domingo 25 de octubre de 2009

La resistencia silenciosa

Recupero una recensión que publiqué hace tiempo en la revista Estudio Agustiniano.

GRACIA, Jordi, La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España, Anagrama, Barcelona, 2004, 22 x 14, 405 pp.

En esta obra, con la que obtuvo el premio Anagrama de Ensayo, analiza Jordi Gracia los cauces, a menudo tortuosos y poco visibles, por los que, pese al trauma de la Guerra Civil, se mantuvo tras el ambiente oficial plagado de sordidez y grandilocuencia, la continuidad de la cultura española de tradición liberal. Se centra para ello en el período comprendido entre 1939 y mediados de los cincuenta, al que de manera expresiva denomina el quindenio negro. Son tiempos difíciles, en los que los intelectuales reconocidos ya antes del conflicto como maestros indiscutibles han de adoptar dolorosas decisiones: unos, como Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Salinas o Jorge Guillén, permanecerán exilio; pero otros, entre ellos Pío Baroja, Ortega, Azorín, Marañón o Josep Plá, retornarán pronto a España y mantendrán actitudes que, pese a un distanciamiento evidente del régimen franquista, serán a menudo consideradas contemporizadoras, cuando no abiertamente legitimadoras de aquel. Con todo, su presencia, unida a un contacto nunca roto con los exiliados, contribuirá a mantener viva la tendencia crítica en las nuevas generaciones. En éstas tienen especial relevancia, escritores, como Ridruejo, Torrente Ballester o Laín Entralgo, que, desengañados tras la victoria, terminarán por abandonar la militancia falangista, y, tras ellos, los que alcanzan la madurez después de la guerra: Rafael Sánchez Ferlosio, José María Valverde o Carmen Martín Gaite.

Es un libro valioso, por cuanto además de suponer una aproximación bien documentada a un período poco conocido de nuestra historia reciente, plantea el problema del mantenimiento de una continuidad cultural sin la cual la transición a la democracia hubiera sido extremadamente dificultosa. Cabe objetar que la caracterización de la dictadura franquista, aunque sólo sea durante el quindenio negro, como régimen totalitario parece poco fundamentada. Hubo en ella, sí, elementos fascistizantes, precisamente los más fieles al falangismo, pero nunca detentaron realmente el poder, aunque sí dominaran durante un tiempo el aparato de propaganda, desde donde, por otro lado, ofrecieron tribunas en las que pudieron expresarse tanto los que Gracia llama viejos maestros liberales, como tempranos disidentes o jóvenes escritores pronto comprometidos en movimientos izquierdistas. Podemos decir, en general, que si bien el autor muestra un buen conocimiento de la vida cultural de la época, no acierta al enmarcarla en las circunstancias políticas. A lo ya dicho sobre la caracterización del franquismo, y estrechamente ligado con ella, cabe añadir la concepción de la Guerra Civil como un enfrentamiento entre la democracia, encarnada por las fuerzas leales a la República, y el fascismo. Se ignora de esta manera el auténtico peligro totalitario que en la época representaron no sólo el comunismo, sino también el anarcosindicalismo y una gran parte del socialismo ─recordemos que a Largo Caballero le halagaba que le consideraran el Lenin español─, lo que quedó de manifiesto en la insurrección de 1934, así como el equívoco comportamiento de los republicanos de izquierda, nada dispuestos a admitir una alternancia que les alejara del poder. Esta simplificación hace que Jordi Gracia encuentre serias dificultades para entender la actitud de los viejos maestros liberales, aquellos que como Ortega, Marañón, Pérez de Ayala, Azorín o Baroja, retornaron a España tras la guerra y, mal que bien, se acomodaron en alguna medida en la vida cultural de la dictadura. En definitiva, queda la sensación de que Gracia, por más que no llegue a manifestar su posición de forma explícita, comparte, o al menos simpatiza con ellas, las palabras de Julien Benda ─Le devoir du clerc─ citadas por Benjamín Jarnés en una carta que el libro reproduce: “el escritor debe entonces tomar partido por aquel que si amenaza la libertad, la amenaza al menos con el fin de dar pan a todos y no en provecho de los sátrapas del dinero. Por aquel que si debe matar, matará a los opresores y no a los oprimidos”. Dicho en otros términos: el fin justifica los medios y, puesto que la izquierda dice que sus fines son buenos, a la hora de decidir quién debe privarnos de la libertad y quién sabe si de la vida, debemos elegir al izquierdista, que, después de todo, lo hace por nuestro bien.

lunes 7 de septiembre de 2009

Dolor

Hay días en los que sin motivo aparente sentimos el corazón oprimido por un dolor intenso. Sin saber por qué se presentan ante nosotros las imágenes de todas las personas a las que hemos amado y que hemos perdido. Todos aquellos a quienes quizá no dijimos con la suficiente claridad lo que significaban para nosotros. Quizá incluso en algún momento los tratamos con displicencia. Puede que necesitaran una palabra nuestra, pero permanecimos en silencio. Pensábamos que habría tiempo para explicaciones, que los malentendidos podrían aclararse, y dejábamos discurrir días y días sin hablar de lo que realmente importaba. Transcurrieron así los meses y los años y demoramos solicitar su perdón. No hablo de grandes faltas, sino de pequeños gestos cotidianos, que quizá pasaron para todos, incluso para el ofendido, inadvertidos. Acaso no dejaran otra huella que esa herida interior que hoy vuelve a sangrar. Sabemos que en determinado momento fuimos crueles con alguien que nos quería y, aunque ahora nos arrepentimos, ya ha pasado el momento en que podíamos solicitar su perdón. Una palabra, un gesto, un silencio, dejan una marca dolorosa, una llaga que cuando menos lo esperamos torna a abrirse y nos causa un pesar que con nada se alivia. Son tantos los que ya no nos acompañan que apenas podemos evocarlos a la vez en la memoria.

Lo que voy a contar es vulgar, tanto que dudo en calificarlo de historia, pues quizá, al igual que los fenómenos naturales, se haya repetido una y otra vez en mil formas solo superficialmente distintas. Un joven mira el mundo con la feroz audacia que le proporcionan sus poco más de veinte años. Ensoberbecido por la fuerza que cree descubrir en su voluntad, apenas puede disimular el disgusto ante las palabras de su abuela. Habla esta de las pequeñas miserias de un tiempo pasado, pero lo que indigna al nieto es la conformidad con el destino que trasluce el relato de la anciana. No puede entender que alabe la humildad, y termina por recriminárselo. Se atreve a censurarla por no haber reaccionado con rebeldía. No hay más, la mujer se encierra en el silencio, quizá absorta en los remotos recuerdos de una juventud apenas disfrutada.

Pasarán los años, y la vida terminará por abatir la arrogante suficiencia del nieto. El mundo, que en la juventud se le mostraba, como una pintura de Caravaggio, con nítidos contrastes entre áreas iluminadas y zonas de tinieblas, ha adquirido los variados matices de un cuadro de Millet. Por fin comprende que esa abuela, a la que tanto tiempo atrás menospreció, comparte la serena dignidad de los campesinos que rezan el Ángelus y de las espigadoras. Pero ya es tarde. La anciana se fue sin ruido, igual que había vivido.

Ahora el nieto, ya un hombre maduro, siente cada día el dolor causado por unas palabras que quizá tan solo a él le hicieron daño. Sabe que su abuela, esa mujer humilde, quedó viuda en Madrid con cuatro niños pequeños, un año antes de que comenzara la Guerra Civil, que trabajó incansable cosiendo día y noche para salir adelante, que un vecino miserable, cuando ya las tropas de Franco entraban en la ciudad, le arrebató los pocos objetos de valor que poseía y que el tifus la tuvo al borde de la muerte. Sin embargo, ella continuó inquebrantable y sus hijos crecieron, se hicieron adultos y formaron nuevas familias. Entiende al fin el nieto que su abuela no se resignó ante el destino, sino que lo afrontó decidida y valerosamente, pero ya no cabe manifestarle gratitud, ya nunca podrá decirle hasta qué extremo la admira. Por eso hoy le duele el corazón.

martes 25 de agosto de 2009

Los que susurran

Los que susurran de Orlando Figes ha sido de mis lecturas de verano. Es un libro largo, de casi mil páginas edificado sobre cientos de entrevistas a supervivientes de la represión soviética. Desfilan en él toda suerte de personajes, desde humildes campesinos desconocidos a miembros destacados del Partido, cuyas vidas se entrelazan en ocasiones de manera sorprendente y, que con sus testimonios, nos permiten adentrarnos en los efectos del terror sobre la vida diaria. Conocemos así un mundo regido por la desconfianza, en el que nadie habla en voz alta por temor a que le escuche un informante y en que todos ocultan sus pensamientos y a menudo su pasado. No existe ninguna intimidad, en unas ciudades en que varias familias se ven obligadas a compartir una misma vivienda y en que generalmente las cocinas, los baños y otros servicios son de uso comunitario. Ni siquiera en el dormitorio pueden los esposos estar seguros de que en la habitación vecina no se escuchan sus palabras. Es un hacinamiento que no nace tan solo de las dificultades económicas, sino que sobre todo resulta de una política deliberada, tendente a debilitar los vínculos familiares y a romper así el más fuerte lazo de solidaridad entre los seres humanos. Los dirigentes revolucionarios comprenden que la familia es el más formidable enemigo de la utopía en construcción, algo que ya habían señalado Platón, Moro o Campanella, y por eso contra ella dirigen una gran parte de su esfuerzo. La convivencia forzada en un espacio mínimo es campo abonado para disputas, envidias y enemistades, que fácilmente pueden dirimirse con denuncias ante la policía por los motivos más triviales: el vecino ha contado un chiste o ha hecho un comentario antisoviético, ha escuchado una emisora de radio extranjera o en una ocasión recibió la visita de alguien que posteriormente fue detenido por trotskista o bujarinista; quizá se le ha escapado una sonrisa mientras se escuchaba por un altavoz un discurso de Stalin. No hace falta más para que una persona sea detenida y deportada durante años a un campo de trabajo. En realidad, ni siquiera es preciso que se haya cometido una de estas faltas, pues el Gulag se rige por sus propias normas y precisa un aporte continuo de mano de obra esclava. Las repúblicas, las regiones y los distritos deben contribuir con una cuota fijada por las autoridades. Otro tanto ocurre con las condenas a muerte. Es preciso alcanzar los objetivos marcados en el plan, lo mismo que con la producción de acero o de algodón.

Nadie está a salvo de que un día se le señale como enemigo del pueblo. Todos miden cuidadosamente sus gestos y palabras. El pertenecer a una familia estigmatizada como zarista, kulak o contrarrevolucionaria, cierra las puertas de la universidad e impide el acceso a los mejores puestos de trabajo. Por eso muchos ocultan su pasado, incluso a sus cónyuges. En compensación, la policía parece extrañamente ineficaz. Es posible vivir con documentación falsa u obtener una nueva, aunque persiste siempre el temor a ser descubierto. Pero la detención llega en cualquier momento, sin que a menudo sea dado discernir un motivo mínimamente objetivo. Son muchas las víctimas que aceptan, con todo, una culpabilidad que les lleva a escrutar en sus acciones y palabras en busca de aquello que deberían haber evitado. Aún más son los que piensan que en su caso particular quizá se haya cometido un error, pero que eso no invalida el sistema, convencidos de que es necesario mantener la vigilancia contra unos omnipresentes enemigos de la Revolución. La sospecha envenena las relaciones humanas hasta extremos apenas concebibles. Una noche la policía se presenta en el diminuto apartamento compartido, lo registra y se lleva a alguien. De algunos no vuelve a saberse. Son muchos los casos en que se dan informaciones falsas a las familias. Quizá, mientras sus hijos creen que está recluida en un campo, la madre ha sido ejecutada. En otras ocasiones se permite el envío de correspondencia e incluso de paquetes. La vida de los que quedan en libertad tras el arresto de un familiar no es fácil. A menudo se ven expulsados de la vivienda y del trabajo o se les imponen limitaciones en los estudios, puede que incluso se les niegue la cartilla de racionamiento. Convertidos para siempre en sospechosos, muchos desarrollan como estrategia para sobrevivir una adhesión inquebrantable al Partido, que puede llevarles a renegar públicamente de sus padres, a sumarse al coro de acusadores, en un intento de mantenerse a salvo, de lavar la mancha de ser hijos de un enemigo del pueblo.

Son muchas las escenas estremecedoras relatadas en el libro. Para que el lector pueda hacerse cierta idea reproduciré una poco truculenta, más bien vulgar. Así recuerda Sofía Ozemblovskaia su expulsión de los Pioneros (organización soviética para niños de diez a catorce años) tras haber sido vista en una iglesia:

De repente publicaron un anuncio −un “avance informativo”− en el periódico mural del corredor de la escuela: “¡Todos a formar filas inmediatamente!”. Los niños se apresuraron a salir de sus aulas y formaron en el patio. A mí me hicieron parar frente a ellos para avergonzarme. Los niños gritaban: “¡Qué vergüenza ha causado a nuestra brigada por haber ido a la iglesia!”, “¡No es digna de llevar el pañuelo!” [un pañuelo rojo era el distintivo de los Pioneros], “No tiene derecho a usarlo!”. Me arrojaron tierra y polvo. (p. 67)

sábado 1 de agosto de 2009

Varsovia 1944

Al cumplirse el 65 aniversario de la insurrección de Varsovia contra la ocupación nazi, me parece oportuno traer al blog esta recensión que publiqué hace tiempo en Estudio agustiniano.

DAVIES, Norman, Varsovia, 1944. La heroica lucha de una ciudad atrapada entre la Wehrmacht y el Ejército Rojo, Planeta, Barcelona, 2005, 23,5 x 16, 888 pp.

En Europa Occidental generalmente entendemos ─incluso en un país como el nuestro, que se mantuvo al margen de la guerra y para el que la paz no supuso el fin de la dictadura─ la derrota del nazismo como una liberación. No nos faltan motivos para ello. Sin embargo, nuestra visión egocéntrica del mundo nos hace olvidar a menudo que lo ocurrido en Europa Oriental y gran parte de la Central nada tuvo que ver con la recuperación de la libertad o la instauración de la democracia, sino que simplemente consistió en la sustitución de un totalitarismo criminal por otro. El Ejército Rojo no liberó Varsovia, ni Praga ni Budapest; sólo sustituyó a Hitler por Stalin. No faltaron combatientes de la resistencia que viajaron directamente de los Lager al Gulag, que cambiaron Auschwitz por Vorkutá. Lo que nos presenta Davies en este libro, apoyado en un vasto y riguroso trabajo investigador, que desgraciadamente no puede ser exhaustivo porque muchos documentos soviéticos aún son secretos, es la historia heroica y trágica de Polonia, la asombrosa y olvidada resistencia de una nación dispuesta a mantenerse viva frente a la barbarie.

El libro se estructura en tres grandes apartados, que vienen a constituir una grandiosa obra dramática. En la primera parte, expone Davies los antecedentes de la insurrección de Varsovia, buceando para ello en la breve historia de la Polonia independiente de entreguerras y en sus relaciones con la Unión Soviética, con Alemania y con los países occidentales, en particular con el Reino Unido, para continuar con el pacto germano soviético, la ocupación del país y la organización de la resistencia. Nos adentramos así, de un lado en el complejo marco de las relaciones internacionales de la joven república y de otro, en la fascinante existencia de un auténtico estado clandestino en la Polonia ocupada. No falta, como es natural, una detallada exposición del levantamiento del gueto de Varsovia en abril de 1943. Una y otra vez, Davies sale al paso de las calumnias propagadas por los soviéticos desde los primeros momentos de la guerra, que presentan al Ejército Patriótico poco menos que como inactivo, indiferente ante la situación de los judíos y hasta colaboracionista con el nazismo. La segunda parte se centra en la sublevación encabezada por el Ejército Patriótico, cuando las tropas soviéticas han alcanzado ya la orilla derecha del Vístula en las proximidades de Varsovia. Mientras la resistencia se hace con el poder en algunos barrios y emprende contra la Wehrmacht y las SS una lucha desesperada, que se prolonga durante dos meses, el Ejército Rojo suspende su avance y desvía su ofensiva en dirección a Hungría, dando así tiempo a que los alemanes recuperen el control de la ciudad. No sólo eso, la NKVD en la zona de Polonia bajo control soviético desarma a las unidades del Ejército Patriótico y encarcela, deporta o fusila a sus integrantes, sin que los aliados occidentales intervengan ante Stalin para defenderlos. Finalmente, los insurgentes polacos, abandonados por todos, no tendrán más salida que rendirse, aunque al menos habrán logrado unas condiciones mínimamente honrosas y el reconocimiento por el mando alemán de que son una fuerza combatiente, protegida por tanto por la Convención de Ginebra, y no un grupo de bandidos. Mucho más de lo que les otorgaban los supuestos liberadores soviéticos. La tercera parte cuenta el triste destino de los insurgentes y los años de olvido y de tergiversación de la historia durante el régimen comunista. Vemos como los héroes de la Resistencia, en lugar de ser glorificados como en Francia, padecieron, con la excepción de los que pudieron escapar a países occidentales, una persecución inmisericorde que a menudo terminó en la horca o ante el pelotón de fusilamiento. Los supervivientes hubieron de sufrir una historia inventada que convertía a los luchadores por la libertad y por la independencia en esbirros de los nazis y por el contrario hacía pasar por salvadores del país a quienes había colaborado con la ocupación soviética.

viernes 19 de junio de 2009

Miserables

De nuevo un asesinato. En esta ocasión la víctima es un inspector de policía que trabajaba en la lucha antiterrorista, un hombre cuya labor consistía en proteger nuestras vidas. Una vez más, lo han matado los que colocaron la bomba, pero no solo ellos. También gentes que lo conocían, que se cruzaban con él y con su familia en las calles, pero que al mirarlo no veían a un ser humano, sino a un enemigo a quien aniquilar. Ellos informaron a los asesinos de cuál era su coche, les dijeron dónde solía aparcarlo. Siempre ocurre así. Nunca falta en Bosnia un vecino que te señala como musulmán el día que entran en el pueblo las milicias serbias; tampoco, el que avisa a la Gestapo de que tus abuelos eran judíos. Son personas sencillas, quizá honrados trabajadores, puede que padres de familia preocupados por sus hijos, pero un repugnante mal afecta a su conciencia. Cuando te miran, son incapaces de reconocerte como su prójimo. No ven en ti más que la manifestación en carne mortal de una idea, y por eso no experimentan ningún remordimiento. Puede que se trate, incluso, de seres sensibles, de esos que no pueden contener el llanto ante la muerte de una mascota, o que se emocionen al leer un poema o al escuchar una bella canción. Tu cuerpo mutilado y ensangrentado, el dolor de tu esposa, de tus hijos, tus padres y amigos, no suscitan en cambio en ellos otro sentimiento que el de la alegría por el daño infligido al enemigo. Quizá aún ayer los saludaste en la escalera. Es posible que en alguna ocasión intercambiaras con ellos palabras intrascendentes, que incluso tuvieras un pequeño gesto de amabilidad, de esos que hacen agradable la convivencia. En los campos nazis, grises funcionarios clasificaban a los prisioneros recién llegados: a un lado los destinados a la muerte inmediata en las cámaras de gas; a otro, los condenados a la subalimentación y a un trabajo extenuante. A ti también te han clasificado. Alguien ha tomado tus datos y los ha trasladado a quienes se arrogan la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte.

Pero hay más culpables: todos aquellos que sacan provecho de tu asesinato y que, aunque hagan un mohín de disgusto e incluso musiten unas genéricas palabras de condena, afirmarán acto seguido que tu muerte es la prueba de que existe un conflicto, y de que será necesario dialogar para resolverlo. Como buitres se alimentarán de tus despojos y engordarán con ellos, adquirirán nuevo vigor y plantearán nuevas exigencias. Y junto a ellos, quienes están dispuestos a escucharlos, los ingenuos o malvados, siempre prestos a ceder ante la fuerza y los virtuosos de la equidistancia, esos que desde su olímpica altura contemplan con displicencia las querellas humanas, en la convicción de que las culpas se reparten por igual entre víctimas y verdugos.

Todos ellos te han matado: los asesinos, la sociedad que no les hace frente, los políticos que aumentan su poder e influencia con cada muerte, y también aquellos otros, siempre prontos a chalanear con la vida y la libertad de los ciudadanos.

Dice Zapatero “Mi firmeza y determinación contra ETA son inquebrantables.” ¿Quién puede creerle? Si mañana cambia el viento de las encuestas, volverá el proceso de paz, el diálogo con los terroristas. En tanto, proseguirá su labor de erosionar la autoridad del Estado, continuará restándole competencias, haciéndolo cada vez más exiguo, y colocando al frente de los restos de la administración central a personas sin preparación y sin principios, vacuos remedos de sí mismo.

sábado 13 de junio de 2009

Irshad Manji. Mis dilemas con el islam

He encontrado mientras revisaba papeles antiguos este recensión que publiqué en su momento en la revista Estudio Agustiniano:

MANJI, Irshad. Mis dilemas con el islam, Maeva, Madrid, 2004, 24 x 16,5, 239 pp.

Es tan sorprendente como esperanzador que una mujer musulmana se haya atrevido a publicar este duro alegato contra la interpretación dominante y casi única del islam. Frente a las tan bienintencionadas como necias aseveraciones multiculturalistas tan de moda en un Occidente que reniega de su pasado, Manji pone al descubierto los aspectos más opresivos de unas sociedades islámicas atenazadas por el totalitarismo, y desenmascara la complicidad de todos aquellos que, aunque nieguen compartir las tesis más extremistas, guardan silencio ante el terrorismo o lo justifican como una reacción, quizá equivocada, pero en todo caso comprensible, contra supuestas agresiones neocoloniales. Para Manji está claro. Los culpables de la situación de los países musulmanes no son los Estados Unidos, Israel o Europa, sino el anquilosamiento interno propiciado por una determinada interpretación del Corán, que condena todo esfuerzo de pensamiento crítico y justifica la falta de libertad y la sumisión de la mujer. Se trata de un apasionado esfuerzo de autocrítca, en que las experiencias personales ─la expulsión de una madrasa en Canadá, el esfuerzo por acercarse al Corán y a la tradición, las relaciones con amigos cristianos y judíos─ propician una construcción dominada por la convicción de que, frente a lo que llama el islam del desierto, rigorista y apegado a una interpretación literal del libro sagrado, es posible un islam reformado, abierto al mundo y a la democracia, en el que las mujeres vivan en pie de igualdad con los hombres. Por el camino, desmiente tópicos caros al pensamiento progresista, tales como la supuesta tolerancia del islam medieval ante otras religiones. Es, en suma, un libro polémico y valiente, que desdichadamente es poco probable que lean quienes, prisioneros de la más perversa de las formas del eurocentrismo, persisten en negar a otras culturas la posibilidad de ser responsables en alguna medida de su situación y se obstinan en culpar a la civilización occidental de todos los males de la tierra.

lunes 18 de mayo de 2009

Los médicos judíos. El antisemitismo en la URSS.

No es esta la primera ocasión en que mis reflexiones giran en torno a la obra de Vasili Grossman. Ahora me centraré en un episodio ocurrido en los últimos tiempos de la vida de Stalin, tal como aparece narrado en la novela Todo fluye.

Un día, en algún periódico aparece, entre otros muchos, un artículo en que alguien denuncia que determinada persona, cuyo nombre es inequívocamente judío, ha obtenido un título académico de forma fraudulenta. Hasta aquí nada anormal. Pero pronto se multiplican noticias similares en más y más diarios. En todas aparecen el nombre y el patronímico de los falsarios. En ocasiones, estos parecen rusos, pero en ese caso, se aclara su origen judío. Lo que había comenzado de una manera aparentemente casual, se convierte en una campaña en que constantemente judíos, en su mayoría médicos, son acusados de negligencia en el cuidado de sus pacientes, de indiferencia ante sus sufrimientos o de aceptar sobornos. Es solo un aspecto de la cuestión. Estudiantes con antecedentes académicos irreprochables ven como se les niega de manera incomprensible la posibilidad de cursar el doctorado. Suelen llamarse algo así como Jaim Abrámovich o Izraíl Mendelevich. El científico Nikolái Andréyevich siente como esta situación comienza a afectar a algunos de sus compañeros, pero se niega a compartir sus aprensiones. Si en una reducción de personal, los despedidos son casi exclusivamente judíos, lo achaca a la hostilidad que sienten hacia ellos ciertos cuadros del Partido, pero él tiene la íntima certeza de que Stalin no es antisemita y de que todo aquello se hace sin su conocimiento. En tanto, gentes anónimas, personas de la calle, que en algún momento, quizá muchos años atrás, perdieron a un familiar enfermo, recuerdan que lo trató un médico judío. Lo que hasta entonces les había parecido un desdichado desenlace natural, se les muestra ahora envuelto en la sospecha, y corren a ponerlo en conocimiento de la policía. Cuando se ha creado un ambiente adecuado, estalla la bomba: médicos judíos de reconocido prestigio y el famoso actor Mijoels, se han confesado autores del envenenamiento de eminentes dirigentes del Partido, entre ellos Zdhánov. Para Nikolái Andreyévich, que conoce personalmente a algunos de los inculpados, es un duro golpe. No puede imaginar que esas personas a las que ha tratado y por las que siempre ha sentido respeto, hayan sido capaces de crímenes tan monstruosos. Pero si la acusación es falsa, queda como única posibilidad que los auténticos criminales sean los máximos dirigentes del Partido, incluido el propio Stalin. Comienzan a correr rumores de que en las maternidades hay judíos que inoculan la sífilis o de que en las farmacias suministran medicamentos envenenados. El director judío del instituto de investigación en que trabaja Nikolái Andreyévich es sustituido y, aunque, Riskov, el recién llegado le inspira repugnancia, no puede evitar que cuando se dirige a él como “un gran científico ruso” le invada un sentimiento de enorme satisfacción. Riskov le ha reglado a Nikolái un elogio envenenado y este lo ha aceptado complacido. Ruso no es un adjetivo inocuo. Todo lo contrario, actúa como signo de identificación. Señala que tú eres de los nuestros, en tanto que los otros, los judíos, son el enemigo. No transcurrirá mucho tiempo antes de que Nikolái intervenga en un mitin y pida un castigo ejemplar para los autores de los crímenes. Cunde la idea de que los médicos serán ejecutados en público en la Plaza Roja, y se dice que a continuación estallarán pogromos en diversos lugares del país, por lo que las autoridades han dispuesto ya la deportación de los judíos a algunos lugares de Siberia, a fin de protegerlos de la ira popular.

Y de repente, el 5 de marzo de 1953, muere Stalin. Solo un mes después, se anuncia que los médicos son inocentes y que su confesión ha sido arrancada bajo tortura. Nikolái experimenta alivio en un primer momento, pero enseguida le asalta la idea de que él mismo se ha prestado con excesiva facilidad a dar por buena una visión oficial, cuya falsedad debería haberle resultado evidente. Así, por primera vez en su vida se enfrenta con su propia conciencia y comprende que él, no el Estado, es responsable de sus propios actos.