Si un extraño sujeto, presunto humorista, abanderado de todas las causas bendecidas por el pensamiento oficial, se vale de medios técnicos para hacer que usted pronuncie en televisión palabras que jamás han salido de su boca, por ejemplo, le hace expresar el deseo de matar a quince pacifistas, no debe tomarlo a mal. Se trata de un simple ejercicio de libertad de expresión, y lo único que le es dado hacer, a menos que prefiera que lo tomen por fascista, es telefonear al individuo y felicitarle por su ingenio. Naturalmente, no debe argüir que el agudo perpetrador de la gracia ha atentado contra su honor, o ha contribuido a que determinadas personas le miren con suspicacia y quién sabe si hasta con odio por la calle o lleguen a insultarle, quizá con sintagmas tan contradictorios como judío nazi. No presente una denuncia. Con eso no hace más que crispar la vida política y llenar de intranquilidad a gentes que guardan apaciblemente cola ante la oficina de empleo. Si carece de sentido del humor, si no sabe aguantar las bromas, retírese a la vida privada. O es que acaso pretende usted coartar la libertad de expresión. Entienda de una vez por todas que si alguien le llama asesino lo hace en el ejercicio de un derecho fundamental. No siga el ejemplo de aquel españolista agresivo que golpeó salvajemente con los testículos el pie de un indefenso nacionalista vasco. Lo que ya resulta de todo punto intolerable, es que se rompa usted unas cuantas costillas, vaya a saber cómo, y tenga la desfachatez de quejarse. No, ¡Hasta ahí podíamos llegar! Mientras, el pobre Wyoming pasa un auténtico calvario. A causa de una broma inocente y divertida, le señalan con el dedo y no puede salir de casa si no es bajo la protección de unos cuantos miles de liberados sindicales venidos de toda España. Señor Tertsch, ¿no le avergüenza haber atemorizado así a este pobre hombre? Haga el favor de no echar más leña al fuego y deje de una vez por todas de atacar las medidas de un gobierno que no hace otra cosa que desvelarse por el bien común. Comprenda que su actitud negativa solo a usted le perjudica. Cállese de una vez por todas y no intente limitar la libertad de que otros le insulten o ridiculicen. Si alguien, en la calle o en un medio de comunicación menciona la falta de honestidad de su madre −es solo un ejemplo− no debe reaccionar airadamente, sino entablar un amable diálogo con él y, en todo caso, invitarle a unas cañas y aportar pruebas de que dicho sujeto ha incurrido en una apreciación equivocada de la conducta de su progenitora. Si un ciudadano esgrime ante usted una navaja y le pide la cartera, no lo tome a mal. Seguramente se trata de la pobre víctima de un sistema económico injusto. Negocie con él. Siga el ejemplo de nuestro gobierno y déle lo que pide. Verá como de esa manera evita problemas y pierde esa fama de hombre intolerante que usted solo, sin ayuda de nadie, ha comenzado a labrarse.
Sé que no seguirá mis consejos, y que continuará arremetiendo contra el gobierno y contra quienes libremente lo defienden, pero eso es su problema. Yo cumplo con mi obligación al dárselos. Usted sabrá a qué turbios fines contrarios a la libertad de expresión sirve.
Sé que no seguirá mis consejos, y que continuará arremetiendo contra el gobierno y contra quienes libremente lo defienden, pero eso es su problema. Yo cumplo con mi obligación al dárselos. Usted sabrá a qué turbios fines contrarios a la libertad de expresión sirve.

2 comentarios:
buen artículo!!! carmen escriña
¿Ha recibio Hermann carta o llamada telefónica de la Moncloaca, interesándose por su estado de salud tras la agresión?
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