lunes, 29 de diciembre de 2008

Sin conciencia

He leído en estos días la novela Todo fluye, de Vasili Grossman y aún estoy bajo los efectos de de su profunda inmersión en la naturaleza humana. Recuerdo que mi primer contacto con el GULAG se produjo muchos años atrás, cuando apenas salido de la adolescencia leí Un día en la vida de Iván Denísovich, y algunas otras obras de Soljenitsin. Al contrario que a muchos de mis amigos, inficionados, como tantos otros jóvenes de mediados de los setenta, por el virus del izquierdismo, no me suscitaron un rechazo visceral. Admiré su calidad literaria y, desde el primer momento, supe que lo contado era cierto; así que comencé a buscar razones que justificaran el horror de los campos. No las hallé. Fue el inicio de un proceso de maduración largo y lento, que me llevó a entender que ningún fin puede justificar tanto sufrimiento, y terminó por alejarme de toda tentación utópica. Pero no es mi deseo hablar de mí, sino de la novela de Vasili Grossman. Sin alcanzar la dimensión épica de Vida y destino, Todo fluye constituye una rica, atinada y mesurada reflexión sobre el comportamiento humano, y una llamada al ejercicio de la libertad. El regreso de Iván Grigórievich, tras años de internamiento en los campos, confronta de manera irremediable a los demás personajes consigo mismos. Su primo, que se cree limpio porque nunca ha denunciado a otro, recuerda que ha tomado la palabra en mítines y reuniones, para reclamar la muerte de los enemigos del Partido; en la calle, de manera casual, tiene un encuentro con el colega que le delató, circunstancia que, aunque ignorada por Iván, despierta en aquel el sentimiento de culpabilidad; incluso Anna Serguéyevna, la mujer en cuya casa alquila una habitación, y por la que experimenta una auténtica atracción amorosa, le confesará que durante un tiempo fue activista del Partido e incluso directora de un koljós en Ucrania. El relato aquí se vuelve estremecedor: Anna ha sido testigo, e incluso en sus inicios cómplice, de un crimen monstruoso: la condena a muerte por inanición de millones de campesinos. Primero, los llamados kulaks, supuestos ricos; y luego, los demás. Pobres gentes a quienes el ejército arrebata la cosecha para abastecer a las ciudades, a quienes no se les deja un grano de cereal con que alimentarse, y que ven como sus hijos desfallecen día a día, hasta una muerte a la que pronto les seguirán. Anna no oculta nada de lo visto. Una hambruna enloquecedora, deliberadamente provocada, que ha llevado a algunos al canibalismo, y todo ello, mientras los periódicos publican artículos como uno de Máximo Gorki en que se defiende la necesidad de proporcionar a los niños juguetes educativos.

Grossman no condena a nadie, ni siquiera a los delatores, de quienes afirma que lo más repugnante, lo más terrible en ellos, no son las cosas malas, sino las buenas. El hecho de que puedan ser padres afables y cariñosos, personas capaces de gozar de la música y de la poesía. Al leer esta palabras me viene a la mente el recuerdo de una fotografía, difundida unos meses atrás, que muestra a unos jóvenes alemanes, hombres y mujeres, riendo y disfrutando en una pausa del trabajo. Algo inocente, en ningún modo aterrador, si no supiéramos que son guardianes de Auschwitz. El problema está en esas cosas buenas, que nos recuerdan que son seres humanos como nosotros, pero que, al propio tiempo, nos dicen que nosotros bien pudiéramos ser como ellos. Lo terrible es que no se trata de monstruos ajenos a la especie humana, sino de nuestros semejantes.

Hay una categoría de seres humanos de la que, sin embargo, no habla Grossman, quizá porque tuvo la fortuna de no conocerla: la de los escritores y filósofos de Occidente que, durante décadas, defendieron el comunismo y negaron o minimizaron sus crímenes. Esos que, como Benet, lamentaron la liberación de Soljenitsin. Intelectuales que, con toda probabilidad, de haber vivido en la Unión Soviética, hubieran terminado sus días ante el pelotón de fusilamiento o en un campo siberiano, o quizá se hubieran salvado mediante el ejercicio de la denuncia y de la más vil de las adulaciones, pero que, desde la seguridad de que gozaban en países occidentales, incluida la España de la dictadura franquista (un paraíso de libertad comparada con la Unión Soviética), se atrevían a alabar a aquel régimen criminal; eso sí, sin llegar al extremo de saltar el muro de Berlín para buscar refugio en la RDA o en la URSS. Es el de estos pseudopensadores un engaño cuyos efectos aún perduran, cuyos ecos se advierten en la renuencia a condenar el régimen de los Castro, en la bobalicona idealización de Ernesto Che Guevara, en la simpatía por Chávez, en la comprensión de los motivos de Hamás y Ahmadineyad, en los intentos de negociación con ETA, y en tantas actitudes cotidianas, pero que a estas alturas no es que resulte difícil de explicar, eso ya lo era en los años treinta, sino absolutamente imposible de entender, a menos que admitamos que la más absoluta inmoralidad, ahora disfrazada con los eufemismos de relativismo moral o cultural, ha destruido sus conciencias. ¿Por qué el comunismo no es objeto de una repulsa similar a la del nazismo?

viernes, 5 de diciembre de 2008

La vida sigue igual

Imagine usted que durante años todos los miércoles se reúne con otros tres amigos para jugar unas partidas de tute, hasta que un día, a eso del mediodía, recibe una llamada telefónica:
-Oye, ya sabrás lo de Ignacio…
-Sí. Me he enterado. ¡Qué putada!
-Es verdad. No hay derecho. ¿Conoces a alguien que pueda sustituirlo esta tarde?
-No te preocupes. Eso está solucionado.
-Gracias a Dios. Creí que se nos había jodido la partida.
El diálogo precedente es, sin duda, ficticio y solo una persona malintencionada podría relacionarlo con acontecimientos ocurridos tras el asesinato de Uría. Supongamos que Ignacio hubiera fallecido súbitamente de un infarto. Sus apesadumbrados amigos, sin duda, habrían acudido a su domicilio o al tanatorio para acompañar a la familia en tan difíciles momentos. En cambio, a Ignacio le arrebató la vida ETA. Era un buen hombre, pero, sin darse cuenta, andaba en actividades peligrosas y, claro, eso termina por pagarse, que aquí nos conocemos todos y cada cual sabe lo que hacen los demás. Mira que se lo advertí. No te metas en líos. Tú a lo tuyo, a ganar dinero para mantener a tu familia, que lo primero son los hijos y los nietos. Eso del ferrocarril está bien, pero acabará por traerte complicaciones. Dedica tu tiempo a otra cosa. Hay negocios que no dan problemas, pero en otros se cruza la política y ya sabes… Ignacio no me hizo caso, erre que erre, siguió en lo suyo y ahora ya no puede jugar la partida con nosotros. Lo siento porque le quería. No iré al entierro ni al funeral, y bien que lo lamento, pero estoy casado y tengo hijos, ¿para qué significarme? El pobre Ignacio nada ganará con mi presencia, si ya ni siente ni padece, y en cuanto a la familia, ya les daré el pésame en privado. Yo no puede devolverles al difunto y no quiero atraer miradas sobre mí. De alguna manera, Ignacio, Dios me perdone, se lo había buscado. Si lo habían avisado una y otra vez. No será que no habían destruido maquinaria, que no lo habían escrito en sus papeles. Todos sabíamos que esto acabaría por suceder. La pena es que le ha tocado a Ignacio y casi nos quedamos sin partida.
No es posible meterse en la piel de otra persona y conocer los motivos de sus actos, pero hay algo estremecedor en el hecho de que el día del asesinato, los compañeros de Ignacio Uría se reunieran, como cada miércoles, para jugar su partida de tute. La sociedad vasca o, al menos, una parte muy grande de ella, padece una grave enfermedad moral: el terror se ha instalado en las conciencias y las incapacita para distinguir el bien del mal. Se ha llegado así a un extremo en que el crimen entra en la normalidad, y ya no alcanza a alterar las rutinas cotidianas. Hubo un tiempo, cuando el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, en que las gentes aún fueron capaces de reaccionar y, por unos días, quienes sintieron miedo fueron los matones y mafiosos, pero aquello pasó. Los partidos políticos, incluidos el Socialista y el Popular, frenaron la movilización ciudadana o, por utilizar uno de esos eufemismos a que son tan aficionados, la recondujeron. Los heroicos gudaris, orondos émulos de aquellos que se rindieron en Santoña, y que, siguiendo su ejemplo, decidieron ocultarse, volvieron a gallear orgullosos por pueblos y por barrios, recuperados los aires de chulos y perdonavidas (cuando las perdonan). Luego vino el malhadado proceso de paz, que permitió la reorganización nacionalsocialista. Ahí está la consecuencia de tanta cobardía y de tanto desatino: un reducto totalitario en el corazón de la Europa Occidental; un lugar en el que asesinan a alguien que te creía su amigo y finges que no ha ocurrido nada.