miércoles, 25 de enero de 2017

Responsabilidad ante el Holocausto

Conferencia pronunciada el 25 de enero de 2017 en el Museo de la Ciudad (Móstoles) en conmemoración de la Shoá

Quiero comenzar esta conferencia con un recuerdo para Jaime Vándor, uno de los más de cinco mil judíos salvados en Budapest por el diplomático español Ángel Sanz Briz y por Giorgio Perlasca, un italiano extraordinario que se autoproclamó cónsul de España y mantuvo abierta la embajada hasta el momento en que la ciudad fue ocupada por el ejército soviético. Tuve el honor de conocer a Jaime hace pocos años en un acto organizado por Casa Sefarad, hoy Centro Sefarad Israel. Contaba ya casi ochenta años y era un reputado filólogo, ensayista y poeta, pero su vida podía haber terminado, como la de tantos otros niños y adultos, mucho tiempo atrás en las cámaras de gas de Auschwitz. Su fallecimiento, en marzo de 2014, nos recuerda que pronto se habrán extinguido los últimos supervivientes de la generación diezmada por el Holocausto, pero el que ocurriera a avanzada edad indica que era posible resistir a la barbarie y que, incluso en las circunstancias más adversas, siempre ha habido seres humanos que han mirado al otro como su prójimo y se han sentido responsables de él.

Esta consideración nos sumerge de lleno en el asunto que hoy nos ocupa, la responsabilidad ante el Holocausto, entendida esta en un doble sentido: primero intentaremos esclarecer la cuestión de la culpabilidad en la matanza, para lo cual será necesario recordar los hechos, y, más adelante, nos interrogaremos sobre nuestro papel como guardianes de la memoria, en suma, como responsables de que el recuerdo de las víctimas no se desvanezca en el olvido. Es un camino que recorreremos de la mano de los supervivientes judíos de los Lager, aunque ocasionalmente también nos acompañará algún deportado no judío.

Se impone en este momento una aclaración terminológica. Para referirme al intento de exterminio de los judíos europeos estoy empleando una palabra que, como a Primo Levi, no me gusta y, como él, la he usado para que pudiéramos entendernos. Comparto, al respecto, las razones expresadas por Giorgio Agamben[1]. El término latino holocaustum transcribe el griego holókaustos, con el que la Septuaginta traduce el hebreo olah, uno de los cuatro tipos fundamentales de sacrificio mencionados en el Levítico. Luego fue utilizado por los Padres latinos de la Iglesia para referirse en general a los sacrificios judíos y de forma metafórica a la muerte de los mártires. A partir de ahí, pasa a significar también el sacrificio supremo por una causa sagrada. Me parece, pues, inadecuado, casi blasfemo, nombrar de esta manera al genocidio judío. En su lugar, usaré la palabra hebrea Shoá (Catástrofe).

Seguidamente, expondré algunas consideraciones que, espero, ayuden a precisar lo anterior y, a la vez, permitan una primera aproximación a algunos de los peligros que históricamente ha debido afrontar el pueblo judío.

No descubriré ningún secreto si afirmo que los judíos tienen una amplia experiencia en lo que respecta a padecer persecuciones. Pensemos primero en la ordenada por Antíoco IV Epífanes, tal como se narra en los dos libros de los Macabeos. El rey quiere imponer el helenismo por la fuerza. Es un hombre sanguinario, pero su objetivo no es asesinar a los judíos, sino hacer que abandonen su religión y con ella su forma de vida. En suma, lo que pretende es la asimilación y solo contra los que se resisten a ella recurre al tormento y a la muerte:

Por entonces escribió el rey a todo su reino, que todos formaran un solo pueblo, abandonando cada uno sus tradiciones. Todos los gentiles aceptaron la orden del rey. A muchos israelitas les pareció bien, sacrificaron a los ídolos y profanaron el sábado.[2]

En cambio, el libro de Ester nos sitúa ante otro tipo de persecución. Hamán persuade al rey Asuero para que decrete el exterminio de los judíos:

Hay un solo pueblo disperso y diseminado entre los pueblos por todas las provincias de tu reino, cuyas leyes son diferentes de las de todo pueblo. Y ellos no observan las leyes del rey. No conviene, pues, al monarca tolerarlos. Si parece bien al rey, díctese orden de destruirlos…[3]

Obsérvese que aquí no se considera la posibilidad de que los judíos cambien sus leyes de manera voluntaria u obligada, sino que se les condena directamente a morir.

Antes de continuar, haré una precisión quizá innecesaria. Las leyes, en el sentido en que se utiliza la palabra en el texto, se refieren a la Torá, la ley entregada por Dios a Moisés en el Sinaí. Es ella la que singulariza a Israel como pueblo. Por eso, los episodios relatados ejemplifican las dos amenazas entre las que ha discurrido a menudo la historia de los judíos: la asimilación y el exterminio. Una y otro los conducían a la desaparición.

Pese a todas las presiones, los judíos se mantuvieron como minoría diferenciada durante siglos. A menudo obligados a vivir en barrios específicos y a vestir ropas distintivas, sometidos al pago de impuestos especiales y envueltos en una hostilidad popular que puede estallar en sangrientos pogromos o desembocar en una expulsión decretada por las autoridades; para los cristianos son el pueblo deicida, aquel que rechazó el mensaje de Cristo y que lo condenó a muerte. En momentos de gran exaltación religiosa, como fueron los de la Primera Cruzada, o en épocas de grave crisis económica y social, como la iniciada a mediados del siglo XIV, en toda Europa surgen predicadores que incitan a la multitud contra los judíos, a quienes responsabilizan de haber atraído la ira de Dios y achacan horribles crímenes. Se difunden los llamados libelos de sangre, en que se les acusa de remedar el sacrificio de Cristo dando muerte en la cruz a niños cristianos. Podríamos citar casos de Alemania, Francia, Suiza o Inglaterra, pero nos limitaremos a mencionar en nuestro país a Dominguito del Val y el Santo Niño de la Guardia. Aunque algunos judíos ocuparon puestos de confianza junto a príncipes que apreciaban su eficiencia como médicos o financieros, su posición fue siempre insegura, expuesta a intrigas cortesanas que podían influir sobre la voluntad del gobernante. La novela de Lion Feuchtwanger, El judío Süss, basada en la vida de un personaje real, evoca de manera sugerente la situación de estos judíos privilegiados que en un abrir y cerrar de ojos podían pasar de la opulencia a la horca. Quizá a alguno de ustedes le haya sorprendido esta referencia literaria, pues en 1940 Veit Harlan, por encargo de Goebbels, dirigió una película ferozmente antijudía con el mismo título. Para su tranquilidad les diré que esta tergiversa totalmente una novela cuyo autor, judío, había sido desposeído de la nacionalidad alemana.

Durante siglos impera en Europa, pues, una judeofobia de corte religioso y conservador, que sobrevive y en algunos casos incluso se agrava, después de que el liberalismo triunfante emancipara a los judíos y les hiciera salir del gueto. El hecho de que estos, convertidos en ciudadanos de pleno derecho, pudieran acceder a puestos y profesiones que hasta entonces les estaban vetados suscitó el rechazo de los elementos más apegados a los valores tradicionales, como puso de relieve en Francia el affaire Dreyfus. Recordemos, a finales de 1894 el capitán de origen judío Alfred Dreyfus fue acusado de pasar documentos secretos a los alemanes. En consecuencia, un consejo de guerra lo condenó a ser expulsado del ejército y deportado a la isla del Diablo. Pese a que en 1896 se descubrió que el culpable era el comandante Ferdinand Esterhazy, el Estado Mayor se negó a reconsiderar la sentencia. El caso originó una profunda división en Francia, donde los sectores progresistas se unieron en una campaña a favor de Dreyfus, en tanto que los conservadores se oponían a la revisión del proceso, aduciendo que por encima de todo había que mantener a salvo el honor y el prestigio del ejército. Para ellos, el oficial judío, al margen de sus actos, era alguien extraño al cuerpo de la nación y, por tanto, internamente un traidor.

Me he detenido en el affaire Dreyfus porque muestra un nuevo rasgo del antisemitismo, que se superpone, sin anularlo, al tradicional de corte religioso. En Alemania, el nacionalismo romántico había elaborado el concepto de Volksgeist, en castellano espíritu del pueblo, ya presente en las obras de Fichte y de Herder. Frente al universalismo cristiano y el cosmopolitismo de la Ilustración, se esgrimía la idea de que cada nación posee un carácter propio, que la diferencia de las demás y permanece inmutable a lo largo de la historia, de la cual él es en realidad el verdadero sujeto. No otra cosa significa la fórmula recogida en el punto segundo del programa de Falange Española (noviembre de 1934): España es una unidad de destino en lo universal. A lo largo del siglo XIX numerosos investigadores en todos los países europeos se entregarán a la tarea de descubrir lo específico de su nación, aquello que la singulariza. Creerán hallarlo en las tradiciones, costumbres, leyendas y canciones populares, en suma, en el folclore. Observemos que esta palabra, acuñada por el británico William Thoms, contiene el término inglés folk (pueblo) idéntico al alemán volk. Se despertará también el interés por el pasado prerromano y medieval, es decir, por las épocas en que había predominado un particularismo que se concibe como opuesto al imperialismo romano uniformizador y opresor. En tanto, el pueblo judío, disperso entre las naciones, será percibido como ajeno a estas e incluso peligroso, por cuanto su espíritu netamente diferenciado lo convierte en un tumor que amenaza la propia identidad.

El antisemitismo religioso y el nacionalista, por más que tengan distintos orígenes, no se excluyen, sino que en la mentalidad de las gentes se mezclan en proporciones variables. De hecho, en algunas naciones como Francia o España, el catolicismo se entenderá como elemento fundamental del Volksgeist. La complejidad religiosa de Alemania hace que allí, en cambio, no sea tan sencilla esa identificación entre nación y credo. Posiblemente esa sea una de las causas del renacimiento de las creencias paganas y del interés de muchos dirigentes nazis, entre ellos Himmler, por el esoterismo.

No se crea, empero, que el antisemitismo se manifiesta únicamente en los medios religiosos y conservadores. Anida también entre republicanos y anticlericales. Por tomar un ejemplo de nuestro país mencionaré la novela de Vicente Blasco Ibañez, Sónnica la cortesana, publicada en 1901. En ella, ambientada en la destrucción de Sagunto por Aníbal, hay un interesante diálogo entre Acteón y Sónnica, ambos griegos. Allí el héroe, en un contexto en que inequívocamente aparece como portavoz de las ideas del autor, contrapone el racionalismo y la luminosidad del pensamiento helénico a la mezquindad y superstición de Israel y califica a los judíos de hipócritas, rapaces y crueles, para terminar profetizando que si un pueblo como ese alcanzase a dominar el mundo pasarían siglos antes de que los hombres encontraran de nuevo el camino hacia la belleza y la vida[4]. Claramente, los rasgos atribuidos a Israel son los mismos con que en otras obras caracteriza a la iglesia Católica. En esta se habría cumplido la sombría profecía de Acteón. De manera un tanto paradójica, si muchos católicos veían a los judíos como el pueblo deicida, no faltaban furibundos anticlericales que veían en ellos la prefiguración de todos los males que achacaban a la Iglesia.

Si bien la hostilidad popular hacia los judíos se nutría de todos los elementos mencionados, a ellos la ideología nacionalsocialista suma otro que le confiere el carácter radical que caracteriza lo que a menudo se ha denominado antisemitismo moderno y sin el cual difícilmente se hubiera llegado a la aberración de la Shoá. Me refiero, claro está, a las teorías raciales desarrolladas por el francés Gobineau en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855) y el británico nacionalizado alemán Houston Chamberlain en Los fundamentos del siglo XIX (1899), y que sirvieron de inspiración a Alfred Rosenberg, uno de los principales ideólogos del nazismo. Hemos de tener en cuenta que, aunque ahora el racismo nos parezca tan solo una expresión de prejuicios e ideas primitivas, lo que no significa de ninguna manera que haya muerto, en su momento se presentó y fue aceptado como una concepción científica respetable, fundamentada en datos objetivos proporcionados por la antropología, la etnología y la historia. Pocos europeos de la segunda mitad del siglo XIX o inicios del XX dudaban de que su dominio colonial se justificaba por la, para ellos evidente, inferioridad intelectual y moral de asiáticos y africanos. La especie humana se concebía como dividida desde su origen en diferentes razas, cada una de las cuales está dotada de una potencialidad diferente, correspondiendo entre ellas el lugar más alto a unos pretendidos arios o nórdicos que han conservado la pureza de su sangre debido a que, al contrario de los mediterráneos, no se han mezclado con los grupos inferiores.

En Alemania arraigaron con especial fuerza las ideas racistas, ya presentes en los movimientos völkisch. Estos, surgidos en el siglo XIX, defendían un nacionalismo populista y radical de cariz fuertemente antisemita y se hallaban en pleno auge en las primeras décadas del XX. Para entonces los judíos formaban en Alemania una minoría en gran parte asimilada, muchos de cuyos miembros habían abandonado las prácticas religiosas o incluso se habían convertido al catolicismo o al luteranismo y se dedicaban a toda clase de profesiones, en muchas de las cuales, como política, periodismo, medicina o enseñanza universitaria, algunos habían alcanzado notable éxito. Contra ellos se volcó la propaganda del naciente Partido Nacionalsocialista, que encontró un auditorio extremadamente receptivo en los medios völkisch. Los judíos eran culpados de la derrota en la I Guerra Mundial, que, se repetía una y otra vez, no se había producido en el campo de batalla, sino a consecuencia de una traición: la revolución obrera de noviembre de 1918, en la que habían desempeñado un papel fundamental dirigentes socialistas judíos como Kurt Eisner o Rosa Luxemburgo, ambos asesinados en los primeros meses de 1919. Otros judíos llegaron a alcanzar los más altos puestos políticos, como el rico industrial Walther Rathenau, ministro de Reconstrucción en 1921 y luego de Asuntos Exteriores hasta su asesinato en junio de 1922. La propaganda völkisch mostrará a los judíos como una raza inferior, incluso subhumana, cuya sola presencia es capaz de corromper, como si de un poderoso agente infeccioso se tratara, a los arios. En consecuencia, Alemania solo recuperaría su grandeza cuando alcanzara a librarse de ellos.

Der Stürmer, periódico fundado en 1923 por el militante nazi Julius Streicher, difundió la imagen del judío físicamente repugnante, avaricioso, mezquino y traicionero, sediento de sangre y de poder, y autor de los más horrendos crímenes contra los arios. Se le presentaba simultáneamente como la perversa mente que orquestaba la revolución comunista y como la no menos malvada que controlaba el capital financiero. Unidas ambas en el común afán de acabar con Alemania y destruir la raza aria, como un paso necesario en un vasto plan de dominio del mundo.

Esta feroz hostilidad hacia los judíos no era ningún secreto. Hitler la había expresado sin tapujos en Mein Kampf y, como acabo de señalar, llenaba las páginas de publicaciones que se vendían legalmente. El rearme de Alemania y la expansión hacia el este a costa de los eslavos, tampoco eran planes ocultos. No es mi propósito relatar el camino que llevó al poder al Partido Nacionalsocialista, sino simplemente señalar que tanto sus militantes, como quienes lo apoyaron con sus votos y quienes, desde altas responsabilidades políticas, favorecieron su ascenso confiados en que podrían controlarlo y utilizarlo en su propio provecho, tenían sobrados elementos de juicio para saber con quién estaban tratando.

No obstante, habría de pasar un tiempo hasta que se adoptara la llamada “Solución final”, el exterminio del pueblo judío. A esta se llegó por fases una vez definido el objetivo: una Alemania Judenrein, es decir, libre de presencia judía. Una primera dificultad la presentaba la misma definición de judío. Las leyes de Nuremberg, aprobadas por unanimidad en septiembre de 1935 y que llevaban los inequívocos títulos de Ley de ciudadanía del Reich y Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes, establecieron que eran tales quienes contaban con tres abuelos judíos, en tanto que los que tenían dos o uno eran considerados mischlinge,  mestizos. Los judíos quedaban privados de la ciudadanía, reservada desde entonces a quienes tenían sangre aria. Hans Maier, que posteriormente abandonaría su nombre alemán para adoptar el de Jean Améry, señala que él no se sentía vinculado ni cultural ni religiosamente con el judaísmo, pero que cuando en un café vienés leyó las leyes de Nuremberg, comprendió que le concernían a pesar de que, al igual que sus padres, estaba bautizado, asistía a misa, su madre invocaba a la Virgen ante las contrariedades cotidianas y en su casa se celebraba la Navidad en lugar de Janucá:

La sociedad que se identificaba con el estado alemán nacionalsocialista, que el mundo reconocía como representante legítimo del pueblo alemán, me había hecho judío en toda forma y sin ambages.[5]

Desde aquel momento supo que era “un muerto en vacaciones.”[6] Pocos años más tarde, al ser deportado a Auschwitz Monowitz, donde coincidió con Primo Levi, aunque ambos no llegaron a conocerse, las vacaciones parecieron a punto de terminar. Nada más presente en el Lager que la muerte:

La gente casi no se preocupaba de si había que morir, sino de cómo sucedería. Se conversaba sobre cuánto duraría la agonía hasta que el gas hiciera su efecto. Se especulaba sobre la naturaleza dolorosa de la muerte inducida mediante inyecciones de ácido fénico. ¿Era preferible acabar con un golpe sobre el cráneo o tras una lenta extinción por agotamiento en la enfermería?[7]

El miembro no judío de la Resistencia francesa, Robert Antelme, se expresaría en términos no muy diferentes al rememorar su estancia en el Lager de Gandersheim:

… estamos todos aquí para morir. Este es el objetivo que los SS han escogido para nosotros. No nos han fusilado ni colgado, pero cada uno, privado racionalmente de comida, debe convertirse en el muerto previsto, dentro de un tiempo variable.[8]

Anteriormente he afirmado que esta concepción racial con fundamentos que se pretenden científicos arranca de Gobineau y es característica de la judeofobia moderna. Debo añadir, sin embargo, que, como todo en esta vida, tiene precedentes. Estos se hallan desgraciadamente en nuestro país. Los judíos que en 1492, a fin de permanecer en su tierra, eligieron bautizarse se convirtieron en una minoría sospechosa, a quienes los autodenominados cristianos viejos dieron el despectivo nombre de marranos. Pronto, pese a la oposición papal, para acceder a puestos públicos, a colegios mayores o entrar en determinados gremios, se exigieron pruebas de limpieza de sangre, en las que los aspirantes tenían que demostrar que sus cuatro abuelos habían sido cristianos. El concepto de judeidad desborda, pues, lo religioso y apenas difiere del que siglos más tarde se aprobaría en Nuremberg.

Los diarios de Victor Klemperer, que abarcan los años 1933 a 1945 ofrecen un testimonio de cómo día a día la vida de los judíos se hace más opresiva, según se van aprobando nuevas leyes discriminatorias. A diferencia de otros testigos de la Shoá, que escriben una vez liberados, él, como Ana Frank, lo hace al momento, sin saber lo que le reserva el porvenir, reflejando la angustia y el dolor de cada instante. A la llegada de Hitler al poder, Klemperer era un respetado profesor de Filología en la universidad de Dresde. Pronto, sin embargo, le prohíben examinar a alumnos arios. Luego le privan de su cátedra. Los conocidos comienzan a esquivarlo en la calle. Debe abandonar su vivienda recién construida y trasladarse a una Judenhaus, casa de judíos, en la que él y su esposa tienen que compartir el piso con otras familias. Pero la suya no es expropiada, sino que le obligan a alquilarla a un ario por una cantidad simbólica. Como continúa siendo el propietario permanece, por tanto, sujeto al pago de la hipoteca. En cualquier momento la Gestapo entra en la Judenhaus y efectúa registros. Las mascotas son sacrificadas. Incluso las flores están prohibidas. Vendrá también la obligación de portar la estrella amarilla, la limitación en las horas de compra, la prohibición de viajar en transporte público e incluso la de circular por las aceras o pasear por los parques. Pese a las presiones, su esposa, la pianista aria Eva Schlemmer, a la que agentes de la Gestapo llegan a escupir y golpear, permanece junto a él, así como unos pocos, muy pocos, amigos, entre ellos Annemarie Köhler, la mujer que, con riesgo de su vida, esconde en su propio domicilio los diarios, a medida que Eva se los hace llegar.

Estas medidas, cuyo objetivo era establecer una nítida separación entre la comunidad nacional alemana, integrada exclusivamente por arios, y lo que se consideraba una especie de tumor maligno que la corroía y al que había, por tanto, que extirpar, fueron acompañadas de diferentes actos de violencia entre los cuales el más destacado es la Kristallnacht, la Noche de los cristales rotos, el 9 de noviembre de 1938. En una acción, pretendidamente espontánea, aunque en realidad cuidadosamente preparada por los jerarcas nazis, miembros de las SA y afiliados y simpatizantes del NASDP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán) asaltaron las sinagogas, comercios y domicilios judíos. El balance, aparte de unos daños al patrimonio económico y cultural difícilmente cuantificables, fueron al menos noventa y dos asesinatos. Según el recientemente fallecido Zygmunt Bauman, es el único episodio de la Shoá que se asemeja a los pogromos tradicionales[9]. El método, como por otra parte ya se había probado en la Europa medieval y en la Rusia zarista, se reveló insuficiente. A ese ritmo pasarían varias generaciones antes de que Alemania quedara Judenrein. Por otra parte, la población alemana, aunque en su conjunto no se opusiera a las medidas discriminatorias, no había respondido con el entusiasmo deseado. Era preciso, pues, adoptar otros caminos.

Durante algún tiempo se barajaron alternativas tales como la deportación de todos los judíos del Reich a Madagascar, que pronto, si es que alguna vez se habían llegado a considerar seriamente, fueron desechadas por irrealizables, y sustituidas por otras a las que forzosamente, por más que el término resulte repugnante aplicado a semejante monstruosidad, debemos calificar como más racionales. La invasión de Polonia en septiembre de 1939 y la ofensiva sobre la Unión Soviética en el verano de 1941 pusieron bajo control del Reich enormes territorios poblados, para la ideología nazi, por razas inferiores: eslavos y judíos. El este se concebía como parte integrante del Lebensraum alemán. Es este un término acuñado por el geógrafo Friedrich Ratzel, que se traduce al castellano como espacio vital. La ocupación de este espacio se concebía como esencial para el futuro del Reich. En él la raza de los señores explotaría sin piedad a una población eslava reducida a la ignorancia y a la esclavitud. Los judíos, muy numerosos, fueron recluidos en guetos aislados por muros y sometidos a una terrible situación de hacinamiento y escasez. En octubre de 1941 comenzó la deportación de los judíos del Reich a los guetos polacos, lo que aún agravó más las condiciones de vida. El hambre y las enfermedades dispararon rápidamente la mortalidad.

El este fue asimismo el terreno de actuación de los Einsatzgruppen, unos equipos de ejecución que avanzaban tras la Wehrmacht, y cuya misión consistía en exterminar a los judíos, a los comisarios políticos y a otros elementos considerados comunistas. Los testimonios recogidos por Ilyá Ehrenburg y Vasili Grossman, agrupados en El libro negro, ofrecen una visión sobrecogedora de los crímenes cometidos en las repúblicas soviéticas por las fuerzas de ocupación. Es una obra cuya elaboración fue alentada desde los medios oficiales y que en lo sustancial estaba concluida en 1946, pero que, sin embargo, no obtuvo el permiso de publicación, aunque sí pudo circular en ámbitos restringidos. Tanto Ehrenburg como Grossman habían acompañado como corresponsales de guerra al Ejército Rojo, lo que les había proporcionado un  conocimiento directo de crueldad nazi. Me referiré brevemente a Grossman para dar cuenta de su tragedia personal. Tras cubrir la batalla de Stalingrado, estuvo presente en la ofensiva sobre Ucrania. Allí, en su ciudad natal, Berdichev, descubrió que los Einsatzgruppen habían asesinado a los treinta mil judíos de la localidad, aproximadamente la mitad de la población[10]. Entre las víctimas se encontraba su propia madre.  Luego fue el primer periodista en entrar en Majdanek y Treblinka, y asistió a la rendición de Berlín. El método de trabajo de los Einsantzgruppen era similar en todos los lugares. Las SS y la Gestapo agrupaban a todos los judíos de la población y durante un tiempo los más vigorosos eran llevados al campo, donde se les obligaba a cavar zanjas. Cuando estas quedaban concluidas se conducía a todos hasta ellas, hombres, mujeres y niños, y, tras despojarlos de sus ropas se les hacía situarse en hilera ante el borde donde se les ametrallaba. Las filas de asesinados iban cayendo unas sobre otras. Los que habían resultado simplemente heridos quedaban sepultados bajo montones de cadáveres. Luego, aquella fosa se cubría con una delgada capa de tierra. En una fase posterior en las grandes ciudades los judíos fueron recluidos durante algún tiempo en guetos, que posteriormente eran vaciados. Allí se utilizaron cámaras de gas ambulantes instaladas en camiones, un método que ya se había aplicado en el Lager de Chelmno.

Los Einsatzgruppen actuaron también en otros lugares del este. Elie Wiesel, nacido en una piadosa familia judía de Sighet[11], entonces territorio húngaro y hoy rumano, recuerda la incredulidad con que eran acogidas las noticias de las atrocidades nazis. Hungría era un país aliado de Alemania y gobernado de manera dictatorial por el ultraconservador almirante Horthy. Era este un antisemita al viejo estilo. Los judíos estaban discriminados, pero hasta 1944 no pesó sobre ellos la amenaza de exterminio. Con todo, presionado por los alemanes, Horthy ordenó a fines de 1941 la deportación de los judíos extranjeros. Estos, entre ellos Moshé-Shames, fueron encerrados por los gendarmes húngaros en vagones de ganado y enviados hacia la frontera. Pasó el tiempo y los judíos de Sighet continuaron su vida habitual. Pensaban que los extranjeros habían sido enviados a trabajar en algún lugar de Polonia y pronto los olvidaron. Pero un día Moshé-Shames reapareció en la ciudad. Contó que tras cruzar la frontera habían sido entregados a la Gestapo y esta les había obligado a abrir grandes fosas en un claro del bosque. Luego, los dirigieron al borde y les dispararon. Los bebés, arrancados de los brazos de sus madres, eran lanzados al aire y ametrallados mientras caían. Él, herido, había sido dado por muerto y al anochecer pudo escapar del montón de cadáveres. Quienes oyeron su historia pensaron que había perdido el juicio y se compadecieron de él. Nadie le creyó[12]. En mayo de 1944 todos los judíos de Sighet fueron deportados a Auschwitz. La madre y la hermana pequeña de Elie Wiesel acabaron inmediatamente en las cámaras de gas. El padre moriría a causa del hambre y de la extenuación.

Finalmente, los jerarcas nazis llegaron a la conclusión de que el llamado problema judío solo podía solucionarse mediante la aplicación sistemática de métodos científicos de exterminio. Como indica Zygmunt Bauman, se optó, como más racional y económica, por la Solución Final[13]. Auschwitz, Sobibor, Treblinka, Majdanek, Chelmno o Belzec, entre otros, se convirtieron en fábricas de cadáveres. Fue para ello preciso construir cámaras de gas y hornos crematorios, asegurar un adecuado suministro de Zyklon B, hacer llegar hasta allí a los deportados, lo que exigía una cuidadosa regulación de los transportes ferroviarios: en definitiva, se realizó una siniestra hazaña de eficiencia y de organización.

Los prisioneros llegaban a ellos tras un largo y penoso viaje en vagones cerrados de ganado. Hacinados, sin ventilación, sin más comida que la poca que hubieran podido guardar, sin apenas agua, en el mejor de los casos obligados a hacer sus necesidades en un cubo; no todos sobrevivían al camino. De hecho, las autoridades alemanas tenían cálculos que les indicaban el porcentaje de muertos que cabía esperar en el transporte. Una vez llegados al Lager, aturdidos y desorientados, debían pasar una primera selección. Separados hombres y mujeres, desfilaban ante un médico de las SS que tras una somera ojeada indicaba a unos que se dirigieran a la izquierda y a otros a la derecha. Los prisioneros aún no lo sabían, pero como en un atroz remedo del Juicio Final, unos habían sido señalados para la muerte inmediata en la cámara de gas y otros para arrastrar una vida miserable como esclavos subalimentados. En la pintura de Miguel Ángel unos son enviados a la condenación eterna y otros a la gloria. En esta trágica caricatura, en que el hombre usurpa el lugar de Dios, no hay salvación.

Una escudilla de sopa y un pan es todo lo que reciben unos prisioneros obligados a realizar trabajos agotadores expuestos al frío, la lluvia, la nieve o el sol. Cualquier muestra de flaqueza es castigada de inmediato con golpes. A veces estos llegan sin motivo, por simple capricho de un kapo o de un SS. A ello se suman las largas horas en pie para los recuentos. Y de vez en cuando nuevas selecciones en las que los ya demasiado débiles son enviados a las cámaras de gas. Es un sistema perverso que degrada a los seres humanos y que a menudo quiebra su espíritu, aunque el cuerpo aún mantenga una apariencia de vida. Los llamados musulmanes en la jerga de los Lager son seres que tienen la mirada ausente, que, perdida la capacidad de comunicación, no responden a los estímulos exteriores. La muerte física les llegará en la próxima selección si es que no han sucumbido antes al agotamiento o a los golpes, pero su alma se diría que ha sido aniquilada con antelación. Así los describe Jean Améry:

El llamado “musulmán”, como designaba la jerga del campo al prisionero que se abandonaba y era abandonado por sus camaradas, no poseía ningún resquicio de conciencia donde bien y mal, nobleza y vulgaridad, espiritualidad y no espiritualidad se pudieran confrontar. Era un cadáver vacilante, un haz de funciones físicas en su agonía[14].

Pocos internos escaparán a ese destino. Primo Levi comienza su obra Si esto es un hombre con esta declaración:

Tuve la suerte de no ser deportado a Auschwitz hasta 1944, después de que el gobierno hubiera decidido, a causa de la escasez creciente de mano de obra, prolongar la vida media de los prisioneros que iba a eliminar[15].

A pesar de ello, estima que la vida media de un deportado que no se las ingeniara para obtener alguna ración extra de comida o evitar el trabajo más pesado, no superaba los tres meses[16].

Aún más estremecedora que la suerte del musulmán es la de los prisioneros asignados a los Sonderkommandos. Son ellos los encargados de retirar los cadáveres de las cámaras de gas, arrancar los dientes de oro de las bocas, revisar el ano y la vagina por si en ellos se hubiera escondido alguna joya, y finalmente introducirlos en el horno crematorio. Es el horror más allá de lo que hubiéramos creído imaginable. En palabras de Primo Levi constituye, “el delito más demoníaco del nacionalsocialismo.”[17] A estos desdichados, rigurosamente separados de los demás, se les alimentaba y alojaba mejor que a los deportados destinados a otros trabajos. Su vida, sin embargo, duraba muy poco. Pronto eran asesinados y reemplazados.

Cuando nos enfrentamos con los relatos de la Shoá siempre hemos de tener en cuenta que se trata de testimonios de supervivientes, de personas que no llegaron a recorrer el camino hasta lo más profundo del infierno. Escuchemos de nuevo a Primo Levi:

Los sobrevivientes somos una minoría anómala además de exigua: somos aquellos que por sus prevaricaciones o su habilidad, o su suerte, no han tocado fondo. Quien lo ha hecho, quien ha visto a la Gorgona, no ha vuelto para contarlo, o ha vuelto mudo; son ellos, los ‘musulmanes’, los hundidos, los verdaderos testigos, aquellos cuya declaración habría podido tener un significado general. Ellos son la regla, nosotros la excepción.[18]

Esta conciencia de que ellos, los supervivientes, no habían vuelto del horror por un merecimiento propio, sino en el mejor de los casos por azar está presente no solo en Levi, sino también en Viktor Frankl: “Los mejores de entre nosotros no regresaron nunca.”[19] Los relatos sirven no solo para narrar lo vivido por su autor, sino también y de manera consciente, para dar voz a los que han sido privados de ella, a aquellos cuya memoria de otro modo, se desvanecería al igual que el humo a que sus cuerpos fueron reducidos.

Hasta ahora hemos abordado los distintos elementos que confluyen en el antisemitismo y la manera en que este toma un nuevo carácter en los albores del siglo XX, luego nos hemos asomado al horror de los Lager. Ha llegado, pues el momento de que abordemos el problema de la responsabilidad.

Una empresa de la magnitud de la Shoá implicó forzosamente a gran parte de la sociedad alemana y a muchos colaboracionistas entusiastas de los países ocupados. No fue obra de unos asesinos que actuaran en secreto. Hitler no ocultó en ningún momento su aspiración a un Reich Judenrein. Al contrario, la proclamó una y otra vez. Goebbels y Streicher sabían muy bien lo que decían y publicaban. No intentaron engañar a sus oyentes y lectores. Todos conocieron las leyes de Nuremberg, todos vieron a los judíos humillados y despreciados, todos supieron que ninguno regresaba tras la deportación. Muchos se aprovecharon de las viviendas que quedaron vacías y de los objetos de valor abandonados.

En su mayoría, los asesinos no eran psicópatas o sádicos embrutecidos. No es que estos faltaran, pero siempre fueron pocos. Casi todos eran buenos ciudadanos, gente corriente que, tras cumplir con su trabajo, podía abrazar a su esposa y ayudar a sus hijos en las tareas escolares. Jean Améry lo expresa con gran plasticidad:

Pero entonces nos quedamos estupefactos al darnos cuenta de que tales tipos no solo llevan abrigos de cuero y pistolas, sino que también muestran rostros; y no son ‘rostros de Gestapo’ con narices de boxeador, mandíbulas prognatas, marcas de viruela y cicatrices de cuchilladas, como puedan aparecer en los libros. Al contrario: rostros comunes. Rostros del montón. Y el conocimiento espantoso de una fase posterior, que de nuevo destruye toda representación abstracta, nos pone de manifiesto cómo los rostros del montón se transforman finalmente en rostros de Gestapo y como el mal se sobrepone y supera la banalidad.[20]

Si para Levinas el prójimo es un ser con rostro, cuya sola presencia nos hace responsables ante él y de él, Améry nos recuerda que el verdugo también tiene rostro. A él no lo torturó el totalitarismo, quién lo colgó con los brazos a la espalda hasta dislocarle los hombros no fue una abstracción, sino el teniente Praust. Pero este no era alguien aislado. Podía actuar así porque sentía que esa era la voluntad no ya de sus superiores, sino del pueblo alemán:

El grupo de los muchos no se nutría de hombres de las SS, sino de obreros, archiveros, técnicos, mecanógrafas −y solo una minoría entre ellos llevaba la insignia del partido. Tomados en su conjunto eran para mí el pueblo alemán. Sabían muy bien lo que pasaba en torno a nosotros y lo que nos hacían, pues al igual que nosotros sentían el olor a chamusquina procedente del campo de exterminio cercano, y algunos exhibían ropas que la víspera aún habían llevado, antes de ser despojadas, las víctimas recién llegadas sobre la rampa de selección […] Estimaban que todo estaba en orden y no me cabe la menor duda de que habrían votado por Hitler y sus cómplices si, a la sazón, en 1943, se hubieran convocado elecciones. Obreros, pequeños burgueses, académicos, bávaros, habitantes del Saar, sajones: se volvían indiscernibles. La víctima se veía empujada, lo deseara o no, a creer que Hitler encarnaba realmente al pueblo alemán.[21]

Voy a citar el testimonio de un miembro no judío de la Resistencia francesa: el español Jorge Semprún. Internado en Buchenwald, cuenta en El largo camino que, tras la liberación del Lager, salió al exterior junto a otros compañeros. Una casa edificada en la ladera de una colina llamó su atención y se dirigió hacia ella. Impulsado por un arrebato llamó a la puerta. Una mujer madura le abrió aterrorizada. Él, armado con una metralleta, escuálido y vestido aún con la ropa de deportado, intentó tranquilizarla. “Solo quiero ver el piso de arriba. No le haré daño”. Subió las escaleras y se encontró en una sala de estar, desde cuya ventana se divisaba el Lager, sobre cuyos barracones destacaba la chimenea del crematorio. “Al atardecer −preguntó−, ¿estaban ustedes aquí?”. “Sí, siempre estábamos en esta habitación”. “Al atardecer ¿veían las llamas del crematorio?”[22] Ya no es en realidad una pregunta, es la constatación de que una familia se reunía allí para cenar, para conversar y hacer proyectos, indiferente al horrible tormento al que ante su vista, se sometía a otros seres humanos.

Incluso en los meses finales de la guerra, cuando los ejércitos alemanes retrocedían en todos los frentes, continuó la labor de exterminio. Todavía eran muchos los que creían en una imposible victoria y mantenían una fe ciega en Hitler. Victor Klemperer, que, aunque en penosas condiciones, todavía vivía en Dresde debido a que Eva, su esposa, era, como ya se indicó, aria, recibió, en la tarde del martes 13 de febrero de 1945, al igual que los restantes judíos que aún residían en la ciudad, todos ellos de familias mixtas, la orden de presentarse el viernes en la estación para un largo viaje. Ninguno ignoraba lo que eso significaba. Sin embargo, por un extraño azar, esa misma noche se inició el bombardeo que a lo largo de tres días reduciría Dresde a escombros y causaría un número de muertos cercano a los treinta mil. Gracias al caos subsiguiente Victor, pudo arrancarse la estrella amarilla y huir junto con Eva. Al cabo de unos días de vagar por distintos pueblos fueron acogidos por un viejo amigo en la rebotica de su farmacia. Scherner, tal era su nombre, se jugaba la vida, ya que, aunque a nadie le extrañaba la presencia de refugiados, si alguien reconocía a Klemperer como judío, ambos serían inmediatamente asesinados. Trabajaba allí como auxiliar una joven que en una ocasión se lamentó de que los alemanes la trataban como inferior por el hecho de que su abuela era lituana. Victor se atrevió entonces a mencionar la situación de los judíos. Ella respondió sin inmutarse: “En cuanto a los judíos puede que tengan razón, sin duda es algo diferente.” Victor le preguntó si conocía a alguno, a lo que ella contestó: “No, no, siempre los he evitado, me resultan siniestros.”[23]

Esto me recuerda un viejo chiste judío. Durante una entrevista un político afirma: Cuando alcancemos el poder, terminaremos con los judíos y los ciclistas. ¿Y con los ciclistas por qué?, pregunta el periodista.

Ya a mediados de abril, dos semanas antes del suicidio de Hitler, Victor y Eva coincidieron en una carretera de Baviera con un hombre que amablemente les ayudó a transportar la maleta. Durante el camino, habló con entusiasmo de la ofensiva que inmediatamente lanzaría la Wehrmacht contra los aliados occidentales y los rusos. Hitler, afirmaba, los había dejado penetrar en territorio alemán para encerrarlos en una trampa que los aniquilaría.[24]

Los generales de la Wehrmacht no podían ignorar la acción de los Einsatzgruppen. Incluso si las atrocidades hubieran sido cometidas exclusivamente por las SS y la Gestapo, algo que no es cierto; ellos las toleraron. Ninguno dimitió en protesta por el trato dado a los judíos. Los altos mandos militares que participaron en la conspiración contra Hitler de julio de 1944, no lo hicieron para proteger a judíos o gitanos, sino para salvar a Alemania de la catástrofe a que le conducía una prolongación insensata de la guerra.

Fueron muchas las empresas alemanas que se beneficiaron de la explotación inhumana de la mano de obra esclava constituida por judíos, por miembros de la resistencia, prisioneros de guerra y trabajadores desplazados de manera forzosa desde países ocupados. Se trata de un hecho sobradamente conocido por el gran público gracias al éxito de la película La lista de Schindler. Los acontecimientos narrados en ella son reales y Oskar Schindler ha sido reconocido como Justo entre las naciones, pero el suyo es un caso singular. La inmensa mayoría de los empresarios se limitaron a beneficiarse de una mano de obra tan gratuita como desechable. El gran conglomerado de industrias químicas IG-Farben, formado por la fusión de Agfa, Hoechst, Bayer, BASF y otras empresas, producía el Zyklon B utilizado en las cámaras de gas. Poseía además en Auschwitz Monowitz una fábrica de caucho sintético en la que trabajaban fundamentalmente judíos que habían pasado la primera selección, lo que les había evitado la muerte inmediata en Auschwitz Birkenau. Pero junto a ellos había también técnicos alemanes libres, que, con alguna excepción, no se comportaban menos brutalmente que los SS. Tras la derrota, trece de sus directivos fueron condenados a penas de entre uno y ocho años de prisión. La sociedad Topf construyó los enormes crematorios de los Lager. Sin duda un contrato lucrativo. Hugo Boss, que fabricó los uniformes de las SS, también dispuso del trabajo forzado de mujeres judías. Luego los tribunales de la República Federal Alemana lo castigarían con una multa de ochenta mil marcos.  

Se podría concluir que la Shoá, a la que habría que sumar el exterminio de los gitanos, fue responsabilidad colectiva del pueblo alemán. No faltaron desde luego alemanes que pagaron con la vida su oposición al nazismo. Al tratar de Victor Klemperer, he señalado que algunos amigos arios, como Annemarie Köhler o Hans Scherner, le fueron fieles hasta el final. Pero la inmensa mayoría, aunque no participara directamente en la carnicería no se opuso a ella. Quizá no conocían en detalle la brutalidad de las matanzas en el este, pero sí compartían la aspiración a un Reich Judenrein. En cuanto a los procedimientos para satisfacerla, es posible que prefirieran no preguntarse mucho por ellos. Hitler era para la inmensa mayoría un ser providencial en el que realmente el Volskgeist alemán se había hecho carne para habitar entre su pueblo. Una oscura conexión mística legitimaba su poder y convertía su voluntad en la primera fuente del Derecho.

Pero no fueron solo los alemanes. En casi todos los países ocupados, incluso en aquellos del este habitados por gentes que en la escala racial nazi apenas estaban unos pocos puntos por encima de los judíos, hubo colaboradores. Tampoco faltaron en Francia, donde escritores destacados como Louis-Ferdinand Céline o Robert Brasillach escribieron repugnantes panfletos antisemitas, y funcionarios como Maurice Papon participaron en la deportación de judíos a los campos de exterminio.

Zygmunt Bauman llama la atención sobre el hecho de que la Shoá se ideó y realizó en nuestra avanzada y civilizada sociedad moderna, en un momento culminante de nuestra cultura. Por tanto, “es un problema de esa sociedad, de esa civilización y de esa cultura”[25]. Pudo no haber sido “una aberración o la antítesis de la civilización moderna, sino un rostro distinto de ella”[26]. No debemos olvidar que fue un logro tecnológico de la sociedad industrial y de la organización burocrática. Etiquetarla, entonces, como un fenómeno específicamente alemán sería una trampa para exonerar a los demás y posibilitar que se presenten limpios de culpa.

Hay otra trampa. Tras la guerra no faltaron voces en la propia Alemania que reconocían la culpabilidad colectiva del pueblo alemán. Recurramos una vez más al testimonio de Jean Améry:

Se hablaba mucho de la culpa colectiva de los alemanes. Mentiría descaradamente si en este punto no reconociera sin ambages que yo también asumía esta acusación. Me parecía haber sufrido los crímenes como injusticia colectiva: el funcionario con camisa parda y esvástica sobre el brazalete no me inspiraba menos temor que el simple soldado raso. Además no conseguía olvidar a aquellos alemanes que contemplaban sobre un pequeño andén cómo se descargaban y apilaban los cadáveres transportados en el vagón de ganado de nuestro tren de deportación, sin que jamás asomara sobre alguno de esos rostros petrificados una sola expresión de horror.[27]

Pero como el mismo Améry señala más adelante, la culpa colectiva debe entenderse como una suma de culpas individuales. Solo en ese sentido la culpa de cada alemán individual, responsable de lo que hizo y de lo que omitió, se transforma en “culpa global de todo un pueblo”[28]. En cualquier otro sentido, la idea da culpabilidad colectiva es una trampa que permite escamotear las responsabilidades individuales. Así lo expresa Primo Levi en un debate de 1961:

La misma expresión ‘culpa colectiva’ adolece de una contradicción interna y es de cuño nacionalsocialista. Cada hombre es responsable singularmente de sus obras: son plenamente culpables los alemanes (y los no alemanes) que pusieron mano en las matanzas; son culpables parcialmente sus cómplices, entre los que no sería justo olvidar a los ilustres firmantes del Manifiesto de la Raza italiana: culpables en menor medida, pero siempre despreciables, los muchos que consintieron a sabiendas y los muchísimos que evitaron saber por hipocresía o poquedad de ánimo.[29]

Desde la Ilustración, en los medios liberales de Occidente había imperado la convicción de que el devenir histórico conduce a progresivas cotas de bienestar y de libertad. La Shoá asesta un golpe demoledor a esta visión optimista. Ahora sabemos que los avances científicos, el progreso técnico y el desarrollo organizativo pueden llevar directamente al infierno. Pero también sabemos que nuestro destino está en nuestras manos, que el camino a seguir no está predeterminado. Nuestra responsabilidad es conservar la memoria del horror, no permitir que se desvanezca el recuerdo de las víctimas, pues si algún día esto llegara a ocurrir, ellas morirían por segunda vez y se abriría la posibilidad de que de nuevo se construyeran fábricas de cadáveres. No olvidemos jamás la famosa exhortación de Theodor W. Adorno: “La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en educación.”[30]

Quiero terminar con una petición. El próximo viernes, día 27 de enero, aniversario de la liberación de Auschwitz, conmemoramos el Día Internacional de Recuerdo del Holocausto. Les ruego que enciendan una vela en memoria de las víctimas y que, cuando sus hijos o sus nietos les pregunten por qué lo hacen, les cuenten, considerando su edad, lo ocurrido.





[1] AGAMBEN, Giorgio (2009) Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo sacer III. Valencia, Pre-Textos p. 28-31
[2] 1 Mac 1, 41-43
[3] Est 3, 8-9
[4] BLASCO IBAÑEZ, Vicente (1959) Obras completas, Madrid, Aguilar, vol 1, p. 731
[5] AMÉRY, Jean (2004) Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia, Valencia, Pre-Textos p. 171
[6] Ibid. p. 171
[7] Ibid. p. 76
[8] ANTELME, Robert (2001) La especie humana, Madrid, Arena Libros p. 43
[9] BAUMAN, Zygmunt (2008) Modernidad y Holocausto, Madrid, Sequitur p. 114
[10] GROSSMAN, Vasili y EHRENBURG, Ilyá (2012) El libro negro, Galaxia Gutenberg Círculo de lectores p. 82-98
[11] Hoy Sighetu-Marmatiei
[12] WIESEL, Elie (2013) La noche. Trilogía de la noche, Barcelona, El Aleph p. 15
[13] BAUMAN, Zygmunt op. cit. p.38
[14] AMÉRY, Jean op. cit. p.63
[15] LEVI, Primo (2005) Si esto es un hombre. Trilogía de Auschwitz, Barcelona. El Aleph p. 27
[16] Ibid, p. 120
[17] LEVI, Primo (2005) Los hundidos y los salvados. Trilogía de Auschwitz, Barcelona. El Aleph p. 502
[18] Ibid, p. 542
[19] FRANKL, Viktor (2004) El hombre en busca de sentido, Barcelona, Herder, p. 30
[20] AMÉRY, Jean op. cit. p. 87
[21] Ibid. p. 156-157
[22] SEMPRÚN, Jorge (1998) El largo viaje. Barcelona, Planeta p. 157-160
[23] KLEMPERER, Victor (2001) LTI. La lengua del Tercer Reich, Apuntes de un filólogo, Barcelona, Minúscula p. 261
[24] Ibid. p. 162
[25] BAUMAN, Zygmunt op. cit. p. 14
[26] Ibidem, p. 28
[27] AMÉRY, Jean op. cit. p. 143
[28] Ibid. p. 154
[29] LEVI, Primo (2009) Vivir para contar. Escribir tras Auschwitz, Barcelona, Alpha Decay p. 156
[30] ADORNO, Theodor W. (1966) La educación después de Auschwitz, https://docs.google.com/viewer?a=v&pid=sites&srcid=ZGVmYXVsdGRvbWFpbnxwcm9ibGVtYXNkZWxhY2l2aWxpemFjaW9ufGd4Ojc5ODgyYzdiY2EyYzczYzU Consultado el 22 de enero de 2017.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Concha Méndez: rebeldía y modernidad

Conferencia pronunciada en el Museo de la Ciudad (Móstoles) el 3 de noviembre de 2016


Cuando mencionamos la Generación del 27 acuden de inmediato a nuestra mente los nombres de Federico García Lorca, Rafael Alberti y muchos otros poetas: Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Emilio Prados, Juan José Domenchina, Manuel Altolaguirre, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Pedro Salinas, etc. Me detendré aquí, pues no es mi propósito elaborar una lista exhaustiva, sino simplemente poner de relieve que todos los nombres evocados, digamos que todos los que aparecen en los manuales de literatura, son masculinos. Aunque, a fuer de sinceros, hemos de confesar que la ausencia de mujeres en los movimientos culturales vanguardistas de los años treinta no tiene en principio nada de llamativa. Es muy probable que la mayor parte de nuestros estudiantes terminen el Bachillerato o incluso una carrera universitaria con la idea de que la ciencia, la historia, el arte o la literatura son asuntos en esencia masculinos. Naturalmente habrá alguna excepción: tres o cuatro reinas, dos o tres escritoras, alguna pintora, una científica, entre una pléyade de hombres eminentes. La razón de este hecho es clara. Aún en los tiempos de mi infancia, recuerdo haber oído comentar a algunas madres que harían lo posible para que sus hijos varones fueran a la universidad, pero que las niñas no necesitan tanto estudio. No hablo de una época remota, sino de los años sesenta del siglo XX.
Tradicionalmente se ha pensado el ámbito de la actividad humana dividido en dos esferas: la de la polis, es decir, el espacio público del ágora; y la del oikos, el territorio privado del hogar. La primera era el escenario de la actividad del varón, en tanto que la segunda quedaba reservada a la mujer. Quiero ilustrar esta afirmación con una anécdota leída tiempo atrás en los diarios de Azaña. Es algo que me hizo primero sonreír y más tarde reflexionar.
Cuenta el entonces presidente de la República que en los días finales de noviembre del 36, cuando Madrid se enfrentaba al asalto del ejército sublevado y el gobierno se había trasladado a Valencia, el general Miaja, presidente de la Junta de Defensa, recibió a unos dirigentes sindicales que le plantearon unas peticiones que le parecían inaceptables en un momento de tanto peligro, por lo que las rechazó. Uno de sus interlocutores se exaltó ante la negativa y perdió las formas levantando la voz. Ante ello, el general se pone en pie, le mira fijamente y dice sin alterarse:
–Sepa que no tolero a nadie que me grite, excepto a mi mujer.
Los sindicalistas ríen ante la salida y la crispación desaparece[1].
Recapacitemos: Miaja en aquel momento representa, como Eteocles en Tebas, la autoridad suprema en la polis atacada. Su poder, cual lo exigen la críticas circunstancias, es excepcional y, por tanto, nadie puede discutirlo. En casa, sin embargo, las cosas son distintas, pues es el dominio propio de la mujer. Allí su esposa puede hablar al general en términos que a nadie más le están permitidos. Miaja sabe, al igual que todos los presentes y los lectores, que sus palabras han mezclado deliberadamente los espacios femenino y masculino, aunque no se les escapa que este último es, en definitiva superior, ya que abarca y domina al primero. De no ser así, de situarse ambos en igualdad, la broma carecería de gracia. Aquellos aguerridos varones, dispuestos a sacrificar en nombre de la legalidad, la libertad, la revolución o cualquier otro noble fin, la propia vida y, quizá con más entusiasmo, las ajenas, son galantes caballeros que sonríen condescendientes ante lo que, por utilizar una expresión manida, no han dejado de considerar el sexo débil.
Viven, sin embargo, una época en que una mar gruesa parece a punto de barrer siglos de encasillamientos y prejuicios. Ahora podemos pensar que aquel embate de modernidad no fue capaz de derribar inercias seculares, pero hemos de reconocer que aunque estas resistieron quedaron tan dañadas que su hundimiento era solo cuestión de nuevas marejadas.
Desde las últimas décadas del siglo XIX había tomado paulatinamente fuerza en Europa el movimiento de emancipación femenina, cuya manifestación más conocida es el sufragismo. La lucha por el voto de esas mujeres, a menudo encarceladas o golpeadas, pero sobre todo calumniadas y ridiculizadas fue, no hay que dudarlo, larga y difícil. La película británica de 2015 Suffragette constituye una buena aproximación a las dificultades a que hubieron de enfrentarse.  Un hecho externo y trágico marcó, sin embargo, un hito que afectó antes a las costumbres que a las leyes y a la larga inició un proceso que acabaría por alterar radicalmente el papel de las mujeres en la sociedad.
Me refiero, como quizá hayan sospechado, a la I Guerra Mundial. Ciertamente, si pensamos en la cifra global de bajas producidas por el conflicto, no podemos por menos que horrorizarnos. Pero tras esta inevitable reacción, pido que su pensamiento se dirija primero hacia el frente, para marchar luego hacia la retaguardia. Millones de hombres jóvenes fueron movilizados y un gran número de ellos perdieron de forma absurda la vida, a causa no tan solo de la ineptitud de los generales, sino del desprecio que muchos de ellos, salidos de la alta burguesía o de la aristocracia, sentían por unos soldados de origen campesino o proletario. Simple carne de cañón para la que no cabía mejor destino que caer sacrificada en el altar de la patria. Si han visto la película Paths of glory, en España Senderos de gloria, dirigida por Stanley Kubrick y protagonizada por Kirk Douglas, captarán plásticamente a qué me refiero. Si no lo han hecho, anótenla, por favor, en su lista de tareas pendientes. Estoy seguro de que no les defraudará.
Bien, decía que hay que mirar también a la retaguardia. Obviamente, los campos y las fábricas tenían que seguir produciendo, y la administración no podía detener su funcionamiento. Mientras cientos de miles de hombres se pudrían en los campos de Verdún, del Somme o del Marne, su lugar hubo de ser ocupado por las mujeres. Eso sin contar a las muchas que sirvieron como enfermeras o en tareas auxiliares. La idea conservadora, que encorsetaba a la mujer en el papel de ángel del hogar, es decir, que la concebía como esposa y madre aureolada por virtudes tales como el pudor, la honestidad, la abnegación, la religiosidad y la disposición al sacrificio, comenzaba a tambalearse ante la fuerza no solo de las reivindicaciones feministas, sino ante la imperiosa realidad de las necesidades bélicas.
Se me dirá que el trabajo femenino asalariado no era nada nuevo entre obreros y campesinos, cuyas hijas y esposas siempre habían contribuido, miseria obliga, a complementar los parcos ingresos familiares. Se presentan ahora, sin embargo, novedades de calado, ya que la ausencia de hombres abre a las mujeres campos y puestos hasta entonces reservados al varón, y también porque las nuevas trabajadoras proceden en número creciente de la burguesía ilustrada.
Son estas últimas muchachas las que ahora reclaman nuestra atención. Sus madres habían crecido en un mundo en que se esperaba de ellas que a la edad apropiada contrajeran matrimonio con un hombre de su misma condición social y le dieran hijos que pudieran perpetuar el linaje y las riquezas familiares. No se consideraba necesario, antes bien, contrario al recato, que recibieran una formación académica, ya que su campo de actividad se centraría en el hogar; aunque sí se juzgaba de buen tono que adquirieran cierto barniz cultural, que les permitiera actuar como encantadoras anfitrionas al servicio de las carreras de sus maridos. En los años veinte, frente a este arquetipo, que conservará empero su lugar hegemónico, se alza, una vez terminada la guerra, un nuevo modelo de mujer, que suele denominarse con el término inglés flapper. Son muchachas jóvenes de clase acomodada que practican deportes, fuman, conducen automóviles, beben alcohol y, a menudo, escandalizan con su conducta tachada de promiscua a la sociedad biempensante. Scott Fitzgerald retrató magistralmente a este nuevo tipo femenino en la Daisy de El gran Gatsby. También, aunque en un tono que se me antoja menos frívolo, podemos encontrarlo en la Brett de Fiesta, la conocida novela de Hemingway. En una época en que el cine se convierte en espectáculo de masas y se inicia el fenómeno del star-system, la actriz Clara Bow se convierte en el modelo a imitar por estas chicas que ansían romper las cadenas que mantenían sometidas a sus madres.
España, pese a su neutralidad durante la Gran Guerra, no permanece ajena a este movimiento de frescura y alegría juvenil deliberadamente transgresora. En una fecha que no podemos determinar con exactitud, pero sí situar entre 1923 y 1925, Federico García Lorca espera en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, sita en la calle de Alcalá, la salida de su amigo Salvador Dalí. Este llega acompañado de dos condiscípulas, Margarita Manso y Maruja Mallo, y, sin pensarlo dos veces, deciden quitarse los cuatro el sombrero y pasear así, con la cabeza descubierta por la vecina Puerta del Sol. Ahora nos cuesta imaginar que tan ingenua performance, causara un gran escándalo. Y, sin embargo, así fue. No solo los insultaron llamándolos maricones y otras lindezas, sino que algunos llegaron incluso a lanzarles piedras. Si he de ser sincero, no creo que eso les afectara mucho, pues posiblemente era la reacción que deseaban provocar. Ahora bien, ¿por qué el espectáculo de dos hombres y dos mujeres con los cabellos expuestos al sol y al aire suscitó tan airada respuesta?
En los tiempos actuales nos cuesta percibirlo, pero echemos una mirada atrás y pensemos en las representaciones pictóricas y fotográficas de nuestros antepasados. Si prestamos una mínima atención observaremos que muy raramente aparecen en público al aire libre sin algún tipo de tocado. Es más, este refleja el estatus social de quien lo lleva. El sombrero, sea en hombres o en mujeres, denota la pertenencia a sectores acomodados o, al menos, con ciertas pretensiones; en cambio, la castiza parpusa o el pañuelo femenino, tan presentes en las zarzuelas, son signo inequívoco de adscripción a las clases populares. Lo que puede parecernos un capricho inocente o un simple rechazo a una determinada moda, no era tal en aquellos años, sino un  desafío consciente a las convenciones sociales. Pocos años después, ante la progresión del sinsombrerismo, se desató en la prensa una curiosa polémica en la que no faltaron artículos que expresaban los graves riesgos a que exponían su salud quienes prescindían de tan importante prenda, ni otros que denunciaban la ruina que acechaba a una pujante industria de la que dependía el sustento de miles de familias.
De aquel episodio arranca la expresión “las Sinsombrero” con que se ha  venido a conocer a un grupo de mujeres nacidas grosso modo entre 1898 y 1911 y que destacaron en la literatura, las artes plásticas y la filosofía. Baste citar a Concha Méndez, de quien me ocuparé a continuación, a Ernestina de Champourcin, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, María Teresa León, Maruja Mallo, Remedios Varo o María Zambrano, entre otras. Me he referido anteriormente al ángel del hogar y a la flapper como arquetipos opuestos de mujer. Bien, todas las ahora mencionadas se identifican, al menos en esta etapa juvenil de su vida, con la segunda: comparten el interés por el cinema, como entonces se decía, y el deporte, fuman, beben, alternan con hombres, les encanta el jazz, bailan el charlestón; pero, sobre todo, luchan por abrirse camino en ámbitos tradicionalmente reservados al varón. Por edad, por inquietudes, por dedicación y por amistad pertenecen a la Generación del 27. Sin embargo, la historia apenas ha reparado en ellas y tan solo en los últimos años sus nombres han saltado de los restringidos círculos académicos y han comenzado a llegar al gran público, gracias sobre todo al proyecto Crossmedia Las Sinsombrero.
De entre ellas he elegido para esta charla a Concha Méndez. Podría haberla dedicado a cualquiera de sus compañeras, pues, aunque obviamente con distinta formación y actitud ante la vida y con peripecias vitales que en algunos casos las conducirán por caminos opuestos, todas hubieron de enfrentarse a las trabas que a su desarrollo personal e intelectual oponía una sociedad que excluía a la mujer del espacio público.
Paloma Ulacia, nieta de Concha Méndez, un tanto harta de que durante el exilio en México, estudiosos y periodistas visitasen a su abuela, para que les hablara de Buñuel, de Lorca, de Altolaguirre o de Cernuda, pero nunca se interesaran por ella misma, decidió grabar unas conversaciones en las que la anciana desgranaba sus recuerdos. No se trata de una autobiografía, pues la memoria fluye a través del diálogo con la nieta; quien luego se encargó de ordenar cronológicamente esas un tanto desorganizadas remembranzas y suprimió digresiones y comentarios que no le parecieron de interés para el público. El fruto de aquellas cintas fue el libro, hoy lamentablemente casi imposible de conseguir, Concha Méndez, memorias habladas, memorias armadas, publicado en 1990 por la editorial Mondadori.
Concha Méndez, nacida en Madrid en 1898, fue la mayor de once hermanos. Criada en un  ambiente burgués, su padre fue director de la Casa de la Moneda, en el seno de una familia muy tradicional, dio, sin embargo, desde muy niña muestras de un temperamento rebelde y aventurero. En las conversaciones con su nieta cuenta que en una ocasión un amigo de su padre comenzó a preguntar a sus hermanos qué deseaban ser de mayores. Ella se adelantó con un “yo seré capitán de barco”, que se encontró con esta desabrida respuesta: “Las niñas no son nada.” Desde aquel momento, confiesa, odió a ese señor. También comenta que cuando contaba aproximadamente doce años, asistió a una representación de la obra de Ibsen Casa de muñecas, que le produjo una vivísima impresión y de la que salió con la determinación de que nadie más que ella sería artífice de su propia vida. Recuerden que Nora, la protagonista, una mujer perteneciente a una clase media acomodada, un auténtico ángel del hogar que ha vivido siempre para su marido, decide escapar y lanzarse a una vida incierta e independiente, aunque para ello deba renunciar a sus hijos. A Concha Méndez, que se identifica con la protagonista, el destino, que le reservaba otras pruebas, le ahorró esta, a la que sí sometió a otra compañera de generación, María Teresa León.
Una ley de 1910 había abierto a las mujeres el acceso a la universidad, pues anteriormente este solo se concedía en casos excepcionales mediante una autorización expresa de la Dirección General de Instrucción Pública. Una de ellas permitió en 1892 matricularse en la facultad de Filosofía y Letras a María Goyri, tía de la antes mencionada María Teresa León. Con todo, el número de chicas en las facultades continuaba siendo muy escaso. Además, el extremo conservadurismo de los padres de Concha hizo que ni siquiera consideraran la posibilidad de que su hija continuara los estudios tras salir con catorce años del colegio de monjas. Gracias a un vecino, profesor de Literatura que se las prestaba, pudo leer novelas y poesías, pero incluso eso debía hacerlo a escondidas. Ya octogenaria, refiere a su nieta la regañina de su madre cuando una criada al hacer la cama encontró un libro bajo el colchón.
Como otras familias de buena posición, los Méndez marchaban en verano a San Sebastián. Allí Concha imaginaba partir un día a través del mar, como ese capitán de barco que en su infancia había soñado ser. También practicaba el tenis y la natación, deporte en el que llegó a ganar algún campeonato. Fue durante una de esas estancias en la ciudad vasca cuando conoció a Luis Buñuel, con quien mantendría un largo noviazgo entre los años 1919 y 1925. Buñuel vivía por entonces en la Residencia de Estudiantes y hablaba a Concha de sus amigos, en especial de Lorca y Dalí, pero nunca mostró intención de presentárselos. Se diría que él vivía en dos mundos distintos e incomunicados, el un tanto extravagante de la vanguardia artística y el de una relación de tipo tradicional en que los domingos, siempre vigilados por una carabina, él y su novia acudían al cine, paseaban o merendaban en algún local de buen tono. En varias ocasiones hablaron de boda, pero por una u otra razón, posiblemente por las reticencias de los padres de Concha, nunca llegó a concretarse una fecha. Finalmente, en 1925, al crearse en París la Société Internationale de Coopération Intellectuelle, en la que Eugenio d’Ors representaría a España, Buñuel fue elegido para acompañarlo con funciones similares a las de un secretario. Al parecer, planearon  que Concha se reuniera con él en la capital francesa, pero aquel momento nunca llegó.
A poco de estar en París, Buñuel conoció a Jeanne Rucar, con quien se casaría en 1934, y la novia española pronto quedó olvidada. Dado lo que sabemos sobre la relación del cineasta con las mujeres no parece que haya muchos motivos para lamentarlo. Jeanne, que en 1990 publicó sus Memorias de una mujer sin piano, lo retrata como un hombre extraordinariamente machista y posesivo, que la obligó a abandonar la gimnasia, en la que había obtenido una medalla olímpica, ya que le parecía indecente que exhibiera las piernas en público; también la desanimó con el piano: “para tocar como tocas, sería mejor no hacerlo”, y le prohibió que recibiera amigas en casa, en dónde él sí se reunía con sus amigos, exigiéndole a Jeanne que en tanto permaneciera en la habitación o en la cocina.
Jeanne aceptó estas y otras imposiciones y, según confiesa, fue feliz renunciando a todo por amor a su marido. Es en cambio muy dudoso que Concha, dotada de un temperamento rebelde hubiera soportado la convivencia con el genio aragonés, quien ya le había mostrado su disgusto cuando ella le habló de su deseo de escribir poesía.
Con Luis lejos, Concha decidió entrar en ese mundo que solo conocía de oídas, así que un buen día llamó por teléfono a la Residencia de Estudiantes y preguntó por Federico García Lorca. “Soy la novia desconocida de Luis Buñuel”, se presentó y como aquello despertó el interés del poeta, lo invitó a visitarla en su casa. Tras este primer encuentro, asistió poco después a un recital del granadino en el Palacio de Cristal del Retiro. Al finalizar, Concha le entregó un ramo de flores y Lorca le presentó a Alberti y a Maruja Mallo, quienes por entonces eran pareja.
Al dia siguiente, Concha le mostró a Alberti algunos poemas y este la animó a que continuara escribiendo y se ofreció a aconsejarla. Concha pasaba así a formar parte del grupo de amigos que constituían lo que hemos llamado Generación del 27. Creo que merece la pena que les lea un fragmento de una carta que le dirige a Lorca desde San Sebastián durante el verano de ese año 1925 en que se habían conocido:
El día de la Virgen del Carmen […] hubo en la bahía una gran fiesta de los pescadores. Se celebró misa a bordo de un cañonero. Y yo fui hasta allí nadando. Nadie más que yo asistió a ella de ese modo. Causé extrañeza entre las gentes de las embarcaciones […] También la prensa se ocupó de mí […] Y en el desfile de las embarcaciones, al ir a bendecir el mar un sacerdote, yo, subida en la barca con mi traje de baño, canté con la gente del pueblo […] ¡Qué emocionante mañana pasé! Estuve cuatro horas en la mar[2].
Me pregunto cuál habría sido la reacción de Buñuel ante el comportamiento de la que tan solo unos meses antes era su novia.
Entabló una profunda amistad con Maruja Mallo, a la que sirvió de modelo en algunas pinturas, entre ellas la que ilustra el cartel anunciador de esta conferencia, en el que Concha aparece en bañador y montada en bicicleta. Juntas recorrían los barrios populares y asistían a sus verbenas. Pronto conocería a otras mujeres con similares aspiraciones e inquietudes: Ernestina de Champourcín, María Zambrano o Rosa Chacel. Un mundo nuevo, lleno de atractivos y posibilidades, un territorio de aventura, se ofrecía a aquella muchacha que de niña había soñado ser capitán de barco.
En 1926 publica Inquietudes, su primer poemario, del que más tarde renegaría por considerarlo una obra torpe e inmadura. Es posible que tuviera algo de razón, aunque su juicio fue más duro que el de parte de la crítica; en especial que el de su amiga Ernestina de Champourcín. Refleja en él Concha el tedio de las muchachas de buena posición obligadas a pasar largas horas en casa sin nada en que ocuparse. En cualquier caso, representa un punto importante en su interno proceso de emancipación. Imagino que habrán sospechado que los padres de Concha no veían precisamente con alegría las nuevas ocupaciones de su hija ni sus recientes amistades. Pasaban los años y, tras haber perdido el tiempo en un largo noviazgo finalmente roto, con un joven que no acababa de agradarlos, no solo no se encaminaba hacia la meta que ellos deseaban, sino que cada vez parecía alejarse más de ella. Un día, en San Sebastián, salió de casa con una maleta, pero en la puerta encontró a su madre:
–¿Qué haces? –preguntó la buena mujer.
–Me marcho a Estocolmo.
La madre salió tras ella dando gritos con lo que llamó la atención de un policía. Pese a que la muchacha era ya mayor de edad, el juez decidió confinarla en un hotel hasta la llegada de su padre desde Madrid.
Cuando este se presentó en San Sebastián, la conversación entre ambos hubo de ser muy tensa, pero finalmente y para evitar lo que, sin duda, consideraba un mal mayor, el padre accedió a sufragar la edición de aquel primer libro, a cambio de que Concha desistiera de abandonar el hogar.
Un breve texto inédito conservado en el archivo de la Residencia de Estudiantes y titulado La estrella inquieta permite que nos asomemos a la difícil relación entre Concha y su padre.
Unos personajes enlutados se han reunido a la orilla del mar para lamentar la muerte de Estrella:
Recordábamos a aquella mujer que en este mismo lugar vino a suicidarse porque amaba la libertad, y la libertad es algo que no existe. Dicen que era maravillosa como una estrella; se dijo que era una estrella misma que una noche se desprendió del cielo, de donde fue expulsada por el sol que era su padre; expulsada y maldecida como aquella sirena del mar, porque era una estrella inquieta y perturbaba el ritmo de los demás luceros. Y a la tierra, a este planeta oscuro llegó un día. Era mujer y perseguía su libertad. Ni tesoros, ni amores, ni gloria pudieron encadenarla, y como la libertad, pudo ver que no existe, la dejó de perseguir y se fue hacia la muerte[3].
Sin duda se percibe aquí una vivencia personal, pero también se expresa un conflicto de carácter general, que ha afectado a innúmeras mujeres. Al leer por primera vez el trágico fin de Estrella, la imaginación me la presentó joven, pálida y delicada, todavía asidas unas flores con la mano derecha, tal como John Everett Millais retrató a Ofelia muerta. Tal representación plástica suscita en mi mente múltiples evocaciones. Más allá de la prometida de Hamlet, veo en ella a la Julie Vairon de Doris Lessing y también, cómo no a personajes reales: a Virginia Woolf y Sylvia Plath. Aún más, quizá alguno de entre ustedes haya asistido a mi conferencia anterior sobre María Lejárraga. Es posible entonces que recuerde ese raro episodio en que María en una playa de Barcelona siente un inmenso hastío de vivir y camina hacia las olas, de las que es rescatada por un extraño. Cómo no pensar también en Marga Gil Roësset, la prometedora escultora perteneciente como Concha, al grupo de las Sinsombrero, que se quitó la vida cuando contaba tan solo veinticuatro años; o en Ángeles Santos, quien tras haberse dado a conocer como pintora vanguardista, escribió a su amigo Ramón Gómez de la Serna, entonces en París:
Esta tarde me marcho a un largo paseo. Me bañaré en un río con los vestidos puestos –¡qué contenta estoy de dejar, por fin, el baño civilizado en bañeras blancas!– y después me iré por el campo huyendo de que me quieran convertir en un animal casero[4].
Su padre la encontró desnuda en el bosque profundamente alterada. Como no podía ser de otra manera, la familia decidió ingresarla en un sanatorio. Cuando al cabo del tiempo le dieron el alta, Ángeles abandonó durante años la pintura y, si bien finalmente la retomó, para entonces de su obra había desaparecido todo signo de rebeldía.
No podía faltar en este triste cuadro Alfonsina Storni a quien más adelante me referiré con cierto detalle.
Son todos, destinos trágicos de mujeres que han intentado escapar al lugar que una sociedad patriarcal les asignaba y que han caído en el intento.
También habrá un momento en que Concha, ya en el umbral de la vejez, se sienta tan terriblemente derrotada que intente suicidarse. Pero ahora es una mujer llena de vitalidad que practica el tenis y la natación, conduce su propio coche por las calles de Madrid, escucha jazz y baila el charlestón. Sin embargo, al igual que al resto de las mujeres que intentan abrirse paso en el mundo de las vanguardias artísticas, sus compañeros varones no dejan de tratarla con un benévolo aire de superioridad. Aunque ellas rechazan el término poetisa, al que ven cargado de connotaciones sentimentaloides, cuando La gaceta literaria, la revista dirigida por Ernesto Giménez Caballero donde tienen cabida todas las novedades, decide ocuparse de estas jóvenes que irrumpen en el mundo de la poesía, lo hace dedicándoles dos artículos en números consecutivos, cuyos solos títulos llevan en sí la bandera de la discriminación: Mapa en rosa y Mapa en carmín.
Acabo de mencionar a Ernesto Giménez Caballero, un nombre que quizá alguno de ustedes asocie y con toda razón con el fascismo; así que creo necesario dedicarle una corta digresión. Tras una brillante carrera de Filosofía y Letras, en la que contó, entre otros,  con profesores de la talla de Ortega y Gasset, Américo Castro, Menéndez Pidal y Julián Besteiro, marchó como lector de español a la universidad de Estrasburgo y comenzó a colaborar en diversas publicaciones. En 1927 fundó La Gaceta Literaria, una revista emblemática en la que colaboraron Buñuel, Jarnés, Araquistáin, Alberti, Lorca, Dalí o Moreno Villa. Siempre atento a las vanguardias, escribió obras surrealistas y se vio muy influido por Marinetti, el creador del futurismo. Posiblemente la admiración por el poeta italiano está en el camino que lo llevó al fascismo, del que se declararía abiertamente partidario en 1929 en el prólogo a la traducción de unos textos de Curzio Malaparte, el que luego sería autor de las estremecedoras Kaputt y La piel; quien por entonces militaba en el Partido Fascista italiano, del que después sería expulsado, para terminar su vida en el Partido Comunista. A finales de los años veinte en España, aunque ya se anunciaba la terrible ruptura que desembocaría en la Guerra Civil, todavía era posible la convivencia e incluso la amistad entre personas que pronto formarían en bandos radicalmente enfrentados.
Pero volvamos a Concha tras este breve excurso. En 1926 se había formado en Madrid el Lyceum Club, bajo la dirección de María de Maeztu. Su objetivo era proporcionar a las mujeres un espacio de reunión en que pudieran desarrollar diferentes actividades culturales. A él pertenecieron María Lejárraga y Carmen Baroja, mujeres de la generación anterior, y también las más jóvenes Ernestina de Champourcín, Carmen Conde, Rosa Chacel, Josefina de la Torre y Concha Méndez. Por la sala de conferencias del club desfiló la práctica totalidad de los intelectuales españoles, tanto hombres como mujeres; en algunos casos no sin cierto escándalo, como ocurrió con la intervención de Rafael Alberti titulada Paloma y galápago (no más artríticos), en que el poeta apareció vestido con una enorme levita, un pantalón de fuelle, cuello de pajarita y un diminuto sombrero hongo, podemos decir literalmente que iba de payaso, llevando una jaula con una paloma en una mano y un galápago en la otra. Mientras la mayor parte de las asistentes abandonaron la sala indignadas ante una provocación que no podían comprender, Concha, Ernestina y unas pocas más permanecieron allí y arroparon al conferenciante con sus aplausos. Algo después, en 1929, Concha estrenaría en el Lyceum una obra de teatro infantil, El ángel cartero, para la que realizó los decorados Maruja Mallo.
Antes, en 1927, había publicado un guion de cine, Historia de un taxi, para una película que habría de dirigir Carlos Emilio Nazarí, pero que por diversas circunstancias no llegó a rodarse. Según Juan Pérez de Ayala[5], esta tentativa no obedeció a un capricho artístico, sino a la idea de que en España era posible realizar un cine comercial de calidad, del mismo modo que se hacía en los Estados Unidos o Alemania. De hecho, en un artículo de 1928, El cinema en España, Concha muestra tener unas ideas muy claras sobre lo que pretendía. Un empeño vano, dada la precariedad de la industria cinematográfica en nuestro país.
En ese mismo 1928, publica su segundo poemario, Surtidor. Señala Begoña Martínez Trufero[6] que en este libro se refleja el conflicto de una mujer de mentalidad avanzada encerrada en un momento histórico que coarta sus ansias de libertad; unas ansias que se expresan en ensueños de viajes por mar y tierra, y también en una denuncia de la imposibilidad de alcanzarla. En suma, la melancolía de unas aspiraciones imposibles.
El temperamento de Concha no le permite, sin embargo, someterse a una vida sin ilusión. De improviso, en 1929 decide marchar a Inglaterra. Diríamos que por fin va a realizar un viejo sueño de la infancia. Incluso su amiga Maruja Mallo, tan libre y avanzada, no puede ocultar su sorpresa y temor. Rafael Alberti intenta disuadirla. Todavía no es habitual que una mujer viaje sola y menos a un país extranjero, pero nada puede detenerla. Durante seis meses vivirá en Londres donde se ganará la vida como profesora de español y pronunciará algunas conferencias. Su interés por el cine la lleva a visitar los principales estudios ingleses y, según cuenta en un artículo publicado entonces, es al regresar de uno de ellos, el de Elstree, cuando contagiada por las aspiraciones de un joven actor egipcio, cuyo nombre no menciona, quien deprimido por el clima británico había expresado un ferviente anhelo de trasladarse a Hollywood, en la soleada California, ella toma también la decisión de marchar a América.
Y allí se encaminará tras un breve paso por España. No a los Estados Unidos, como había pensado en un principio, sino a Argentina. No conocemos el motivo de este cambio de destino, aunque es muy probable que se relacione con la apurada situación económica que atravesaba en esos momentos, en que ya no podía esperar la ayuda de su padre. Argentina, aún estaba abierta a los inmigrantes europeos y es precisamente en calidad de tal, con el pasaje más barato, como embarca Concha, ante el escándalo entre otros de don José Ortega y Gasset, quien no puede por menos que censurar tal atrevimiento.
Concha desembarcó en Buenos Aires en la Nochebuena de 1929. Carecía de dinero, pero, en cambio, portaba numerosas cartas de presentación que propiciaron una buena acogida en los círculos literarios. Gracias a ellas entabló pronto conocimiento con Alfonso Reyes, Norah Borges, Alfonsina Storni, Guillermo de Torre, Consuelo Berges y Ramón Gómez de la Serna. También pudo colaborar en la prensa y pronunciar diversas conferencias, así como publicar su tercer libro, Canciones de mar y tierra. Apareció este en junio de 1930, prologado por Consuelo Berges e ilustrado por Norah Borges.
Merece la pena que dediquemos por un momento nuestra atención a tres mujeres con las que Concha entabló en aquellos meses hondas relaciones de amistad. Comenzaré con Norah Borges. Quizá por un instante teman que he sucumbido a la tentación de presentarla en función de los hombres con quienes se relacionó, pero por otra parte creo que les hurtaría una información de interés si ocultara que era hermana de Jorge Luis Borges y esposa de Guillermo de Torre. Más allá de este apunte familiar, fue una destacada artista plástica que partiendo de un estilo naïf, se aproximó al cubismo y al surrealismo. Durante la II Guerra Mundial se integró en un grupo feminista antifascista, la Junta de la Victoria y algo más tarde pasó brevemente por la cárcel, debido a sus actividades en la oposición al general Perón. En cuanto a Alfonsina Storni, esta había sido muy joven camarera, mesera como dicen los argentinos, en el café familiar, pero descontenta con esta vida consiguió un empleo como actriz. Fue luego una destacada poeta que acabaría suicidándose en 1938, al arrojarse desde la escollera del Club Argentino de Mujeres en Mar del Plata. Este hecho inspiró la canción de Ariel Ramírez y Félix Luna, Alfonsina y el mar, que posiblemente ustedes conozcan. Interpretada por múltiples artistas, quizá la versión más difundida en nuestro país sea la de Mercedes Sosa. Por su parte, Consuelo Berges era una maestra española, que colaboró en diversos periódicos, siempre exponiendo ideas radicales y polémicas. Durante la dictadura de Primo de Rivera terminó por exiliarse, primero en Perú y luego en Argentina. Acompañada por Concha Méndez regresó tras proclamarse la República y escribió en publicaciones de la CNT, la FAI y Mujeres Libres. Al terminar la Guerra Civil, huye a Francia, donde es internada en dos ocasiones aunque en ambas consigue huir, pero finalmente, en 1943 es detenida por la Gestapo, que la entrega a las autoridades franquistas. Tras un tiempo en un campo de concentración, queda en libertad gracias a la intervención de influyentes amigos, pero no podrá ejercer como maestra, ni publicar con su propio nombre. Conseguirá, eso sí, ganarse la vida traduciendo libros del francés.
Cuenta Concha que en una ocasión estaba en un café de Buenos Aires en compañía de Consuelo Berges y de Alfonsina Storni[7]. El camarero les entregó una nota de un caballero de una mesa vecina, con estas palabras: “Se ruega a las señoras que no fumen”. La reacción de Concha fue quemar de manera desafiante el papel con la misma cerilla con la que en ese momento encendía los cigarrillos. “¡Qué era aquello de que los hombres nos prohibieran fumar!” exclama al recordarlo ante su nieta. Aún estaban muy lejos los tiempos de las leyes antitabaco y podemos suponer, sin temor a errar, que muchos de los señores presentes en el local, quizá incluso el mismo que las recriminó, aspiraban con deleite el humo de sus habanos.
En Canciones de mar y tierra, el sujeto poético es ya una mujer libre, deportista, políglota y aventurera[8], aunque no falte en alguno de ellos la añoranza de los años felices de la infancia. Begoña Martínez Trufero aprecia incluso el deseo de retomar la relación con los padres, una vez desaparecido todo lazo de dependencia. De hecho, tras su matrimonio con Manuel Altolaguirre, aquella mejoró notablemente.
Concha regresó a España, acompañada por Consuelo Berges, en 1932, ya proclamada la República. Se encontró un país en ebullición donde el estatus legal de la mujer experimentaba un rápido progreso. Nunca fue miembro de organizaciones feministas, a menos que consideremos como tal al Lyceum Club. Tampoco militó en ningún partido político. La razón la había apuntado ella misma en una entrevista de 1928:
¿La opinión mía sobre feminismo? Empezaré por decirle que yo no sé si soy feminista o no. Toda idea que encierre un sentido colectivo me repugna moralmente. Yo soy: individualidad, personalidad. Ahora bien, en cuestión de derechos también pido la igualdad ante la ley. O lo que es lo mismo: pasar de calidad de cosa a calidad de persona, que es lo menos que se puede pedir ya en esta época.[9]
Concha no es una revolucionaria, sino una rebelde y eso le impide afiliarse a una organización donde inevitablemente habrá de estar sujeta a una disciplina. No puede aceptar órdenes que, en nombre de un bien superior, la obliguen a actuar contra lo que en cada momento le dictan sus convicciones y su conciencia. Apoya naturalmente los logros republicanos, gracias a los cuales, la mujer ha pasado, como dice de la condición de cosa a la de persona. En este momento, parece oportuno recordar su fascinación por Casa de muñecas. La Nora inicial, devota esposa sacrificada al bienestar de su marido, se transforma en la Nora final que rompe todas las cadenas. De alguna manera, la legislación republicana ha abierto el camino para que las Noras y las Conchas sean dueñas de su destino.
Ahora en Madrid, asiste a las tertulias de los cafés y a las reuniones de La revista de Occidente. Publica también una obra teatral escrita en Argentina, El personaje presentido. Por entonces, García Lorca le presenta a un poeta andaluz, Manuel Altolaguirre. Pronto surge entre ellos el enamoramiento y rápidamente, en junio de 1932, el matrimonio. Contraviniendo las costumbres de la época, aunque de una manera que a Concha le pareció muy apropiada, dado su compromiso con la vanguardia estética, los novios acudieron vestidos de verde, portando ella, en lugar del clásico ramo de flores, un manojo de perejil. En la ceremonia religiosa firmaron como testigos, entre otros, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, José Moreno Villa y Jorge Guillén. En la civil, lo hicieron Luis Cernuda y Sánchez Cuesta. En este año publica también Vida a vida. Ahora aparece en su obra el gozo por el placer sexual, unido a la incertidumbre e inquietud producidas por la otredad del ser amado. Aunque el recitar nunca haya sido mi fuerte, voy a permitirme leer una de sus poesías:
¡Qué rizada mar de oro
tu cabello entre mis manos!
¡Qué luz de vida en mi vida
la luz de tus ojos claros!
¡Qué caricias tus caricias!
Y el silencio de esta noche
¡qué silencio tan profundo!
Me parece estar contigo
en las entrañas del mundo.[10]
La pareja comenzó a editar una revista de poesía, Héroe, en una pequeña imprenta que ellos mismos habían adquirido. De esta época se conservan fotografías de Concha vestida con mono de mecánico, pues no contaban con empleados y ellos mismos realizaban todo el trabajo. Pronto, sin embargo, la felicidad se ve turbada por la muerte, al nacer, del primer hijo. Una experiencia dolorosa que traspasará el poemario, Niño y sombras, aparecido en 1936.
En 1934, el matrimonio se desplazó a Londres, donde Manuel había obtenido una pensión para ampliar sus conocimientos de tipografía En la capital británica fueron muy bien acogidos por el embajador, el escritor Ramón Pérez de Ayala, quien les presentó a numerosas personalidades, entre las que Concha recuerda con especial cariño al director del Museo Británico. Allí publicaron una nueva revista poética bilingüe en español e inglés, 1616, y nació Paloma, su segunda hija. Fue su padrino Vicente Aleixandre y la bautizó Dom Luigi Sturzo. Quizá a alguno de ustedes este último nombre no le diga mucho, por lo que me permitiré algunas palabras sobre él. Se trataba de un sacerdote italiano muy interesado en promover la participación de los católicos en la vida política. Con esta finalidad había creado en 1919 el Partido Popular Italiano, que, tras la II Guerra Mundial, daría origen a la Democracia Cristiana. Su oposición al fascismo lo llevó a exiliarse en 1924, primero en Londres y más adelante en Nueva York. Tras su retorno a Italia en 1946 sería nombrado senador vitalicio de la nueva república.
En 1936 Concha y Manuel regresaron a España. En tanto habían prestado su domicilio a Luis Cernuda, con quien mantenían una estrecha amistad y que había dedicado a la niña Paloma su libro Invitación a la poesía. Como ya tenían por costumbre, fundaron una nueva revista, Caballo verde para la poesía, de cuya dirección se encargó Pablo Neruda.
Al comenzar la guerra, ante el rápido avance de los sublevados, Concha, en una reacción quizá poco heroica, pero perfectamente comprensible, solo pensó en poner a salvo a su hija; así que partió con ella hacia París. Pasó un año entre esta ciudad, Londres, Oxford y Bruselas; en tanto que Manuel se alistaba en las fuerzas republicanas y más tarde era nombrado director de La barraca. A poco de marchar, recibió de su marido una carta que califica de enloquecida. En ella le contaba que una bomba había caído durante la madrugada sobre la cuna vacía de la niña.
El matrimonio se reunió de nuevo en Barcelona, donde Concha intentó colaborar con las fuerzas republicanas, algo que le resultó imposible. Incapaz de soportar la crueldad de la guerra, marchó de nuevo a Londres. Manuel, en cambio, permaneció en España hasta la caída de Barcelona en enero de 1939, momento en que entre una inmensa columna de fugitivos pasó a Francia. Atravesaba por entonces una profunda depresión. No solo la República se hundía de manera irremediable. Dos de sus hermanos, Luis y Federico, habían sido fusilados por los milicianos sin que él, un respetado intelectual republicano, pudiera hacer nada por salvarlos. Internado en un campo de refugiados desde el que lo enviaron a un sanatorio psiquiátrico, transcurrió algún tiempo antes de que sus muchos amigos consiguieran que pudiera reunirse con Concha en París.
Tras un breve paso por esta ciudad, en la fueron acogidos por el poeta Paul Éluard y contaron con la ayuda de Pablo Picasso y Max Ernst,  Concha y Manuel marcharon a Cuba, donde permanecieron cuatro años. Allí se reencontraron con María Zambrano, con quien mantuvieron una buena relación de amistad, y otros republicanos españoles y se ocuparon en ayudar a otros exiliados. También montaron una imprenta en la que de nuevo editaron algunos tomos de poesía. En Cuba contaron con la ayuda de María Luisa Gómez Mena, una millonaria amante del arte, de la que Manuel se enamoraría y por la que dejaría a Concha en 1944, a poco de que la familia se instalara en México. Llama la atención el hecho de que esta en un artículo autobiográfico publicado en 1967 y titulado Concha Méndez, menciona la muerte de Altolaguirre, debida a un accidente de tráfico ocurrido en 1959 durante un viaje a España, sin nombrar a María Luisa, que lo acompañaba y que también falleció. El lector que no disponga de otras informaciones no percibirá que el matrimonio se había roto quince años atrás. Por otra parte, Paloma, la hija de ambos, señaló muchos años después que su madre, una vez superado el difícil momento inicial, continuó amando siempre a su padre. Prueba de ello son también las poesías que dedicó a su memoria.
En este tiempo Concha había publicado: Lluvias enlazadas (1939) y Poemas. Sombras y sueños (1944), una obra teatral, La caña y el tabaco, y un auto sacramental, El solitario. En ellos se manifiesta primero la felicidad y la esperanza producto del nacimiento de su hija, y más tarde la tristeza por la desaparición de tantas cosas que ha amado y por las que ha luchado. Como señala Begoña Martínez Trufero:
Es poesía donde el amor, el desengaño, las alegrías y las penas se mezclan con la denuncia de la insolidaridad del ser humano, la reflexión sobre el hecho de estar viva o sencillamente es un claro homenaje a sus poetas preferidos; la poesía no es invención, es su vida, a menudo, la rememoración nostálgica de episodios autobiográficos. […] El amor, la maternidad, la soledad, la muerte y el dolor de vivir son los ejes temáticos estructuradores de este […] período lírico.[11]
Una breve poesía nos permite evocar sus sentimientos de aquellos años:
Antes me asomaba al mar
y el corazón en el pecho
se me ponía a cantar.

Y cuando el mar no veía,
era la tierra el pretexto
para vivir mi alegría.

Y otras veces, era el cielo,
o una canción, o unos ojos
lo que me alzaba del suelo.

Ahora cuando veo la mar,
escucho mi corazón
y se me pone a llorar.[12]
La derrota republicana implica la pérdida de aquellas conquistas legales que habían abierto a las mujeres el horizonte de la igualdad. Puertas entreabiertas que vuelven a cerrarse. Incluso, aunque el arquetipo sea sustancialmente el mismo, en la retórica belicista del fascismo la mujer ya no será a menudo tanto el ángel del hogar como el descanso del guerrero.
Concha, como tantos otros españoles, se beneficia de la generosa acogida del presidente Lázaro Cárdenas y del pueblo mexicano, pero la realidad es triste. A la nostalgia por la patria perdida se suma la decepción por el abandono del hombre amado. El futuro se ha truncado de manera irremediable.
Viene luego una larga etapa de silencio, rota por la publicación de un nuevo poemario, Villancicos, en 1967. Le siguen en 1979 Vida o río, en 1981 Entre el soñar y el vivir, y ya póstumo, Con el alma en vilo (1986). Pese a sus intenciones, Concha no se ha integrado bien en el país de acogida y se ha mantenido alejada de los círculos literarios mexicanos. Se siente marginada por su condición de extranjera y de mujer. La reflexión sobre su esfuerzo por mantener una vida libre, por pasar de la condición de cosa a la de persona, la lleva ya en la vejez a plantearse la desoladora pregunta de si ha valido la pena. Los desengaños parecen haber quebrado su espíritu. La boda y la maternidad de Paloma, la llevan a refugiarse en el hogar, a ocuparse en el cuidado de la casa y de los nietos. No deja de escribir, pero lo hace en la intimidad sin manifestar durante años ninguna intención de publicar. Si, como hemos señalado al principio de esta conferencia, Concha en su juventud había luchado por salir del ámbito privado del oikos, para que su voz resonara en el espacio público de la polis; ahora, derrotada, se ha replegado a la seguridad doméstica. Hay momentos oscuros en que abrumada medita sobre la muerte e incluso un intento de suicidio mediante la ingestión de pastillas. Será la criada quien la halle exangüe en la cama y dé la voz de alarma a la familia. La rápida intervención de los médicos pudo salvarle la vida.
Al menos en el fracaso cuenta con la atención de amigos, como María Zambrano, que se preocupan por ella y la aconsejan. Sobre todo destaca la presencia de Luis Cernuda, a quien Concha acoge primero de manera esporádica y desde 1953 permanente, en su casa de Coyoacán. Este, que siempre sintió un cariño especial por Paloma, recordemos que le había dedicado un libro cuando todavía era un bebé, acabó haciendo el papel de abuelo para sus hijos. Los recogía del colegio, los ayudaba en las tareas escolares, les compraba regalos de Reyes. Se ha dicho que allí, en aquella vivienda compartida con Concha, Paloma, el marido de esta, Manuel Ulacia, y los cuatro hijos de ambos, Cernuda disfrutó del único hogar que conoció a lo largo de su vida. Allí, el 5 de noviembre de 1963, Paloma, extrañada de que no hubiera bajado a desayunar, subió a su habitación y lo encontró muerto. Había fallecido durante la noche de un ataque al corazón. Con él Concha perdía el último vínculo con su generación, esa Generación del 27 con la que su nombre nunca es mencionado. Ya solo le quedaban la familia y los recuerdos. Esa mujer que en su juventud había dado un ejemplo de rebeldía y de modernidad se habría borrado totalmente, como tantas otras, de la memoria colectiva, de no haberlo impedido el amor y la dedicación de su nieta, Paloma Ulacia Altolaguirre.



[1] AZAÑA, Manuel (1981) p. 374
[2] MARTÍNEZ TRUFERO, Begoña (2011) p. 69
[3]MARTÍNEZ TRUFERO, Begoña (2011) p. 45
[4] BALLÓ, Tània (2016) p. 138
[5] PÉREZ DE AYALA, Juan: “Historia de un taxi (1927). La aventura cinematográfica de Concha Méndez” en VALENDER, James (ed) (2001) p. 146
[6] GÓMEZ TRUFERO, Begoña (2011) p. 93
[7] VALENDER, James “Concha Méndez en el Río de la Plata” en VALENDER, James (ed) (2001) p. 161
[8] MARTÍNEZ TRUFERO, Begoña (2011) p. 170
[9] ITURRALDE, Gamito, “Campeona de natación y poetisa. Concha Méndez del Lyceum Club” en VALENDER, James (ed) (2001) p. 35
[10] MARTÍNEZ TRUFERO, Begoña (2011) p. 245
[11] MARTÍNEZ TRUFERO, Begoña (2011) p. 570
[12] MARTÍNEZ TRUFERO, Begoña (2011) p. 338

Bibliografía:

BALLÓ, Tánia (2016). Las Sinsombrero. Espasa, Madrid
MARTÍNEZ TRUFERO, Begoña (2011), La construcción identitaria de una poeta del 27: Concha Méndez Cuesta (1898-1986), UNED, Madrid
MÉNDEZ, Concha  (2008) Poesía completa. Diputación Provincial de Málaga
MERLO, Pepa (ed) (2010) Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27. Fundación José Manuel Lara, Sevilla)
VALENDER, James (ed (2001). Una mujer moderna. Concha Méndez en su mundo (1898-1986). Residencia de Estudiantes, Madrid
ULACIA ALTOLAGUIRRE, Paloma (1990), Concha Méndez, memorias habladas, memorias armadas, Mondadori, Madrid