, desentendiéndose de la suerte de los hombres bajo su mando. Muy pocos, entre los que se cuenta el teniente coronel Fernando Primo de Rivera, jefe del regimiento de caballería de Alcántara, muerto en el intento de proteger la retirada de la infantería, estuvieron a la altura de sus obligaciones. La responsabilidad por lo ocurrido apuntaba directamente a Alfonso XIII, pero el expediente Picasso no llegó a hacerse público. El 13 de septiembre de 1923, Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, hermano del caído en Marruecos, declaró el estado de guerra y al día siguiente fue nombrado por el rey Presidente del Gobierno. Comenzaba así la Dictadura.

Esta, quizá un tanto prolija exposición ha tenido como objetivo mostrar que el final de la Gran Guerra vino marcado por una oleada revolucionaria que afectó a todos los países europeos, y que esta, excepción hecha del caso ruso, fue derrotada y seguida de un casi generalizado movimiento contrarrevolucionario que condujo al establecimiento de regímenes dictatoriales de derechas. En los años treinta del siglo XX apenas existían países democráticos en Europa. Tan solo los países nórdicos, Gran Bretaña, Francia y Checoslovaquia, aunque dos estas últimas muy amenazadas por el auge de la ultraderecha y por las apetencias expansionistas de Alemania. El advenimiento de la República en España en 1931 fue, por así decirlo, un fenómeno contracorriente, producto de las particulares condiciones económicas, sociales y políticas de nuestro país, que impidieron la estabilización de la dictadura de Primo de Rivera. Esta, que osciló entre un conservadurismo clásico de corte militar y las tendencias fascistizantes imperantes en Italia, no fue capaz de articular un partido político que pudiera asumir el control del Estado y careció de la capacidad o de la voluntad de aniquilar a la oposición. Cierto que la represión fue dura (baste señalar que Martínez Anido ocupó el ministerio de Gobernación) y que condujo casi a la desaparición de la CNT, pero el Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores pudieron proseguir con limitaciones su existencia legal e incluso Largo Caballero, secretario general de la UGT, entró a formar parte del Consejo de Estado; una colaboración que fue rechazada por otros dirigentes socialistas como Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos. También se tomaron represalias contra intelectuales desafectos como Unamuno y se estableció la censura en la prensa, pero en general los libros circularon sin restricciones y la vida cultural no se vio gravemente afectada.

Si me lo permiten, les haré partícipes de un recuerdo personal. Tendría yo entonces dieciséis o diecisiete años y todos los días bajaba a comprar a la tienda de ultramarinos de la esquina. Aquellos comercios, lo aclaro por si entre ustedes hay personas jóvenes que no los hayan conocido, vendían, pese a su romántico nombre, legumbres, conservas, café, azúcar, aceitunas, huevos y otros productos igualmente prosaicos. Pues bien, el señor Bernardo, tal era el nombre del propietario, me contaba en ocasiones recuerdos de su juventud. Entre ellos hay dos que se me han quedado grabados pese a los años transcurridos. Siendo mozo, tenía que servir los pedidos de las casas de la vecindad, por lo que debía subir las escaleras cargado con un gran canasto. Con emoción me recordaba que en una ocasión, en los primeros momentos de la guerra, coincidió con Francisco Largo Caballero y que este le cedió el paso diciendo: “Usted primero, joven, que está trabajando.” El otro, era un elogio de Miguel Primo de Rivera, del que me decía que fue el mejor gobernante que ha tenido España. No creo que sea superfluo señalar que aún vivía Francisco Franco y que mi tendero quizá no pudiera sustraerse a la tentación de comparar dictadores.

La República llegó a España no por méritos propios, sino por el desgaste de una monarquía que, incapaz de aportar soluciones a los problemas del país, había optado como último recurso por la dictadura. No eran, sin embargo, como he intentado mostrar en la exposición precedente, buenos tiempos para la democracia. Los regímenes parlamentarios estaban en retroceso en toda Europa y su lugar era ocupado por sistemas autoritarios fuertemente nacionalistas. A ello contribuían distintos factores, entre los que cabe destacar las secuelas de la I Guerra Mundial: miedo a la revolución socialista, nacionalismo exacerbado, afán de revancha entre los derrotados y falta de tradición democrática en la mayor parte de Europa. La desmovilización había devuelto a la vida civil a millones de jóvenes que, una vez escapados a la pesadilla de las trincheras, deambulaban sin trabajo y sin futuro, prestos a escuchar a quien les ofreciera una esperanza o les señalara un enemigo, un culpable de su desdicha. En un terreno abonado para la demagogia no tardaron en surgir líderes que incitaban a la violencia como único medio de construir un mundo nuevo.

Los dirigentes de las potencias vencedoras creyeron que era posible articular un orden mundial que pusiera fin a las guerras, pero la realidad, como siempre, se impuso a las intenciones piadosas. Los Estados Unidos, cuya intervención en 1917 había sido decisiva para la victoria sobre las potencias centrales, decidieron desentenderse de los asuntos de Europa y ni siquiera llegaron a integrarse en la Sociedad de Naciones, ese organismo que aspiraba a regular de modo pacífico los conflictos internacionales. Alemania, en su condición de derrotada, no fue invitada a participar, como tampoco lo fue la Rusia revolucionaria. La organización nacía así gravemente mutilada, aunque en años posteriores se amplió con la admisión de estos dos últimos países. Pero su incapacidad iba más allá. Francia y Gran Bretaña poseían extensos territorios coloniales acrecentados con la atribución de los que anteriormente habían pertenecido a Alemania y a Turquía, y no estaban dispuestas a permitir que la organización internacional se inmiscuyese en los conflictos que en ellos pudieran surgir, considerados como asuntos internos.

La crisis económica de 1929 vino a exacerbar los antagonismos. Los Estados, acuciados por el paro debido a la caída de la producción industrial, recurrieron a medidas proteccionistas que, al limitar las importaciones, perjudicaban a otros países. Así, como señala Overy[2], los aranceles aprobados en los Estados Unidos en 1930 provocaron medidas similares en Francia, Reino Unido y Alemania; así como la devaluación de la libra en 1931, cuyo objetivo era favorecer las exportaciones británicas al hacer más competitivos sus productos, fue seguida en 1933 por la devaluación del dólar; mientras que Alemania para proteger a sus agricultores penalizaba la importación de alimentos de Dinamarca y de los Países Bajos. Se llegó de este modo a una situación de sálvese quien pueda, que paralizó el comercio internacional y contribuyó a aumentar la hostilidad entre unas naciones y otras.

Así, desde principios de los años 30 del siglo XX, los países europeos comienzan a alinearse en distintos bloques que se irán definiendo en los años siguientes. De un lado encontramos Italia y Alemania, a las que podemos calificar de estados revisionistas, pues aspiran a destruir el orden fijado en el Tratado de Versalles en el que consideran que se les ha tratado injustamente, de otro Francia y Gran Bretaña, los principales beneficiarios de aquel, y, como tercer lado del triángulo, la Unión Soviética que busca su lugar en la escena internacional.

En Italia, que había combatido en la guerra contra los imperios centrales, predominaba la idea de que su país no había obtenido en el tratado de paz las recompensas territoriales a que su sacrificio le había hecho acreedor. El Trentino, la península de Istria y las islas del Dodecaneso no satisfacían las ansias expansionistas de un Mussolini que ansiaba dominar el Mediterráneo y el norte de África, y cuya propaganda insistía una y otra vez en la reconstrucción del Imperio Romano.

Alemania, por su parte, había sufrido no solo la pérdida de todas sus colonias y de importantes territorios en Europa, entregados a Francia, Polonia y Dinamarca, sino que también se había visto obligada a aceptar la desmilitarización de Renania y unas severas limitaciones de sus fuerzas armadas en cuanto a efectivos y armamento, así como el pago de unas cuantiosas reparaciones de guerra. Ante la incapacidad del gobierno de Ebert para hacer frente a las deudas, el 11 de enero de 1923 tropas francesas y belgas ocuparan la región minera e industrial del Ruhr, de la que no se retiraron hasta agosto de 1925. Estos hechos contribuyeron a aumentar la agresividad de los grupos ultranacionalistas völkisch y fueron aprovechados por la propaganda nacionalsocialista, cuyas aspiraciones pasaban por la destrucción del sistema de Versalles, con la recuperación de los territorios perdidos y la reunificación de todos los alemanes en un solo país, que debería expandirse hacia el este para asegurar su espacio vital (Lebensraum), mediante el dominio sobre los pueblos eslavos. El renacimiento del imperio alemán, el Tercer Reich exigía además que el pueblo se purificara de los elementos alóctonos, fundamentalmente judíos y gitanos, que lo habían corrompido y eran causa directa de su decadencia.

Por su parte, Rusia, único país en que la revolución no había sucumbido a la oleada reaccionaria de los años veinte, se había visto obligada a pasar a una actitud defensiva, sin dejar por ello de acariciar la posibilidad de una extensión del comunismo más allá de sus fronteras. En todo el mundo, sectores de la izquierda socialista e incluso algunos anarquistas, se habían adherido a la Revolución de Octubre y habían solicitado la admisión en la III Internacional. Esta, conocida con el nombre de Comintern, no se concebía como un mero órgano de coordinación al modo de la Internacional Socialista, sino como el partido de la revolución mundial, del que los partidos nacionales no constituían sino secciones locales, cuya actuación era dirigida y estrechamente controlada desde el centro, en el que el papel preponderante correspondía de manera natural al Partido Bolchevique, el único que había alcanzado el triunfo. Frente a la idea sostenida por Trotski de que el afianzamiento de la revolución solo sería posible si esta se extendía a los países capitalistas más desarrollados, Stalin impuso la concepción de que en la fase de reflujo revolucionario, la principal misión de los recientemente creados partidos comunistas era la defensa de la Unión Soviética, auténtica patria del proletariado, frente a la agresión capitalista. En la práctica, eso no significaba una renuncia a la expansión revolucionaria, sino su identificación con los intereses nacionales de la Unión Soviética, que en aspectos estratégicos a menudo coincidían con los de la Rusia zarista y obviamente chocaban con los de la Alemania hitleriana.

Gran Bretaña y Francia, principales potencias ante el retraimiento voluntario de los Estados Unidos, se enfrentaban a problemas que sobrepasaban su capacidad de actuación. Pese a que sus gobiernos eran conscientes del peligro que suponían las ambiciones de Italia y de Alemania, no fueron capaces de afrontarlo de manera eficaz, quizá porque se veían obligados a abarcar más de lo que sus fuerzas les permitían. Gran Bretaña había de hacer frente en Asia a la amenaza japonesa, cuyo imperialismo, disfrazado como lucha por la liberación de las poblaciones asiáticas del dominio colonial, apuntaba hacia la India, la joya de la Corona. Para mantener las comunicaciones con esta era vital el dominio del Mediterráneo, asentado en tres puntos clave: Gibraltar, Malta y el canal de Suez. Algo que de manera casi inevitable llevaría a un choque con la Italia fascista, que, como ya se ha indicado, veía en este mar su ámbito natural de expansión.

La posición de Francia era más débil que la de Gran Bretaña. No se le ocultaba que Alemania mantenía sus apetencias sobre Alsacia y Lorena, regiones de población germana que había ocupado entre 1870 y 1918, ni que los deseos expansionistas italianos en el Mediterráneo incluían Niza y Córcega, y además desde Libia amenazaban las posiciones francesas en Argelia. Con un país políticamente dividido en el que la extrema derecha contaba con un considerable apoyo, solo la alianza con el Reino Unido aportaba ciertas garantías de seguridad. Ambos países, sin embargo, en especial el primero, padecían cierto sentimiento de culpabilidad ante el trato dado a Alemania en 1919. Lentamente se había abierto paso la idea de que las condiciones impuestas a los vencidos habían sido excesivamente duras y que estos tenían puntos de razón al rechazarlas. Además, los horrores vividos habían potenciado los sentimientos pacifistas. El mismo Neville Chamberlain, que ha quedado en el recuerdo como el máximo artífice de las claudicaciones ante Hitler, fue tachado de belicista por el laborista Clement Atlee, cuando siendo canciller del Exchequer, el equivalente a ministro de Hacienda, intentó incrementar el gasto militar[3].

Volvamos a nuestro país tras este rápido viaje por el mundo. En 1920, cuando ya la crisis política anunciaba el advenimiento de la dictadura de Primo de Rivera, un sector de las Juventudes Socialistas había creado el Partido Comunista Español, cuyos máximos dirigentes fueron Merino Gracia, Juan Andrade y Luis Portela; al que siguió el siguiente año el Partido Comunista Obrero Español, surgido del PSOE, cuya figura más destacada fue Núñez de Arenas, Ambos partidos se adhirieron a la Comintern y participaron en su III Congreso celebrado en junio de 1921. Las presiones de la Internacional, ejercidas por medio de su delegado Jules Humbert-Droz, quien no veía entre ambos partidos más que diferencias y rivalidades personales, forzaron la unificación, con lo que en noviembre de 1921 nació el Partido Comunista de España. La nueva organización fue tutelada desde el principio, primero por el ya citado Humbert-Droz y luego por el argentino Victorio Codovilla. Ambos, así como los responsables del Comité Romano, la sección de la Comintern que se ocupaba de los asuntos de España, Portugal, Francia, Italia y Bélgica, tenían una opinión muy pobre sobre la capacidad de los comunistas españoles, por lo que los vigilaban estrechamente y marcaban, en conformidad con las resoluciones aprobadas en el III Congreso de la Comintern, su línea política:

La Internacional Comunista debe convertirse en una Internacional de hecho, en una Internacional que dirige las luchas comunes y cotidianas del proletariado revolucionario de todos los países.[4].

Estos primeros años del PCE se caracterizaron básicamente por la irrelevancia de una organización muy reducida, carcomida por rivalidades y sometida a las directrices sectarias de la Comintern. Aunque desde 1925 la dirección formal correspondió al secretario general José Bullejos y a su equipo formado por Manuel Adame, Gabriel León Trilla y Etelvino Vega, las decisiones reales se tomaban en Moscú por Manuilski y Stepanov, a los que luego se unió Palmiro Togliatti, y de su aplicación en España se encargaba Codovilla. Fue un período ultraizquierdista en que el movimiento comunista no estableció diferencias entre democracia y fascismo, considerando a ambos, formas equivalentes de dominación capitalista, frente a la que no cabía otra salida que una revolución según el modelo soviético. Su hostilidad se extendió a los partidos socialistas, acusados de colaborar en el mantenimiento del poder burgués, algo que desde su óptica quedaba plenamente demostrado por la actuación de la socialdemocracia alemana en 1919.

Resulta ilustrativa la declaración política del PCE en febrero de 1931, poco antes de la proclamación de la República:

En presencia de la miseria enorme en que se encuentran los obreros y los campesinos de España, en presencia del hecho de que las medidas preconizadas por los republicanos, socialfascistas y anarcorreformistas para mejorar su situación se han revelado como puras mentiras y engañifas, solo existe un camino de salvación para todos los oprimidos: el camino de la lucha que les señala el Partido Comunista.[5]

La incapacidad para distinguir entre fascismo y socialdemocracia, a la que se alude siempre como socialfascismo, había llevado a actuaciones suicidas, como la moción de censura comunista que, con el apoyo de los nacionalsocialistas, apartó del gobierno de Prusia al socialdemócrata Otto Braun y derribó así la última barrera que contenía el avance de Hitler. En nuestro país, el Partido Comunista acogió con hostilidad la proclamación de la República en la que no vio sino una forma de dominación burguesa frente a la que lanzó, sin ningún éxito, la consigna de la dictadura democrática obrera y campesina[6], a la que se llegaría mediante la creación de soviets. Así lo expresó Manuilski:

El peligro de la reacción en España es irrelevante y el enemigo es la contrarrevolución republicana, encarnada por la institución parlamentaria. Las Cortes Constituyentes, con una deriva hacia el fascismo, cuyo representante es el PSOE. Frente a ello, la exigencia es el ataque frontal, consiguiendo armas para proletarios y campesinos, desarmando a la burguesía, destruyendo la administración del Estado y, a modo de recurso mágico que hará todo ello posible, impulsando desde el PCE la creación de soviets que luego se transformarán en “órganos de la dictadura del proletariado”[7].

Sola tras la intentona golpista del general Sanjurjo en 1932, Bullejos llegó a defender públicamente la legalidad republicana, lo que motivó que fuera llamado a Moscú y sustituido por un nuevo equipo más dócil, encabezado por José Díaz y Pasionaria, aunque siempre en una posición subordinada a Codovilla. El ascenso del fascismo empezó, no obstante, a preocupar seriamente a los dirigentes soviéticos, quienes en los años siguientes modificaron paulatinamente su postura sin reconocer en ningún momento pasados errores.

En la medida en que Stalin se percató de que la Alemania hitleriana suponía una amenaza real, inició un viraje político en busca de la alianza con Gran Bretaña y el Reino Unido. El cambio de posición fue, no obstante, lento y no alcanzó su plenitud hasta el VII Congreso de la Comintern en 1935.

En lo que respecta a nuestro país, sus efectos fueron que el Partido Comunista pasó de considerar a los socialistas como su enemigo fundamental a buscar una alianza con ellos, como medio de combatir a la reacción, pero en el momento de las elecciones de 1933, desarrolladas en un clima de enorme crispación, el cambio aún no era perceptible y el PCE, todavía bajo la égida de Codovilla, desempeñó un papel casi marginal que le llevó a obtener un único diputado, el doctor Cayetano Bolívar.

Dado que periodistas y sedicentes historiadores como Pío Moa, César Vidal y Federico Jiménez Losantos fijan en la insurrección de 1934 la quiebra del sistema republicano, con lo que justifican el golpe militar de 1936, merece la pena que nos detengamos un momento en los planteamientos desarrollados durante la campaña electoral de 1933 por dos de los principales dirigentes políticos del momento. Veamos en primer lugar una intervención de Largo Caballero en un mitin celebrado en Madrid el 3 de octubre:

Vamos legalmente hacia la evolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente. Esto, dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil. ¿Qué es sino la lucha que se desarrolla todos los días entre patronos y obreros? Estamos en plena guerra civil. No nos engañemos, camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o por desgracia, tendrá inexorablemente que tomar. El día 19 vamos a las urnas… Mas no olvidéis que los hechos nos llevarán a actos en que hemos de necesitar más energía y más decisión que para ir a las urnas.[8]

Pocos días después, el día 15, también en Madrid, José María Gil Robles arengaba a los militantes de la CEDA:

Hay que ir a un Estado nuevo, y para ello se imponen deberes y sacrificios. ¡Qué importa que nos cueste hasta derramar sangre! Para eso nada de contubernios. No necesitamos el Poder con contubernios de nadie. Necesitamos el Poder íntegro y eso es lo que pedimos. Entretanto no iremos al Gobierno en colaboración con nadie. Para realizar este ideal no vamos a detenernos en formas arcaicas. La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento el Parlamento o se somete o lo hacemos desaparecer.[9]

Tanto para el dirigente de la izquierda socialista, como para el de la alianza de derechas, las urnas no son más que instrumento para avanzar en el camino de una transformación que más pronto que tarde exigirá el recurso a la violencia. Contra lo que afirman los autores mencionados, en 1934 no estamos ante una izquierda que, secundada por los nacionalistas catalanes, se alza contra una derecha legitimada para ocupar el poder, sino ante una reacción contra la entrada en el gobierno de una organización muy próxima al fascismo. Sin duda, Gil Robles no era Mussolini, pero sus discursos, su invocación al Estado Nuevo y el título de Jefe con que lo aclamaban sus partidarios, no dejaban de evocar al dictador italiano. Desde luego, no era un demócrata. Tampoco lo era, claro está, Largo Caballero, a quien le halagaba que le llamaran El Lenin español. La reacción y la revolución se preparaban para un combate decisivo en el que no quedaría espacio para las opciones moderadas y reformistas. No era, como he intentado mostrar, una peculiaridad española, sino la manifestación local de una guerra civil europea.

Fue la intensidad de la represión tras los hechos del 34, en la que de nuevo Franco tuvo un papel destacado, lo que propició el acercamiento real entre las organizaciones obreras y la entrada del Partido Comunista, aunque en una posición subordinada que excluía su posible acceso al gobierno, en las candidaturas del Frente Popular, junto a los socialistas y a los republicanos reformistas de Manuel Azaña y a otras organizaciones.

Cuando el fracaso del golpe militar de 1936 dé paso a la Guerra Civil, los militares sublevados contarán de inmediato con la ayuda de las potencias fascistas. Italia verá en el conflicto una oportunidad para disputar a Gran Bretaña la hegemonía en el Mediterráneo, mientras que para Alemania se abrirá la posibilidad de instalar al sur de los Pirineos un régimen hostil a Francia. Sin embargo, estos dos países, que no podían dejar de sentirse amenazados no reaccionaron en apoyo de la República, sino que optaron por no comprometerse, invitando a las demás naciones a sumarse a un Comité de no Intervención, que de hecho condenaba al gobierno legítimo a no recibir suministros militares y, por tanto, dado que Alemania e Italia, aunque miembros del Comité, no cesaron de enviar material a los sublevados, dejaba a la República inerme ante la agresión. En Francia gobernaba el Frente Popular encabezado por el socialista Léon Blum, por lo que por afinidad política cabía esperar una actitud favorable a la República, pero su situación era muy débil y apenas tenía margen de maniobra. Acechada por el peligro de que en su mismo territorio estallara una guerra civil y amenazada por Alemania, su seguridad dependía del apoyo de Gran Bretaña. En esta, gobernada por los conservadores, no se habían desvanecido los temores a la extensión del comunismo. Unos temores que parecieron confirmarse cuando, tras el 18 de julio, se quebró el aparato del Estado en la zona republicana y las autoridades legítimas se vieron reducidas a la impotencia ante las milicias obreras. Como señala Moradiellos[10], Gran Bretaña tenía grandes intereses en España, ya que era el principal socio comercial de nuestro país, en el que mantenía cuantiosas inversiones, sobre todo en el sector minero,  y además, como ya se ha indicado, Gibraltar era vital para mantener las comunicaciones con la India. Ante la revolución desencadenada en la zona republicana por socialistas de izquierda y anarcosindicalistas, el gobierno británico eligió adoptar una actitud benevolente hacia Franco en la convicción de que actuando de esa manera podría proteger mejor sus intereses y evitaría que aquel, cuyo triunfo le parecía inevitable, quedara totalmente en manos de Hitler y Mussolini. Francia, aunque de mala gana, no tuvo más remedio que seguir fielmente a su aliado.

El abandono de Francia y de Gran Bretaña, las dos potencias democráticas en cuya ayuda había confiado el gobierno republicano, no dejó a este otra alternativa que recurrir a la Unión Soviética. Contra lo que algunos han afirmado, la llegada de suministros soviéticos fue tardía y nunca alcanzó el volumen de los enviados a los militares sublevados por Alemania e Italia. Había de un lado dificultades objetivas, como la lejanía geográfica, la vigilancia de las costas por el Comité de No Intervención y el cierre de la frontera francesa, pero a ellas se suma el hecho de que el problema español, pese a su utilización por la propaganda comunista, no era vital para Stalin, más interesado en postularse como un socio fiable para Gran Bretaña y Francia, capaz de colaborar con ellas en la contención de las ansias expansionistas germanoitalianas, que en desarrollar una revolución proletaria en nuestro país.

El hecho de que la Unión Soviética apareciera junto a un casi testimonial México, como único apoyo de la República favoreció el ascenso del Partido Comunista, que en las elecciones solo había obtenido dieciséis diputados, pero que ahora, dirigido por nuevos delegados de la Comintern, como el italiano Palmiro Togliatti o los soviéticos Orlov, Gorev, Antono-Ovseenko, etc., se mostraba, al contario de las milicias anarcosindicalistas, como un grupo disciplinado y eficaz en el combate, y firmemente comprometido en el restablecimiento del orden en la retaguardia. Eso tuvo una contrapartida. Si bien el PCE experimentó un crecimiento espectacular a lo largo de la contienda, sus hombres, infiltraron, sobre todo desde la formación del primer gobierno de Negrín, el aparato del Estado y los servicios secretos soviéticos pudieron desarrollar operaciones apenas encubiertas contra determinadas organizaciones, como el semitrotskista POUM, cuyo secretario general, Andrés Nin fue oscuramente asesinado tras los sucesos de mayo de 1937.

Se agota el tiempo dedicado a esta conferencia y son muchos los asuntos que quedan en el tintero, como, por ejemplo, el volumen de las ayudas militares exteriores durante el conflicto, el papel de las Brigadas Internacionales, el acercamiento paulatino de Gran Bretaña y, a su remolque, Francia, a los militares franquistas y la sublevación final encabezada por el coronel Casado, pero secundada por socialistas como Julián Besteiro y anarcosindicalistas como Cipriano Mera, contra el gobierno de la República. Son asuntos de capital importancia que quizá, si el museo me lo permite, pueda abordar en el futuro.




[1] OVERY, Richard J. (2009) El camino hacia la guerra,Madrid, Espasa, p. 34
[2] Ibid, p. 88
[3] Ibid, p. 127
[4] ELORZA, Antono y BIZCARRONDO, Marta (1999) Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1919-1939, p. 101
[5] Ibid, p. 73
[6] Ibid, p. 146
[7] Ibid, p. 159
[8] MORADIELLOS, Enrique (2012) La guerra de España (1936-1939), Barcelona, RBA p. 58
[9] Ibid
[10] Ibid, p. 115

miércoles, 25 de enero de 2017

Responsabilidad ante el Holocausto

Conferencia pronunciada el 25 de enero de 2017 en el Museo de la Ciudad (Móstoles) en conmemoración de la Shoá

Quiero comenzar esta conferencia con un recuerdo para Jaime Vándor, uno de los más de cinco mil judíos salvados en Budapest por el diplomático español Ángel Sanz Briz y por Giorgio Perlasca, un italiano extraordinario que se autoproclamó cónsul de España y mantuvo abierta la embajada hasta el momento en que la ciudad fue ocupada por el ejército soviético. Tuve el honor de conocer a Jaime hace pocos años en un acto organizado por Casa Sefarad, hoy Centro Sefarad Israel. Contaba ya casi ochenta años y era un reputado filólogo, ensayista y poeta, pero su vida podía haber terminado, como la de tantos otros niños y adultos, mucho tiempo atrás en las cámaras de gas de Auschwitz. Su fallecimiento, en marzo de 2014, nos recuerda que pronto se habrán extinguido los últimos supervivientes de la generación diezmada por el Holocausto, pero el que ocurriera a avanzada edad indica que era posible resistir a la barbarie y que, incluso en las circunstancias más adversas, siempre ha habido seres humanos que han mirado al otro como su prójimo y se han sentido responsables de él.

Esta consideración nos sumerge de lleno en el asunto que hoy nos ocupa, la responsabilidad ante el Holocausto, entendida esta en un doble sentido: primero intentaremos esclarecer la cuestión de la culpabilidad en la matanza, para lo cual será necesario recordar los hechos, y, más adelante, nos interrogaremos sobre nuestro papel como guardianes de la memoria, en suma, como responsables de que el recuerdo de las víctimas no se desvanezca en el olvido. Es un camino que recorreremos de la mano de los supervivientes judíos de los Lager, aunque ocasionalmente también nos acompañará algún deportado no judío.

Se impone en este momento una aclaración terminológica. Para referirme al intento de exterminio de los judíos europeos estoy empleando una palabra que, como a Primo Levi, no me gusta y, como él, la he usado para que pudiéramos entendernos. Comparto, al respecto, las razones expresadas por Giorgio Agamben[1]. El término latino holocaustum transcribe el griego holókaustos, con el que la Septuaginta traduce el hebreo olah, uno de los cuatro tipos fundamentales de sacrificio mencionados en el Levítico. Luego fue utilizado por los Padres latinos de la Iglesia para referirse en general a los sacrificios judíos y de forma metafórica a la muerte de los mártires. A partir de ahí, pasa a significar también el sacrificio supremo por una causa sagrada. Me parece, pues, inadecuado, casi blasfemo, nombrar de esta manera al genocidio judío. En su lugar, usaré la palabra hebrea Shoá (Catástrofe).

Seguidamente, expondré algunas consideraciones que, espero, ayuden a precisar lo anterior y, a la vez, permitan una primera aproximación a algunos de los peligros que históricamente ha debido afrontar el pueblo judío.

No descubriré ningún secreto si afirmo que los judíos tienen una amplia experiencia en lo que respecta a padecer persecuciones. Pensemos primero en la ordenada por Antíoco IV Epífanes, tal como se narra en los dos libros de los Macabeos. El rey quiere imponer el helenismo por la fuerza. Es un hombre sanguinario, pero su objetivo no es asesinar a los judíos, sino hacer que abandonen su religión y con ella su forma de vida. En suma, lo que pretende es la asimilación y solo contra los que se resisten a ella recurre al tormento y a la muerte:

Por entonces escribió el rey a todo su reino, que todos formaran un solo pueblo, abandonando cada uno sus tradiciones. Todos los gentiles aceptaron la orden del rey. A muchos israelitas les pareció bien, sacrificaron a los ídolos y profanaron el sábado.[2]

En cambio, el libro de Ester nos sitúa ante otro tipo de persecución. Hamán persuade al rey Asuero para que decrete el exterminio de los judíos:

Hay un solo pueblo disperso y diseminado entre los pueblos por todas las provincias de tu reino, cuyas leyes son diferentes de las de todo pueblo. Y ellos no observan las leyes del rey. No conviene, pues, al monarca tolerarlos. Si parece bien al rey, díctese orden de destruirlos…[3]

Obsérvese que aquí no se considera la posibilidad de que los judíos cambien sus leyes de manera voluntaria u obligada, sino que se les condena directamente a morir.

Antes de continuar, haré una precisión quizá innecesaria. Las leyes, en el sentido en que se utiliza la palabra en el texto, se refieren a la Torá, la ley entregada por Dios a Moisés en el Sinaí. Es ella la que singulariza a Israel como pueblo. Por eso, los episodios relatados ejemplifican las dos amenazas entre las que ha discurrido a menudo la historia de los judíos: la asimilación y el exterminio. Una y otro los conducían a la desaparición.

Pese a todas las presiones, los judíos se mantuvieron como minoría diferenciada durante siglos. A menudo obligados a vivir en barrios específicos y a vestir ropas distintivas, sometidos al pago de impuestos especiales y envueltos en una hostilidad popular que puede estallar en sangrientos pogromos o desembocar en una expulsión decretada por las autoridades; para los cristianos son el pueblo deicida, aquel que rechazó el mensaje de Cristo y que lo condenó a muerte. En momentos de gran exaltación religiosa, como fueron los de la Primera Cruzada, o en épocas de grave crisis económica y social, como la iniciada a mediados del siglo XIV, en toda Europa surgen predicadores que incitan a la multitud contra los judíos, a quienes responsabilizan de haber atraído la ira de Dios y achacan horribles crímenes. Se difunden los llamados libelos de sangre, en que se les acusa de remedar el sacrificio de Cristo dando muerte en la cruz a niños cristianos. Podríamos citar casos de Alemania, Francia, Suiza o Inglaterra, pero nos limitaremos a mencionar en nuestro país a Dominguito del Val y el Santo Niño de la Guardia. Aunque algunos judíos ocuparon puestos de confianza junto a príncipes que apreciaban su eficiencia como médicos o financieros, su posición fue siempre insegura, expuesta a intrigas cortesanas que podían influir sobre la voluntad del gobernante. La novela de Lion Feuchtwanger, El judío Süss, basada en la vida de un personaje real, evoca de manera sugerente la situación de estos judíos privilegiados que en un abrir y cerrar de ojos podían pasar de la opulencia a la horca. Quizá a alguno de ustedes le haya sorprendido esta referencia literaria, pues en 1940 Veit Harlan, por encargo de Goebbels, dirigió una película ferozmente antijudía con el mismo título. Para su tranquilidad les diré que esta tergiversa totalmente una novela cuyo autor, judío, había sido desposeído de la nacionalidad alemana.

Durante siglos impera en Europa, pues, una judeofobia de corte religioso y conservador, que sobrevive y en algunos casos incluso se agrava, después de que el liberalismo triunfante emancipara a los judíos y les hiciera salir del gueto. El hecho de que estos, convertidos en ciudadanos de pleno derecho, pudieran acceder a puestos y profesiones que hasta entonces les estaban vetados suscitó el rechazo de los elementos más apegados a los valores tradicionales, como puso de relieve en Francia el affaire Dreyfus. Recordemos, a finales de 1894 el capitán de origen judío Alfred Dreyfus fue acusado de pasar documentos secretos a los alemanes. En consecuencia, un consejo de guerra lo condenó a ser expulsado del ejército y deportado a la isla del Diablo. Pese a que en 1896 se descubrió que el culpable era el comandante Ferdinand Esterhazy, el Estado Mayor se negó a reconsiderar la sentencia. El caso originó una profunda división en Francia, donde los sectores progresistas se unieron en una campaña a favor de Dreyfus, en tanto que los conservadores se oponían a la revisión del proceso, aduciendo que por encima de todo había que mantener a salvo el honor y el prestigio del ejército. Para ellos, el oficial judío, al margen de sus actos, era alguien extraño al cuerpo de la nación y, por tanto, internamente un traidor.

Me he detenido en el affaire Dreyfus porque muestra un nuevo rasgo del antisemitismo, que se superpone, sin anularlo, al tradicional de corte religioso. En Alemania, el nacionalismo romántico había elaborado el concepto de Volksgeist, en castellano espíritu del pueblo, ya presente en las obras de Fichte y de Herder. Frente al universalismo cristiano y el cosmopolitismo de la Ilustración, se esgrimía la idea de que cada nación posee un carácter propio, que la diferencia de las demás y permanece inmutable a lo largo de la historia, de la cual él es en realidad el verdadero sujeto. No otra cosa significa la fórmula recogida en el punto segundo del programa de Falange Española (noviembre de 1934): España es una unidad de destino en lo universal. A lo largo del siglo XIX numerosos investigadores en todos los países europeos se entregarán a la tarea de descubrir lo específico de su nación, aquello que la singulariza. Creerán hallarlo en las tradiciones, costumbres, leyendas y canciones populares, en suma, en el folclore. Observemos que esta palabra, acuñada por el británico William Thoms, contiene el término inglés folk (pueblo) idéntico al alemán volk. Se despertará también el interés por el pasado prerromano y medieval, es decir, por las épocas en que había predominado un particularismo que se concibe como opuesto al imperialismo romano uniformizador y opresor. En tanto, el pueblo judío, disperso entre las naciones, será percibido como ajeno a estas e incluso peligroso, por cuanto su espíritu netamente diferenciado lo convierte en un tumor que amenaza la propia identidad.

El antisemitismo religioso y el nacionalista, por más que tengan distintos orígenes, no se excluyen, sino que en la mentalidad de las gentes se mezclan en proporciones variables. De hecho, en algunas naciones como Francia o España, el catolicismo se entenderá como elemento fundamental del Volksgeist. La complejidad religiosa de Alemania hace que allí, en cambio, no sea tan sencilla esa identificación entre nación y credo. Posiblemente esa sea una de las causas del renacimiento de las creencias paganas y del interés de muchos dirigentes nazis, entre ellos Himmler, por el esoterismo.

No se crea, empero, que el antisemitismo se manifiesta únicamente en los medios religiosos y conservadores. Anida también entre republicanos y anticlericales. Por tomar un ejemplo de nuestro país mencionaré la novela de Vicente Blasco Ibañez, Sónnica la cortesana, publicada en 1901. En ella, ambientada en la destrucción de Sagunto por Aníbal, hay un interesante diálogo entre Acteón y Sónnica, ambos griegos. Allí el héroe, en un contexto en que inequívocamente aparece como portavoz de las ideas del autor, contrapone el racionalismo y la luminosidad del pensamiento helénico a la mezquindad y superstición de Israel y califica a los judíos de hipócritas, rapaces y crueles, para terminar profetizando que si un pueblo como ese alcanzase a dominar el mundo pasarían siglos antes de que los hombres encontraran de nuevo el camino hacia la belleza y la vida[4]. Claramente, los rasgos atribuidos a Israel son los mismos con que en otras obras caracteriza a la iglesia Católica. En esta se habría cumplido la sombría profecía de Acteón. De manera un tanto paradójica, si muchos católicos veían a los judíos como el pueblo deicida, no faltaban furibundos anticlericales que veían en ellos la prefiguración de todos los males que achacaban a la Iglesia.

Si bien la hostilidad popular hacia los judíos se nutría de todos los elementos mencionados, a ellos la ideología nacionalsocialista suma otro que le confiere el carácter radical que caracteriza lo que a menudo se ha denominado antisemitismo moderno y sin el cual difícilmente se hubiera llegado a la aberración de la Shoá. Me refiero, claro está, a las teorías raciales desarrolladas por el francés Gobineau en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855) y el británico nacionalizado alemán Houston Chamberlain en Los fundamentos del siglo XIX (1899), y que sirvieron de inspiración a Alfred Rosenberg, uno de los principales ideólogos del nazismo. Hemos de tener en cuenta que, aunque ahora el racismo nos parezca tan solo una expresión de prejuicios e ideas primitivas, lo que no significa de ninguna manera que haya muerto, en su momento se presentó y fue aceptado como una concepción científica respetable, fundamentada en datos objetivos proporcionados por la antropología, la etnología y la historia. Pocos europeos de la segunda mitad del siglo XIX o inicios del XX dudaban de que su dominio colonial se justificaba por la, para ellos evidente, inferioridad intelectual y moral de asiáticos y africanos. La especie humana se concebía como dividida desde su origen en diferentes razas, cada una de las cuales está dotada de una potencialidad diferente, correspondiendo entre ellas el lugar más alto a unos pretendidos arios o nórdicos que han conservado la pureza de su sangre debido a que, al contrario de los mediterráneos, no se han mezclado con los grupos inferiores.

En Alemania arraigaron con especial fuerza las ideas racistas, ya presentes en los movimientos völkisch. Estos, surgidos en el siglo XIX, defendían un nacionalismo populista y radical de cariz fuertemente antisemita y se hallaban en pleno auge en las primeras décadas del XX. Para entonces los judíos formaban en Alemania una minoría en gran parte asimilada, muchos de cuyos miembros habían abandonado las prácticas religiosas o incluso se habían convertido al catolicismo o al luteranismo y se dedicaban a toda clase de profesiones, en muchas de las cuales, como política, periodismo, medicina o enseñanza universitaria, algunos habían alcanzado notable éxito. Contra ellos se volcó la propaganda del naciente Partido Nacionalsocialista, que encontró un auditorio extremadamente receptivo en los medios völkisch. Los judíos eran culpados de la derrota en la I Guerra Mundial, que, se repetía una y otra vez, no se había producido en el campo de batalla, sino a consecuencia de una traición: la revolución obrera de noviembre de 1918, en la que habían desempeñado un papel fundamental dirigentes socialistas judíos como Kurt Eisner o Rosa Luxemburgo, ambos asesinados en los primeros meses de 1919. Otros judíos llegaron a alcanzar los más altos puestos políticos, como el rico industrial Walther Rathenau, ministro de Reconstrucción en 1921 y luego de Asuntos Exteriores hasta su asesinato en junio de 1922. La propaganda völkisch mostrará a los judíos como una raza inferior, incluso subhumana, cuya sola presencia es capaz de corromper, como si de un poderoso agente infeccioso se tratara, a los arios. En consecuencia, Alemania solo recuperaría su grandeza cuando alcanzara a librarse de ellos.

Der Stürmer, periódico fundado en 1923 por el militante nazi Julius Streicher, difundió la imagen del judío físicamente repugnante, avaricioso, mezquino y traicionero, sediento de sangre y de poder, y autor de los más horrendos crímenes contra los arios. Se le presentaba simultáneamente como la perversa mente que orquestaba la revolución comunista y como la no menos malvada que controlaba el capital financiero. Unidas ambas en el común afán de acabar con Alemania y destruir la raza aria, como un paso necesario en un vasto plan de dominio del mundo.

Esta feroz hostilidad hacia los judíos no era ningún secreto. Hitler la había expresado sin tapujos en Mein Kampf y, como acabo de señalar, llenaba las páginas de publicaciones que se vendían legalmente. El rearme de Alemania y la expansión hacia el este a costa de los eslavos, tampoco eran planes ocultos. No es mi propósito relatar el camino que llevó al poder al Partido Nacionalsocialista, sino simplemente señalar que tanto sus militantes, como quienes lo apoyaron con sus votos y quienes, desde altas responsabilidades políticas, favorecieron su ascenso confiados en que podrían controlarlo y utilizarlo en su propio provecho, tenían sobrados elementos de juicio para saber con quién estaban tratando.

No obstante, habría de pasar un tiempo hasta que se adoptara la llamada “Solución final”, el exterminio del pueblo judío. A esta se llegó por fases una vez definido el objetivo: una Alemania Judenrein, es decir, libre de presencia judía. Una primera dificultad la presentaba la misma definición de judío. Las leyes de Nuremberg, aprobadas por unanimidad en septiembre de 1935 y que llevaban los inequívocos títulos de Ley de ciudadanía del Reich y Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes, establecieron que eran tales quienes contaban con tres abuelos judíos, en tanto que los que tenían dos o uno eran considerados mischlinge,  mestizos. Los judíos quedaban privados de la ciudadanía, reservada desde entonces a quienes tenían sangre aria. Hans Maier, que posteriormente abandonaría su nombre alemán para adoptar el de Jean Améry, señala que él no se sentía vinculado ni cultural ni religiosamente con el judaísmo, pero que cuando en un café vienés leyó las leyes de Nuremberg, comprendió que le concernían a pesar de que, al igual que sus padres, estaba bautizado, asistía a misa, su madre invocaba a la Virgen ante las contrariedades cotidianas y en su casa se celebraba la Navidad en lugar de Janucá:

La sociedad que se identificaba con el estado alemán nacionalsocialista, que el mundo reconocía como representante legítimo del pueblo alemán, me había hecho judío en toda forma y sin ambages.[5]

Desde aquel momento supo que era “un muerto en vacaciones.”[6] Pocos años más tarde, al ser deportado a Auschwitz Monowitz, donde coincidió con Primo Levi, aunque ambos no llegaron a conocerse, las vacaciones parecieron a punto de terminar. Nada más presente en el Lager que la muerte:

La gente casi no se preocupaba de si había que morir, sino de cómo sucedería. Se conversaba sobre cuánto duraría la agonía hasta que el gas hiciera su efecto. Se especulaba sobre la naturaleza dolorosa de la muerte inducida mediante inyecciones de ácido fénico. ¿Era preferible acabar con un golpe sobre el cráneo o tras una lenta extinción por agotamiento en la enfermería?[7]

El miembro no judío de la Resistencia francesa, Robert Antelme, se expresaría en términos no muy diferentes al rememorar su estancia en el Lager de Gandersheim:

… estamos todos aquí para morir. Este es el objetivo que los SS han escogido para nosotros. No nos han fusilado ni colgado, pero cada uno, privado racionalmente de comida, debe convertirse en el muerto previsto, dentro de un tiempo variable.[8]

Anteriormente he afirmado que esta concepción racial con fundamentos que se pretenden científicos arranca de Gobineau y es característica de la judeofobia moderna. Debo añadir, sin embargo, que, como todo en esta vida, tiene precedentes. Estos se hallan desgraciadamente en nuestro país. Los judíos que en 1492, a fin de permanecer en su tierra, eligieron bautizarse se convirtieron en una minoría sospechosa, a quienes los autodenominados cristianos viejos dieron el despectivo nombre de marranos. Pronto, pese a la oposición papal, para acceder a puestos públicos, a colegios mayores o entrar en determinados gremios, se exigieron pruebas de limpieza de sangre, en las que los aspirantes tenían que demostrar que sus cuatro abuelos habían sido cristianos. El concepto de judeidad desborda, pues, lo religioso y apenas difiere del que siglos más tarde se aprobaría en Nuremberg.

Los diarios de Victor Klemperer, que abarcan los años 1933 a 1945 ofrecen un testimonio de cómo día a día la vida de los judíos se hace más opresiva, según se van aprobando nuevas leyes discriminatorias. A diferencia de otros testigos de la Shoá, que escriben una vez liberados, él, como Ana Frank, lo hace al momento, sin saber lo que le reserva el porvenir, reflejando la angustia y el dolor de cada instante. A la llegada de Hitler al poder, Klemperer era un respetado profesor de Filología en la universidad de Dresde. Pronto, sin embargo, le prohíben examinar a alumnos arios. Luego le privan de su cátedra. Los conocidos comienzan a esquivarlo en la calle. Debe abandonar su vivienda recién construida y trasladarse a una Judenhaus, casa de judíos, en la que él y su esposa tienen que compartir el piso con otras familias. Pero la suya no es expropiada, sino que le obligan a alquilarla a un ario por una cantidad simbólica. Como continúa siendo el propietario permanece, por tanto, sujeto al pago de la hipoteca. En cualquier momento la Gestapo entra en la Judenhaus y efectúa registros. Las mascotas son sacrificadas. Incluso las flores están prohibidas. Vendrá también la obligación de portar la estrella amarilla, la limitación en las horas de compra, la prohibición de viajar en transporte público e incluso la de circular por las aceras o pasear por los parques. Pese a las presiones, su esposa, la pianista aria Eva Schlemmer, a la que agentes de la Gestapo llegan a escupir y golpear, permanece junto a él, así como unos pocos, muy pocos, amigos, entre ellos Annemarie Köhler, la mujer que, con riesgo de su vida, esconde en su propio domicilio los diarios, a medida que Eva se los hace llegar.

Estas medidas, cuyo objetivo era establecer una nítida separación entre la comunidad nacional alemana, integrada exclusivamente por arios, y lo que se consideraba una especie de tumor maligno que la corroía y al que había, por tanto, que extirpar, fueron acompañadas de diferentes actos de violencia entre los cuales el más destacado es la Kristallnacht, la Noche de los cristales rotos, el 9 de noviembre de 1938. En una acción, pretendidamente espontánea, aunque en realidad cuidadosamente preparada por los jerarcas nazis, miembros de las SA y afiliados y simpatizantes del NASDP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán) asaltaron las sinagogas, comercios y domicilios judíos. El balance, aparte de unos daños al patrimonio económico y cultural difícilmente cuantificables, fueron al menos noventa y dos asesinatos. Según el recientemente fallecido Zygmunt Bauman, es el único episodio de la Shoá que se asemeja a los pogromos tradicionales[9]. El método, como por otra parte ya se había probado en la Europa medieval y en la Rusia zarista, se reveló insuficiente. A ese ritmo pasarían varias generaciones antes de que Alemania quedara Judenrein. Por otra parte, la población alemana, aunque en su conjunto no se opusiera a las medidas discriminatorias, no había respondido con el entusiasmo deseado. Era preciso, pues, adoptar otros caminos.

Durante algún tiempo se barajaron alternativas tales como la deportación de todos los judíos del Reich a Madagascar, que pronto, si es que alguna vez se habían llegado a considerar seriamente, fueron desechadas por irrealizables, y sustituidas por otras a las que forzosamente, por más que el término resulte repugnante aplicado a semejante monstruosidad, debemos calificar como más racionales. La invasión de Polonia en septiembre de 1939 y la ofensiva sobre la Unión Soviética en el verano de 1941 pusieron bajo control del Reich enormes territorios poblados, para la ideología nazi, por razas inferiores: eslavos y judíos. El este se concebía como parte integrante del Lebensraum alemán. Es este un término acuñado por el geógrafo Friedrich Ratzel, que se traduce al castellano como espacio vital. La ocupación de este espacio se concebía como esencial para el futuro del Reich. En él la raza de los señores explotaría sin piedad a una población eslava reducida a la ignorancia y a la esclavitud. Los judíos, muy numerosos, fueron recluidos en guetos aislados por muros y sometidos a una terrible situación de hacinamiento y escasez. En octubre de 1941 comenzó la deportación de los judíos del Reich a los guetos polacos, lo que aún agravó más las condiciones de vida. El hambre y las enfermedades dispararon rápidamente la mortalidad.

El este fue asimismo el terreno de actuación de los Einsatzgruppen, unos equipos de ejecución que avanzaban tras la Wehrmacht, y cuya misión consistía en exterminar a los judíos, a los comisarios políticos y a otros elementos considerados comunistas. Los testimonios recogidos por Ilyá Ehrenburg y Vasili Grossman, agrupados en El libro negro, ofrecen una visión sobrecogedora de los crímenes cometidos en las repúblicas soviéticas por las fuerzas de ocupación. Es una obra cuya elaboración fue alentada desde los medios oficiales y que en lo sustancial estaba concluida en 1946, pero que, sin embargo, no obtuvo el permiso de publicación, aunque sí pudo circular en ámbitos restringidos. Tanto Ehrenburg como Grossman habían acompañado como corresponsales de guerra al Ejército Rojo, lo que les había proporcionado un  conocimiento directo de crueldad nazi. Me referiré brevemente a Grossman para dar cuenta de su tragedia personal. Tras cubrir la batalla de Stalingrado, estuvo presente en la ofensiva sobre Ucrania. Allí, en su ciudad natal, Berdichev, descubrió que los Einsatzgruppen habían asesinado a los treinta mil judíos de la localidad, aproximadamente la mitad de la población[10]. Entre las víctimas se encontraba su propia madre.  Luego fue el primer periodista en entrar en Majdanek y Treblinka, y asistió a la rendición de Berlín. El método de trabajo de los Einsantzgruppen era similar en todos los lugares. Las SS y la Gestapo agrupaban a todos los judíos de la población y durante un tiempo los más vigorosos eran llevados al campo, donde se les obligaba a cavar zanjas. Cuando estas quedaban concluidas se conducía a todos hasta ellas, hombres, mujeres y niños, y, tras despojarlos de sus ropas se les hacía situarse en hilera ante el borde donde se les ametrallaba. Las filas de asesinados iban cayendo unas sobre otras. Los que habían resultado simplemente heridos quedaban sepultados bajo montones de cadáveres. Luego, aquella fosa se cubría con una delgada capa de tierra. En una fase posterior en las grandes ciudades los judíos fueron recluidos durante algún tiempo en guetos, que posteriormente eran vaciados. Allí se utilizaron cámaras de gas ambulantes instaladas en camiones, un método que ya se había aplicado en el Lager de Chelmno.

Los Einsatzgruppen actuaron también en otros lugares del este. Elie Wiesel, nacido en una piadosa familia judía de Sighet[11], entonces territorio húngaro y hoy rumano, recuerda la incredulidad con que eran acogidas las noticias de las atrocidades nazis. Hungría era un país aliado de Alemania y gobernado de manera dictatorial por el ultraconservador almirante Horthy. Era este un antisemita al viejo estilo. Los judíos estaban discriminados, pero hasta 1944 no pesó sobre ellos la amenaza de exterminio. Con todo, presionado por los alemanes, Horthy ordenó a fines de 1941 la deportación de los judíos extranjeros. Estos, entre ellos Moshé-Shames, fueron encerrados por los gendarmes húngaros en vagones de ganado y enviados hacia la frontera. Pasó el tiempo y los judíos de Sighet continuaron su vida habitual. Pensaban que los extranjeros habían sido enviados a trabajar en algún lugar de Polonia y pronto los olvidaron. Pero un día Moshé-Shames reapareció en la ciudad. Contó que tras cruzar la frontera habían sido entregados a la Gestapo y esta les había obligado a abrir grandes fosas en un claro del bosque. Luego, los dirigieron al borde y les dispararon. Los bebés, arrancados de los brazos de sus madres, eran lanzados al aire y ametrallados mientras caían. Él, herido, había sido dado por muerto y al anochecer pudo escapar del montón de cadáveres. Quienes oyeron su historia pensaron que había perdido el juicio y se compadecieron de él. Nadie le creyó[12]. En mayo de 1944 todos los judíos de Sighet fueron deportados a Auschwitz. La madre y la hermana pequeña de Elie Wiesel acabaron inmediatamente en las cámaras de gas. El padre moriría a causa del hambre y de la extenuación.

Finalmente, los jerarcas nazis llegaron a la conclusión de que el llamado problema judío solo podía solucionarse mediante la aplicación sistemática de métodos científicos de exterminio. Como indica Zygmunt Bauman, se optó, como más racional y económica, por la Solución Final[13]. Auschwitz, Sobibor, Treblinka, Majdanek, Chelmno o Belzec, entre otros, se convirtieron en fábricas de cadáveres. Fue para ello preciso construir cámaras de gas y hornos crematorios, asegurar un adecuado suministro de Zyklon B, hacer llegar hasta allí a los deportados, lo que exigía una cuidadosa regulación de los transportes ferroviarios: en definitiva, se realizó una siniestra hazaña de eficiencia y de organización.

Los prisioneros llegaban a ellos tras un largo y penoso viaje en vagones cerrados de ganado. Hacinados, sin ventilación, sin más comida que la poca que hubieran podido guardar, sin apenas agua, en el mejor de los casos obligados a hacer sus necesidades en un cubo; no todos sobrevivían al camino. De hecho, las autoridades alemanas tenían cálculos que les indicaban el porcentaje de muertos que cabía esperar en el transporte. Una vez llegados al Lager, aturdidos y desorientados, debían pasar una primera selección. Separados hombres y mujeres, desfilaban ante un médico de las SS que tras una somera ojeada indicaba a unos que se dirigieran a la izquierda y a otros a la derecha. Los prisioneros aún no lo sabían, pero como en un atroz remedo del Juicio Final, unos habían sido señalados para la muerte inmediata en la cámara de gas y otros para arrastrar una vida miserable como esclavos subalimentados. En la pintura de Miguel Ángel unos son enviados a la condenación eterna y otros a la gloria. En esta trágica caricatura, en que el hombre usurpa el lugar de Dios, no hay salvación.

Una escudilla de sopa y un pan es todo lo que reciben unos prisioneros obligados a realizar trabajos agotadores expuestos al frío, la lluvia, la nieve o el sol. Cualquier muestra de flaqueza es castigada de inmediato con golpes. A veces estos llegan sin motivo, por simple capricho de un kapo o de un SS. A ello se suman las largas horas en pie para los recuentos. Y de vez en cuando nuevas selecciones en las que los ya demasiado débiles son enviados a las cámaras de gas. Es un sistema perverso que degrada a los seres humanos y que a menudo quiebra su espíritu, aunque el cuerpo aún mantenga una apariencia de vida. Los llamados musulmanes en la jerga de los Lager son seres que tienen la mirada ausente, que, perdida la capacidad de comunicación, no responden a los estímulos exteriores. La muerte física les llegará en la próxima selección si es que no han sucumbido antes al agotamiento o a los golpes, pero su alma se diría que ha sido aniquilada con antelación. Así los describe Jean Améry:

El llamado “musulmán”, como designaba la jerga del campo al prisionero que se abandonaba y era abandonado por sus camaradas, no poseía ningún resquicio de conciencia donde bien y mal, nobleza y vulgaridad, espiritualidad y no espiritualidad se pudieran confrontar. Era un cadáver vacilante, un haz de funciones físicas en su agonía[14].

Pocos internos escaparán a ese destino. Primo Levi comienza su obra Si esto es un hombre con esta declaración:

Tuve la suerte de no ser deportado a Auschwitz hasta 1944, después de que el gobierno hubiera decidido, a causa de la escasez creciente de mano de obra, prolongar la vida media de los prisioneros que iba a eliminar[15].

A pesar de ello, estima que la vida media de un deportado que no se las ingeniara para obtener alguna ración extra de comida o evitar el trabajo más pesado, no superaba los tres meses[16].

Aún más estremecedora que la suerte del musulmán es la de los prisioneros asignados a los Sonderkommandos. Son ellos los encargados de retirar los cadáveres de las cámaras de gas, arrancar los dientes de oro de las bocas, revisar el ano y la vagina por si en ellos se hubiera escondido alguna joya, y finalmente introducirlos en el horno crematorio. Es el horror más allá de lo que hubiéramos creído imaginable. En palabras de Primo Levi constituye, “el delito más demoníaco del nacionalsocialismo.”[17] A estos desdichados, rigurosamente separados de los demás, se les alimentaba y alojaba mejor que a los deportados destinados a otros trabajos. Su vida, sin embargo, duraba muy poco. Pronto eran asesinados y reemplazados.

Cuando nos enfrentamos con los relatos de la Shoá siempre hemos de tener en cuenta que se trata de testimonios de supervivientes, de personas que no llegaron a recorrer el camino hasta lo más profundo del infierno. Escuchemos de nuevo a Primo Levi:

Los sobrevivientes somos una minoría anómala además de exigua: somos aquellos que por sus prevaricaciones o su habilidad, o su suerte, no han tocado fondo. Quien lo ha hecho, quien ha visto a la Gorgona, no ha vuelto para contarlo, o ha vuelto mudo; son ellos, los ‘musulmanes’, los hundidos, los verdaderos testigos, aquellos cuya declaración habría podido tener un significado general. Ellos son la regla, nosotros la excepción.[18]

Esta conciencia de que ellos, los supervivientes, no habían vuelto del horror por un merecimiento propio, sino en el mejor de los casos por azar está presente no solo en Levi, sino también en Viktor Frankl: “Los mejores de entre nosotros no regresaron nunca.”[19] Los relatos sirven no solo para narrar lo vivido por su autor, sino también y de manera consciente, para dar voz a los que han sido privados de ella, a aquellos cuya memoria de otro modo, se desvanecería al igual que el humo a que sus cuerpos fueron reducidos.

Hasta ahora hemos abordado los distintos elementos que confluyen en el antisemitismo y la manera en que este toma un nuevo carácter en los albores del siglo XX, luego nos hemos asomado al horror de los Lager. Ha llegado, pues el momento de que abordemos el problema de la responsabilidad.

Una empresa de la magnitud de la Shoá implicó forzosamente a gran parte de la sociedad alemana y a muchos colaboracionistas entusiastas de los países ocupados. No fue obra de unos asesinos que actuaran en secreto. Hitler no ocultó en ningún momento su aspiración a un Reich Judenrein. Al contrario, la proclamó una y otra vez. Goebbels y Streicher sabían muy bien lo que decían y publicaban. No intentaron engañar a sus oyentes y lectores. Todos conocieron las leyes de Nuremberg, todos vieron a los judíos humillados y despreciados, todos supieron que ninguno regresaba tras la deportación. Muchos se aprovecharon de las viviendas que quedaron vacías y de los objetos de valor abandonados.

En su mayoría, los asesinos no eran psicópatas o sádicos embrutecidos. No es que estos faltaran, pero siempre fueron pocos. Casi todos eran buenos ciudadanos, gente corriente que, tras cumplir con su trabajo, podía abrazar a su esposa y ayudar a sus hijos en las tareas escolares. Jean Améry lo expresa con gran plasticidad:

Pero entonces nos quedamos estupefactos al darnos cuenta de que tales tipos no solo llevan abrigos de cuero y pistolas, sino que también muestran rostros; y no son ‘rostros de Gestapo’ con narices de boxeador, mandíbulas prognatas, marcas de viruela y cicatrices de cuchilladas, como puedan aparecer en los libros. Al contrario: rostros comunes. Rostros del montón. Y el conocimiento espantoso de una fase posterior, que de nuevo destruye toda representación abstracta, nos pone de manifiesto cómo los rostros del montón se transforman finalmente en rostros de Gestapo y como el mal se sobrepone y supera la banalidad.[20]

Si para Levinas el prójimo es un ser con rostro, cuya sola presencia nos hace responsables ante él y de él, Améry nos recuerda que el verdugo también tiene rostro. A él no lo torturó el totalitarismo, quién lo colgó con los brazos a la espalda hasta dislocarle los hombros no fue una abstracción, sino el teniente Praust. Pero este no era alguien aislado. Podía actuar así porque sentía que esa era la voluntad no ya de sus superiores, sino del pueblo alemán:

El grupo de los muchos no se nutría de hombres de las SS, sino de obreros, archiveros, técnicos, mecanógrafas −y solo una minoría entre ellos llevaba la insignia del partido. Tomados en su conjunto eran para mí el pueblo alemán. Sabían muy bien lo que pasaba en torno a nosotros y lo que nos hacían, pues al igual que nosotros sentían el olor a chamusquina procedente del campo de exterminio cercano, y algunos exhibían ropas que la víspera aún habían llevado, antes de ser despojadas, las víctimas recién llegadas sobre la rampa de selección […] Estimaban que todo estaba en orden y no me cabe la menor duda de que habrían votado por Hitler y sus cómplices si, a la sazón, en 1943, se hubieran convocado elecciones. Obreros, pequeños burgueses, académicos, bávaros, habitantes del Saar, sajones: se volvían indiscernibles. La víctima se veía empujada, lo deseara o no, a creer que Hitler encarnaba realmente al pueblo alemán.[21]

Voy a citar el testimonio de un miembro no judío de la Resistencia francesa: el español Jorge Semprún. Internado en Buchenwald, cuenta en El largo camino que, tras la liberación del Lager, salió al exterior junto a otros compañeros. Una casa edificada en la ladera de una colina llamó su atención y se dirigió hacia ella. Impulsado por un arrebato llamó a la puerta. Una mujer madura le abrió aterrorizada. Él, armado con una metralleta, escuálido y vestido aún con la ropa de deportado, intentó tranquilizarla. “Solo quiero ver el piso de arriba. No le haré daño”. Subió las escaleras y se encontró en una sala de estar, desde cuya ventana se divisaba el Lager, sobre cuyos barracones destacaba la chimenea del crematorio. “Al atardecer −preguntó−, ¿estaban ustedes aquí?”. “Sí, siempre estábamos en esta habitación”. “Al atardecer ¿veían las llamas del crematorio?”[22] Ya no es en realidad una pregunta, es la constatación de que una familia se reunía allí para cenar, para conversar y hacer proyectos, indiferente al horrible tormento al que ante su vista, se sometía a otros seres humanos.

Incluso en los meses finales de la guerra, cuando los ejércitos alemanes retrocedían en todos los frentes, continuó la labor de exterminio. Todavía eran muchos los que creían en una imposible victoria y mantenían una fe ciega en Hitler. Victor Klemperer, que, aunque en penosas condiciones, todavía vivía en Dresde debido a que Eva, su esposa, era, como ya se indicó, aria, recibió, en la tarde del martes 13 de febrero de 1945, al igual que los restantes judíos que aún residían en la ciudad, todos ellos de familias mixtas, la orden de presentarse el viernes en la estación para un largo viaje. Ninguno ignoraba lo que eso significaba. Sin embargo, por un extraño azar, esa misma noche se inició el bombardeo que a lo largo de tres días reduciría Dresde a escombros y causaría un número de muertos cercano a los treinta mil. Gracias al caos subsiguiente Victor, pudo arrancarse la estrella amarilla y huir junto con Eva. Al cabo de unos días de vagar por distintos pueblos fueron acogidos por un viejo amigo en la rebotica de su farmacia. Scherner, tal era su nombre, se jugaba la vida, ya que, aunque a nadie le extrañaba la presencia de refugiados, si alguien reconocía a Klemperer como judío, ambos serían inmediatamente asesinados. Trabajaba allí como auxiliar una joven que en una ocasión se lamentó de que los alemanes la trataban como inferior por el hecho de que su abuela era lituana. Victor se atrevió entonces a mencionar la situación de los judíos. Ella respondió sin inmutarse: “En cuanto a los judíos puede que tengan razón, sin duda es algo diferente.” Victor le preguntó si conocía a alguno, a lo que ella contestó: “No, no, siempre los he evitado, me resultan siniestros.”[23]

Esto me recuerda un viejo chiste judío. Durante una entrevista un político afirma: Cuando alcancemos el poder, terminaremos con los judíos y los ciclistas. ¿Y con los ciclistas por qué?, pregunta el periodista.

Ya a mediados de abril, dos semanas antes del suicidio de Hitler, Victor y Eva coincidieron en una carretera de Baviera con un hombre que amablemente les ayudó a transportar la maleta. Durante el camino, habló con entusiasmo de la ofensiva que inmediatamente lanzaría la Wehrmacht contra los aliados occidentales y los rusos. Hitler, afirmaba, los había dejado penetrar en territorio alemán para encerrarlos en una trampa que los aniquilaría.[24]

Los generales de la Wehrmacht no podían ignorar la acción de los Einsatzgruppen. Incluso si las atrocidades hubieran sido cometidas exclusivamente por las SS y la Gestapo, algo que no es cierto; ellos las toleraron. Ninguno dimitió en protesta por el trato dado a los judíos. Los altos mandos militares que participaron en la conspiración contra Hitler de julio de 1944, no lo hicieron para proteger a judíos o gitanos, sino para salvar a Alemania de la catástrofe a que le conducía una prolongación insensata de la guerra.

Fueron muchas las empresas alemanas que se beneficiaron de la explotación inhumana de la mano de obra esclava constituida por judíos, por miembros de la resistencia, prisioneros de guerra y trabajadores desplazados de manera forzosa desde países ocupados. Se trata de un hecho sobradamente conocido por el gran público gracias al éxito de la película La lista de Schindler. Los acontecimientos narrados en ella son reales y Oskar Schindler ha sido reconocido como Justo entre las naciones, pero el suyo es un caso singular. La inmensa mayoría de los empresarios se limitaron a beneficiarse de una mano de obra tan gratuita como desechable. El gran conglomerado de industrias químicas IG-Farben, formado por la fusión de Agfa, Hoechst, Bayer, BASF y otras empresas, producía el Zyklon B utilizado en las cámaras de gas. Poseía además en Auschwitz Monowitz una fábrica de caucho sintético en la que trabajaban fundamentalmente judíos que habían pasado la primera selección, lo que les había evitado la muerte inmediata en Auschwitz Birkenau. Pero junto a ellos había también técnicos alemanes libres, que, con alguna excepción, no se comportaban menos brutalmente que los SS. Tras la derrota, trece de sus directivos fueron condenados a penas de entre uno y ocho años de prisión. La sociedad Topf construyó los enormes crematorios de los Lager. Sin duda un contrato lucrativo. Hugo Boss, que fabricó los uniformes de las SS, también dispuso del trabajo forzado de mujeres judías. Luego los tribunales de la República Federal Alemana lo castigarían con una multa de ochenta mil marcos.  

Se podría concluir que la Shoá, a la que habría que sumar el exterminio de los gitanos, fue responsabilidad colectiva del pueblo alemán. No faltaron desde luego alemanes que pagaron con la vida su oposición al nazismo. Al tratar de Victor Klemperer, he señalado que algunos amigos arios, como Annemarie Köhler o Hans Scherner, le fueron fieles hasta el final. Pero la inmensa mayoría, aunque no participara directamente en la carnicería no se opuso a ella. Quizá no conocían en detalle la brutalidad de las matanzas en el este, pero sí compartían la aspiración a un Reich Judenrein. En cuanto a los procedimientos para satisfacerla, es posible que prefirieran no preguntarse mucho por ellos. Hitler era para la inmensa mayoría un ser providencial en el que realmente el Volskgeist alemán se había hecho carne para habitar entre su pueblo. Una oscura conexión mística legitimaba su poder y convertía su voluntad en la primera fuente del Derecho.

Pero no fueron solo los alemanes. En casi todos los países ocupados, incluso en aquellos del este habitados por gentes que en la escala racial nazi apenas estaban unos pocos puntos por encima de los judíos, hubo colaboradores. Tampoco faltaron en Francia, donde escritores destacados como Louis-Ferdinand Céline o Robert Brasillach escribieron repugnantes panfletos antisemitas, y funcionarios como Maurice Papon participaron en la deportación de judíos a los campos de exterminio.

Zygmunt Bauman llama la atención sobre el hecho de que la Shoá se ideó y realizó en nuestra avanzada y civilizada sociedad moderna, en un momento culminante de nuestra cultura. Por tanto, “es un problema de esa sociedad, de esa civilización y de esa cultura”[25]. Pudo no haber sido “una aberración o la antítesis de la civilización moderna, sino un rostro distinto de ella”[26]. No debemos olvidar que fue un logro tecnológico de la sociedad industrial y de la organización burocrática. Etiquetarla, entonces, como un fenómeno específicamente alemán sería una trampa para exonerar a los demás y posibilitar que se presenten limpios de culpa.

Hay otra trampa. Tras la guerra no faltaron voces en la propia Alemania que reconocían la culpabilidad colectiva del pueblo alemán. Recurramos una vez más al testimonio de Jean Améry:

Se hablaba mucho de la culpa colectiva de los alemanes. Mentiría descaradamente si en este punto no reconociera sin ambages que yo también asumía esta acusación. Me parecía haber sufrido los crímenes como injusticia colectiva: el funcionario con camisa parda y esvástica sobre el brazalete no me inspiraba menos temor que el simple soldado raso. Además no conseguía olvidar a aquellos alemanes que contemplaban sobre un pequeño andén cómo se descargaban y apilaban los cadáveres transportados en el vagón de ganado de nuestro tren de deportación, sin que jamás asomara sobre alguno de esos rostros petrificados una sola expresión de horror.[27]

Pero como el mismo Améry señala más adelante, la culpa colectiva debe entenderse como una suma de culpas individuales. Solo en ese sentido la culpa de cada alemán individual, responsable de lo que hizo y de lo que omitió, se transforma en “culpa global de todo un pueblo”[28]. En cualquier otro sentido, la idea da culpabilidad colectiva es una trampa que permite escamotear las responsabilidades individuales. Así lo expresa Primo Levi en un debate de 1961:

La misma expresión ‘culpa colectiva’ adolece de una contradicción interna y es de cuño nacionalsocialista. Cada hombre es responsable singularmente de sus obras: son plenamente culpables los alemanes (y los no alemanes) que pusieron mano en las matanzas; son culpables parcialmente sus cómplices, entre los que no sería justo olvidar a los ilustres firmantes del Manifiesto de la Raza italiana: culpables en menor medida, pero siempre despreciables, los muchos que consintieron a sabiendas y los muchísimos que evitaron saber por hipocresía o poquedad de ánimo.[29]

Desde la Ilustración, en los medios liberales de Occidente había imperado la convicción de que el devenir histórico conduce a progresivas cotas de bienestar y de libertad. La Shoá asesta un golpe demoledor a esta visión optimista. Ahora sabemos que los avances científicos, el progreso técnico y el desarrollo organizativo pueden llevar directamente al infierno. Pero también sabemos que nuestro destino está en nuestras manos, que el camino a seguir no está predeterminado. Nuestra responsabilidad es conservar la memoria del horror, no permitir que se desvanezca el recuerdo de las víctimas, pues si algún día esto llegara a ocurrir, ellas morirían por segunda vez y se abriría la posibilidad de que de nuevo se construyeran fábricas de cadáveres. No olvidemos jamás la famosa exhortación de Theodor W. Adorno: “La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en educación.”[30]

Quiero terminar con una petición. El próximo viernes, día 27 de enero, aniversario de la liberación de Auschwitz, conmemoramos el Día Internacional de Recuerdo del Holocausto. Les ruego que enciendan una vela en memoria de las víctimas y que, cuando sus hijos o sus nietos les pregunten por qué lo hacen, les cuenten, considerando su edad, lo ocurrido.





[1] AGAMBEN, Giorgio (2009) Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo sacer III. Valencia, Pre-Textos p. 28-31
[2] 1 Mac 1, 41-43
[3] Est 3, 8-9
[4] BLASCO IBAÑEZ, Vicente (1959) Obras completas, Madrid, Aguilar, vol 1, p. 731
[5] AMÉRY, Jean (2004) Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia, Valencia, Pre-Textos p. 171
[6] Ibid. p. 171
[7] Ibid. p. 76
[8] ANTELME, Robert (2001) La especie humana, Madrid, Arena Libros p. 43
[9] BAUMAN, Zygmunt (2008) Modernidad y Holocausto, Madrid, Sequitur p. 114
[10] GROSSMAN, Vasili y EHRENBURG, Ilyá (2012) El libro negro, Galaxia Gutenberg Círculo de lectores p. 82-98
[11] Hoy Sighetu-Marmatiei
[12] WIESEL, Elie (2013) La noche. Trilogía de la noche, Barcelona, El Aleph p. 15
[13] BAUMAN, Zygmunt op. cit. p.38
[14] AMÉRY, Jean op. cit. p.63
[15] LEVI, Primo (2005) Si esto es un hombre. Trilogía de Auschwitz, Barcelona. El Aleph p. 27
[16] Ibid, p. 120
[17] LEVI, Primo (2005) Los hundidos y los salvados. Trilogía de Auschwitz, Barcelona. El Aleph p. 502
[18] Ibid, p. 542
[19] FRANKL, Viktor (2004) El hombre en busca de sentido, Barcelona, Herder, p. 30
[20] AMÉRY, Jean op. cit. p. 87
[21] Ibid. p. 156-157
[22] SEMPRÚN, Jorge (1998) El largo viaje. Barcelona, Planeta p. 157-160
[23] KLEMPERER, Victor (2001) LTI. La lengua del Tercer Reich, Apuntes de un filólogo, Barcelona, Minúscula p. 261
[24] Ibid. p. 162
[25] BAUMAN, Zygmunt op. cit. p. 14
[26] Ibidem, p. 28
[27] AMÉRY, Jean op. cit. p. 143
[28] Ibid. p. 154
[29] LEVI, Primo (2009) Vivir para contar. Escribir tras Auschwitz, Barcelona, Alpha Decay p. 156
[30] ADORNO, Theodor W. (1966) La educación después de Auschwitz, https://docs.google.com/viewer?a=v&pid=sites&srcid=ZGVmYXVsdGRvbWFpbnxwcm9ibGVtYXNkZWxhY2l2aWxpemFjaW9ufGd4Ojc5ODgyYzdiY2EyYzczYzU Consultado el 22 de enero de 2017.